Fernando Oramas, homenaje póstumo

Un pintor capaz de hacer visible aquello que está oculto detrás de la apariencia

Fernando Oramas.

Fernando Oramas.

Falleció en Bogotá el pintor comunista Fernando Oramas, quien nació en 1925. Hizo parte del equipo de muralistas del maestro mexicano David Alfonso Siqueiros en los años cincuenta del siglo XX. Su obra fue premiada en Guatemala y México; varias galerías de Estados Unidos, México, Guatemala y Colombia exhiben su obra. Fue colaborador de la revista Semana, de los periódicos comunistas Vanguardia Popular, Voz Proletaria.

Consideramos que el mejor homenaje póstumo que le podemos rendir es transcribir un texto sobre su obra de la escritora Isabel García Mayorca: “Oramas es un ser ebrio de lucidez. Un pintor capaz de hacer visible aquello que está oculto detrás de la apariencia. Es un poeta que utiliza los colores, el pincel y la imaginación creativa para trascender la realidad. Él, despliega, con esa luz que solo da la clarividencia, la esencia de lo que representa su obra.

“De ahí que hable con entusiasmo de la poética que encontramos en las flores, las plazas de mercado y los paisajes campesinos. Al enfrentarnos con la obra de Fernando, no solo nos quedamos en el mirar, porque cada pincelada, cada color, cada matiz, cada atmósfera que nos muestra en sus cuadros, nos transporta al despertar de los recuerdos, enquistados en algún lugar de la memoria.

“Su paleta pictórica, alimentada de fuego, nos traslada al canto de los pájaros, en los atardeceres del verano, a un cielo bermejo de agosto, o al trino de las alondras en las tardes lluviosas de abril. La imaginación y la sensibilidad despertada, ante el acierto poético, continúan su viaje al territorio de los aromas y las voces, conjugadas con el olor de la hierba recién cortada, con la fragancia y el sabor de las frutas del trópico, con la lluvia y el sonido de las campanas en el silencioso atardecer de nuestros pueblos, con el tacto de las manos rugosas y modeladas por el trabajo de los campesinos, hombres y mujeres, que procuran el gozo del paladar.

“La simbología entregada en sus floramas nos conduce a los patios y jardines de la infancia, contenedores de voces lejanas y milenarias, de juegos y cuentos, relatados a la sombra de un árbol o en las noches frescas de luna llena. Sus símbolos nos muestran un instante que fluye y se hace eterno en el gesto de un árbol o en el vuelo de la mariposa o en la nube que cambia de color y de imagen como signo del tiempo que fue y que vendrá en un devenir cíclico”.

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