Algunos apuntes para contextualizar la crisis política en Turquía

Las FFAA turcas han estado históricamente comprometidas con el nacionalismo granturco, negador de la plurinacionalidad del Estado y represor del pueblo kurdo, y esa línea la han compartido con el islamismo político.

Turquia

Manu García

Ayer todos los noticiarios del mundo abrieron ofreciendo imágenes de enfrentamientos en Turquía entre partidarios del presidente Erdogan y un sector de las Fuerzas Armadas, que intentaron expulsarle del gobierno mediante la fuerza.

Para entender el origen último de esta crisis, hay que remontarse a los orígenes de la República de Turquía, surgida en 1923 de una pugna de la oficialidad y la intelectualidad europeizante y nacionalista partidaria de la “modernidad” (llamados “kemalistas” por su líder, Mustafá Kemal) contra la “tradición”, identificada con los restos del imperio Otomano, la unidad entre Estado e Islam y la cultura árabe.

Desde entonces, las Fuerzas Armadas han intervenido cada vez que han sentido amenazados esos principios fundacionales de la Turquía moderna, de los que se asumen como garantes.

En ese sentido, sus choques con el “islamismo político” del partido AKP dirigido por Erdogan han sido frecuentes desde mucho antes de su llegada al gobierno en 2003. Baste decir a modo de ejemplo que su anterior formación política, el Partido del Bienestar, fue ilegalizado por los militares tras ganar en los 90 buena parte de las alcaldías del país (incluyendo Estambul, con el propio Erdogan de candidato) y las elecciones generales de 1995.

Desde la llegada al gobierno del AKP esos choques han sido más frecuentes y agudos (alcanzando su cénit en estos momentos) fundamentalmente por el impulso que ha dado a la reislamización de la sociedad, su política exterior alineada con los Hermanos Musulmanes y las monarquías del Golfo y la ofensiva para desarticular el poder del kemalismo en algunos de sus bastiones históricos (FFAA, policía, prensa, academia, judicatura) y que tuvo un hito clave en el 2011-2012 en torno al juicio por el “caso Ergenekon”, el descubrimiento de una supuesta red conspirativa que funcionaría desde la llegada al gobierno del AKP y que tendría como objetivo su derrocamiento.

A pesar de ello, nos equivocaríamos si pensáramos que las FFAA turcas han sido garantes de la democracia, la separación de poderes y los derechos humanos. Han estado históricamente comprometidas con el nacionalismo granturco, negador de la plurinacionalidad del Estado y represor del pueblo kurdo, y esa línea (a pesar de desencuentros tácticos) la han compartido con el islamismo político.

Asimismo, han amparado la actividad de grupos paramilitares, como los Lobos Grises, orientados a la represión de sectores democráticos, de la izquierda y de los kurdos y, como sus pares egipcios, se beneficiaron de unas excelentes relaciones con los Estados Unidos en el marco de la guerra fría y la necesidad de aliados en la región con una posición geoestratégica privilegiada, y en función de eso se integraron como pieza clave en la OTAN. También comparten la orientación de las políticas económicas ya que, de nuevo como en el caso de Egipto, las FFAA pasaron de impulsar políticas nacional-desarrollistas a ser partidarios de las privatizaciones y la penetración del capital extranjero.

Se trata de desacuerdos y pugnas que se agudizan en un momento en el cual Turquía tiene un rol clave en el futuro de la región, en los principales ejes que la cruzan hoy:

– La búsqueda de una salida negociada al conflicto en Siria (en el que Turquía ha estado apoyando a la oposición al gobierno).

– La reconstrucción del Estado de Irak.

– El proceso de paz con el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) y el estatus de los kurdos.

– La confrontación entre sunnismo y chiísmo.

– La lucha entre modelos de Estado: uniformidad vs plurietnicidad/plurinacionalidad y confesionalidad vs laicidad.

– La posición de Israel.

– El ascenso del yihadismo, con control territorial desde la creación del Estado Islámico.

– La crisis de la Unión Europea, con la que actúa a modo de puerta hacia Oriente Medio y cuya solicitud de entrada ha conseguido hacer avanzar en el último tiempo gracias a su negociación en la “crisis de los refugiados”.

– La disputa geoestratégica por la influencia en la región entre actores extra-regionales, los principales de ellos por los esfuerzos desplegados y sus intereses en juego Estados Unidos, la Unión Europea y Rusia, que someten a fuertes presiones al Estado turco y dialogan con todos sus sectores.

El AKP como partido y Erdogan como su figura fuerte en el corto plazo fortalecen su poder al aplastar el movimiento rebelde, aplastamiento que obliga al resto de partidos a declarar su respeto a los mecanismos constitucionales de traspaso de gobierno (a pesar de su fuerte oposición al rumbo que está tomando) y que le abren la posibilidad de profundizar y acelerar la purga de los sectores laicos de la judicatura, las FFAA y otros aparatos del Estado, también de cargar contra los seguidores de su socio hasta hace un par de años y ahora rival en el ámbito islamista, el influyente clérigo y multimillonario Fetullah Gülen, a quien acusa de estar detrás de la conspiración.

Sin embargo, está por verse si podrá resistir prolongadamente si persiste en su actitud de exclusión de cada vez más actores políticos y sociales, teniendo en cuenta el complejo panorama que se presenta a nivel internacional y que, a pesar del avance social del islamismo y de su posicionamiento en el Estado, su base de sustentación en sectores claves para la gobernabilidad del país sigue siendo muy débil y está cruzado también por disputas internas por el liderazgo.

La situación de crisis y recomposición de los aparatos del Estado podría aprovecharla para ganar posiciones el magma político-social cuya principal expresión político-electoral es el Partido Democrático de los Pueblos (HDP), impulsado por la izquierda kurda tras su adopción del confederalismo democrático y su consecuente aceptación de un Estado turco plurinacional y que en las últimas elecciones consiguió proyectarse como una fuerza poderosa a nivel estatal al capitalizar parte del movimiento de protesta ciudadana del 2013 y recoger los intereses y demandas de diversos sectores de la ciudadanía turca en torno a un programa de cuatro puntos: democratización y laicización de las estructuras del Estado; derechos civiles para las minorías y justicia social; reconocimiento de la plurinacionalidad; política exterior multipolar y confederalista.

Este último bloque es el principal factor de renovación de la política turca hoy, al no estar comprometido con ninguno de los sectores que han venido usufructuando del Estado y que hoy, de nuevo, se enfrentan a muerte por la conservación de sus cuotas de poder e influencia en él. Asimismo, su fortalecimiento es la mejor garantía de que Turquía pase a jugar un rol progresivo en la región.

Palabras Al Margen

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