Vamos bien, pero la paz es integral

El modelo plutocrático y de beneficio a las transnacionales, acompañado del saqueo de las riquezas naturales, el enrarecimiento del medio ambiente y generador de violencia en la contradicción entre el capital y el trabajo es factor de desestabilización y amenaza la paz estable y duradera.

Aspecto de la ceremonia de firma del cese bilateral al fuego. Timoleón Jiménez y Juan Manuel Santos con los acuerdos en la mano. Foto Presidencia.

Aspecto de la ceremonia de firma del cese bilateral al fuego. Timoleón Jiménez y Juan Manuel Santos con los acuerdos en la mano. Foto Presidencia.

Editorial del Semanario VOZ

El acuerdo anunciado en La Habana el pasado jueves 23 de junio entre el Gobierno Nacional y las FARC-EP es histórico, trascendental y un paso, casi definitivo, a la paz estable y duradera. Como dijo el presidente Juan Manuel Santos “(…)todos debemos comprender que este acuerdo logrado con las FARC significa terminar la guerra con la organización guerrillera más grande y más antigua, y tiene una importancia inmensa para el presente y futuro de Colombia”.

Pero la paz es integral, queda trunca sin los acuerdos también con el ELN y sin la satisfacción de las demandas sociales de sectores populares y sin el cumplimiento de antiguos compromisos en la solución de conflictos aún insatisfechos como fue evidente en el reciente paro agrario y popular. De esto tiene que tomar atenta nota el gobierno de Juan Manuel Santos porque la paz no depende únicamente del fin del conflicto armado con las FARC sino también de los acuerdos políticos y sociales que fortalezcan la democracia y la justicia social.

Lo planteó sin tapujos el comandante Timoleón Jiménez en el discurso reciente en La Habana: “El acuerdo final(…)requerirá de la organización y movilización constante de la gente por su cumplimiento, lo ponen de presente la insistencia oficial en la Zidres pese a lo pactado en La Habana, y al reciente Código de Policía que choca con el acuerdo de participación política suscrito en la mesa. El acuerdo sobre garantías de seguridad y combate al paramilitarismo tiene que ser una realidad en los hechos, so pena de conducir al resultado final del proceso al fracaso histórico”.

No puede haber conejo a los acuerdos y a la necesidad inevitable, que el Estado fortalezca la democracia y las condiciones de vida de la población colombiana. La paz no funciona con el hambre y la miseria de la mayoría, mientras la minoría privilegiada goza de prebendas y recursos. No puede haber paz mientras la brecha entre ricos y pobres genere tanta desigualdad, gracias a un modelo favorable al capital nacional e internacional y a los intereses mezquinos de la oligarquía que detenta el poder.

El posacuerdo pone por delante enormes desafíos. No se trata solo de la implementación de los acuerdos de La Habana sino de abrir el régimen a reformas políticas y sociales de fondo. He ahí la importancia de la Asamblea Nacional Constituyente en el mediano plazo. La clase dominante en su óptica ventajosa y reduccionista cree que el logro es que las FARC dejen las armas y hagan política por medios pacíficos, mientras detenta el poder mediante prácticas violentas.

Es la clave para las garantías políticas y para que nadie sea perseguido por sus ideas. La no repetición exige un Estado democrático que guarde distancia de los métodos totalitarios de la guerra fría, que en Colombia sirvieron de martillo contra las luchas populares. El Estado debe renunciar a la doctrina de la seguridad nacional y a concepciones anticomunistas con prácticas como el conflicto de baja intensidad y del enemigo interno. Se requieren unas fuerzas militares para la paz y la democracia en que “su infraestructura y recursos pueden ponerse al servicio de las comunidades y sus necesidades sin desmedro de sus capacidades para cumplir la función constitucional de guarnecer las fronteras”, como lo dijo Timoleón Jiménez en La Habana.

La izquierda debe entender que la única alternativa está en clave de unidad. Unidad popular para la lucha social y política, para ser opción de poder, es la garantía para las transformaciones estructurales que se requieren en el país. Construir paz es construir unidad con los sectores democráticos para avanzar en otra dirección al modelo neoliberal del capitalismo salvaje.

El modelo plutocrático y de beneficio a las transnacionales, acompañado del saqueo de las riquezas naturales, el enrarecimiento del medio ambiente y generador de violencia en la contradicción entre el capital y el trabajo es factor de desestabilización y amenaza la paz estable y duradera. Es la misión histórica de la izquierda bajo reglas democráticas, éticas y humanistas en las condiciones de un programa común progresista.

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