Del colonialismo francés a la Troika: una larga historia de luchas

En esta entrevista, el militante internacionalista y editor comprometido Nils Andersson saca a la luz las fechorías del neocolonialismo, y ofrece pistas de acción para el desarrollo de la solidaridad hacia los Pueblos del Sur.

Protesta-en-Atenas

Alex Anfruns

—En 1967 usted era editor y le expulsaron de su país, Suiza. ¿Puede recordarnos las circunstancias de esta decisión de las autoridades y las razones mencionadas?

—Se me expulsó porque aunque hubiese nacido en Suiza, no era suizo sino sueco. En realidad, mi expulsión fue un largo proceso debido a mi trabajo editorial. La primera vez que fui interrogado por la Policía respecto a las obras publicadas, era en 1958. Y en 1966 se produjo finalmente la medida de expulsión.

Así, durante ocho años, fui convocado regularmente por la Policía con respecto a libros que publicaba sobre la cuestión argelina y colonial. A continuación, publiqué otros libros políticos, en particular las tesis del Partido Comunista Chino. Por estas razones también fui interrogado por la Policía y avisado en varias ocasiones que aunque hubiera nacido en Suiza, una medida de exclusión podía ser tomada en mi contra por desempeñar una “actividad política” que no se autoriza a un extranjero.

Si hubiese querido parar mi trabajo editorial, lo hubiera hecho. Pero la cuestión es saber si el compromiso es superior a un estatus social, o lo contrario. Para mí, estaba descartada la opción de renunciar a lo que hacía como editor, como ciudadano, como persona. Por ello, en ningún momento frené mi acción hasta que llegó el momento en que tomaron la decisión de expulsarme. No fue una decisión judicial, sino una decisión del Gobierno federal suizo. Así fue el proceso. No hubo sorpresa cuando tomaron la decisión. Es una decisión y una situación que asumí.

—Cuando más tarde usted volvió a Suiza, ¿cuál era la situación?

—Incluso durante mi período de expulsión, yo volvía a Suiza por razones familiares, porque mi madre vivía allá. Pedía salvoconductos al Gobierno Federal, que me daba autorizaciones de estancias de dos, cuatro o cinco días. Yo tenia que notificar a los servicios de Aduana mi entrada y mi salida de Suiza. Después de 20 años y gracias a las intervenciones de amigos, se suspendió la medida de exclusión y hoy circulo libremente en Suiza.

—A pesar de la censura, algunos libros como “La Question” de Henri Alleg obtuvieron un impacto considerable, sacando a la luz la cara oculta del colonialismo y sus métodos, como la tortura generalizada. ¿Cuál es la importancia para las nuevas generaciones de estudiar este tipo de obras y recuperar así una parte de nuestra memoria histórica?

—Plantea usted dos cuestiones, la primera es el papel excepcional que el libro desempeñó durante la guerra de Argelia, debido a la censura y a la incautación de los diarios, de los semanales y luego de las revistas. Un diario confiscado es un número muerto. Una revista confiscada es un número muerto. Un libro confiscado no es un libro muerto porque puede seguir su edición, su impresión y su difusión clandestinamente, ya que no tiene fecha como un diario o una revista.

De modo que hubo, de 1957 a 1962, una situación excepcional en la que el libro sobre la guerra en Argelia desempeñó en Francia un papel esencial de información sobre esa guerra. Esta masa de información, documentos, testimonios… que se publicaron en el curso incluso de los acontecimientos, hoy yo los califico de “archivos ciudadanos”. En esos libros no es solamente la tortura, el tema más sensible, lo que se reveló, planteando una cuestión moral ante la opinión pública. Es mucho más, ya que no hubo ninguna acción de guerra que no fuera denunciada : la tortura, y también las “enfumades”, los campos de reagrupaciones, los bombardeos al napalm, las zonas prohibidas, las operaciones “homos”, todas estas acciones de guerra, tanto en Francia como Argelia.

También en Francia se torturó. Todo fue revelado por aquel entonces en los libros publicados por la editorial de Minuit, la editorial Maspero y la mía, la Cité de Lausanne. El libro desempeñó entonces un papel de información considerable. Un papel que ya no desempeñará más en adelante, debido al desarrollo de los medios de información que existen hoy.

La tortura desempeñó un papel importante en la denuncia de la guerra colonial, en particular con el libro de Henri Alleg: “La Question”. Es el libro que tuvo mayor impacto en la opinión pública y que sigue siendo el más simbólico. Yo siempre comparo el papel del libro de Alleg a la fotografía de Nick Ut, en la guerra de Vietnam, en la que se ven niños quemados al napalm corriendo sobre una carretera. Aquella fotografía tuvo en Estados Unidos un enorme impacto contra la guerra. Pienso que durante la guerra de Argelia, el libro de Alleg desempeñó ese papel en Francia, y fuera de Francia. Cuando Jérôme Lindon publicó “La Question” y me pidió publicarlo de nuevo después de su incautación, fue por dos razones.

Primero, porque era necesario dejarle claro al Gobierno francés que incautar un libro no impide que pueda ser publicado nuevamente. Además, durante la Segunda Guerra Mundial, muchos textos publicados bajo la ocupación alemana fueron editados en Suiza. Por ello había mucho de simbólico al tomar el relevo y reanudar con esta práctica.

La cuestión de la tortura movilizó mucho la opinión pública, en Francia, pero también en el extranjero. El tema desempeñó un gran papel contra el mantenimiento del sistema colonial en Argelia.

Durante la guerra de Argelia, la tortura fue erigida en sistema. Un sistema teorizado en la Escuela de Guerra, entre otros por el coronel Lacheroy y otros coroneles que habían hecho la guerra de Indochina y que establecieron esta teoría con su tríptico: en primer lugar aterrorizar a las poblaciones, a continuación hacer que la gente acepte y adhiera al orden colonial y en tercer lugar, “pacificar” para que reinase el orden.

Esta teoría se empleó a continuación en América Latina, en particular en la operación Cóndor. Son funcionarios franceses quienes enseñaban a Fuerte Bragg, la Escuela de Guerra en Estados Unidos.

Pero la “guerra psicológica contrainsurreccional” -que así es como se llamó-, aunque permitió hacer fracasar a algunos movimientos, no resultó eficaz a pesar de sus pretensiones teóricas. Nunca permitió ganar una guerra.

Pero es un tema que sigue estando de actualidad. La tortura existe, aún se recurre a ella en las guerras actuales. Hay que oponerse a ello, así como a toda represión.

—¿Piensa usted que internet permita una verdadera democratización del acceso a la información? ¿O piensa, por el contrario, que se ha convertido en un campo de batalla entre la propaganda por una parte y por otra parte la tiranía de la comunicación dominante?

—Creo que hay dos aspectos. Hay el primer aspecto que usted plantea muy bien: ¿Cómo controla la gente un bombardeo de informaciones? ¿Y aún con más razón, cuando uno es joven? y ¿Cómo quien es joven asimila esta masa de información? ¿Cómo la resume, la domina, la interpreta?

Es un verdadero problema al cual no puedo dar una respuesta definitiva, pero hay análisis muy pertinentes al respecto. Y luego creo que hay otro aspecto que se subestima. Cuando se consulta internet, hay cada vez más información sobre el presente, lo inmediato. Y cuanto más se aleja el acontecimiento en el tiempo, más escasean las fuentes de información. Es decir que para la Historia, las cosas se borran.

Si uno quiere consultar información, por ejemplo sobre lo que pasó en los años 50 o 70, encontrará en internet lo que escribieron los historiadores. Pero no hay (sin ignorar el necesario discernimiento que se ha de tener) toda esta savia del debate ciudadano, que se encuentra en internet cuando se trata de la actualidad presente.

Internet es muy joven. Hay pues, para los acontecimientos más antiguos, una parte de la memoria que está ausente en internet y que no permite hacerse una opinión. Faltan referencias sobre la historia más antigua para quienes solo consultan internet. Es normal, no puede ser de otra forma. Es el mismo hecho de tener internet como medio de información tal y como se presenta en su forma actual. Se trata en primer lugar de cómo controlarlo; y en segundo lugar, que resulta necesario tener otras fuentes sobre los acontecimientos más antiguos.

—Nuestra mirada sobre los años 60 y 70 a menudo está impregnada de un cierto romanticismo. El contexto de la descolonización fue propicio al germen revolucionario. ¿Cómo la esperanza de un “mundo mejor” pudo ser extirpada?

—Claro, había la esperanza en un mundo mejor. La descolonización fue un período de fabulosa ebullición de movimientos independentistas y revolucionarios. La relación de fuerzas con el imperialismo se modificó, pero no se invirtió. Si hubiera habido una fusión de las fuerzas revolucionarias del Tercer Mundo, en su diversidad –que no eran ideológicamente las mismas, en América Latina, África y Asia-, con las fuerzas progresistas y revolucionarias de los países europeos, la relación de fuerzas hubiera podido modificarse.

Pero aunque no se invirtió, las fuerzas revolucionarias e independentistas en el Tercer Mundo adquirieron grandes victorias: la independencia de Argelia, la de Vietnam contra la mayor potencia militar, el fin del apartheid en Sudáfrica…

En particular, muchas dictaduras fueron derrotadas en América Latina, pero muchas luchas del Tercer Mundo fueron a menudo neutralizadas y vencidas. Hoy, no se puede hablar de Tercer Mundo como una “zona de tormentas”, ya que el neoliberalismo, el capitalismo, son las ideologías dominantes incluso en el Tercer Mundo.

Pero la cuestión del “otro mundo posible” sigue siendo de actualidad. Si bien el período de los años 50 fue muy intenso, el período actual sigue teniendo la misma intensidad, y la confrontación es igual de fuerte.

Solo que esta confrontación se ha desplazado hacia Europa, que ya no es la zona “protegida” que fue durante los años 50 y durante el periodo de bonanza económica conocido en Francia como las “Trente Glorieuses”, sino que ahora se convierte en una zona de violencias estatales al igual que sucedió antes en el Tercer Mundo.

—Al respecto, ¿diría que fue suficiente el papel de las fuerzas progresistas europeas en la solidaridad internacional con los países del Sur?

—Esta solidaridad no se realizó. La izquierda no cumplió su papel político porque estaba impregnada de conceptos colonialistas y racistas. Cuando se defiende una tesis como la que defendía Thorez, según la cual los movimientos de independencia nacional y los países colonizados debían esperar su liberación de la victoria de la revolución en la metrópolis, venia a decir que solo los colonizadores podían liberar a los colonizados. Se estaba en una lógica de pensamiento colonial.

El hecho de haber subestimado la importancia histórica del movimiento de liberación, que era mixto, múltiple, como fuerza y dinámica revolucionaria, y, de haber acampado bajo una posición de retirada cuando no era de condena, solamente porque los movimientos no eran marxistas o porque eran nacionalistas, es una responsabilidad histórica de la izquierda europea.

Hoy se ve el resultado de no haber buscado entonces un planteamiento de lucha común contra el sistema capitalista, que era el sistema dominante, tanto para los colonizados como para los colonizadores: la izquierda europea se encuentra seriamente debilitada; y pienso que si el neoliberalismo ha podido imponerse en los años 70 y 80, es porque el imperialismo capitalista había creado una relación de fuerzas que le permitía poner la máquina neoliberal en marcha e imponerla al mundo.

La contención del Tercer Mundo y la pasividad de las fuerzas de izquierda en Europa permitieron el establecimiento del neoliberalismo a escala mundial.

—Ha hablado usted de “contención del Tercer Mundo”. ¿Cómo resume la amplitud de la represión hacia el movimiento y los países que participaron en la conferencia de la Tricontinental?

—Creo que en el momento de los acontecimientos, y digo bien en el momento de los acontecimientos, no se percibió la intensidad de la violencia del imperialismo en el Tercer Mundo. A partir del final de la Segunda Guerra Mundial, la represión comenzó de manera extremadamente brutal.

No vamos a enumerar las guerras y represiones, ya que la lista es demasiado larga. No obstante, a partir del final de los años 1950 y hasta 1980, no se tomó la medida de la brutalidad con la cual fue llevada a cabo la represión imperialista. Hubo muchos muertos, mucha miseria, muchas dictaduras… hubo la Operación Cóndor, hubo las masacres en Indonesia o en Camerún, la guerra absoluta de Vietnam, pero se pensaba que la impetuosidad de las luchas les permitiría ganar, y algunas fueron victoriosas.

Pero la represión fue implacable: asesinatos, guerras, corrupción, neocolonialismo, genocidios, dictaduras, todos los medios fueron utilizados.

Enumeremos simplemente los líderes políticos del Tercer Mundo que se eliminaron físicamente para suprimir a las élites que habrían estado en condiciones de darle a África, Asia, América Latina, pero sobre todo a África, los dirigentes capaces de llevar a cabo políticas de independencia, o al menos, lo menos sometidos posible al orden mundial capitalista.

Hay una historia de la represión en el Tercer Mundo en la segunda mitad del siglo XX cuya amplitud no se ha medido y que queda por escribir.

—En 2015 pudimos ser testigos de una actitud entre países europeos que ha sido calificada de colonialismo. ¿Cuál es su mirada sobre la actitud de la Troika hacia un país como Grecia?

—No se acabó con la violencia que se practicaba antes, sino que ésta se adapta a las circunstancias. No hay una lucha armada en Grecia, por ello no estamos en las mismas condiciones. Pero la forma con la que se trata a Grecia hoy es exactamente la forma con la que el FMI trataba los países africanos que adquirieron la independencia. Se les aplastaban. Estamos en la misma violencia. Lo único que difiere, es que esta sucediendo en Europa, en un país europeo.

Esta violencia, que no fue utilizada en Europa en los años 1950-1970, si hay que utilizarla hoy en Europa, se utiliza. ¡Es una realidad concreta! Estamos en la misma lógica, las cosas no han cambiado.

A partir del momento en que hay una oposición radical contra el orden dominante, una grieta, las medidas en su contra son implacables. Así pues, según sea una lucha económica, una lucha política o una lucha armada, la manera de golpearla no será la misma, pero es siempre implacable.

Se asesinó a Oscar Romero que era un sacerdote para la iglesia de la liberación, al igual que se asesinó a Che Guevara, y no se dejó Arbenz al poder en Guatemala, como no se dejó a Mossadegh al poder en Irán o a Sankara en Burkina Faso. No se deja espacio a ninguna verdadera contestación del sistema. Pero la Historia no se detiene.

—Precisamente hoy, ¿cuáles son los principales obstáculos que impiden una toma de conciencia generalizada sobre los peligros del sistema capitalista?

—Usted sabe que la toma de conciencia es siempre en primer lugar el hecho de minorías, a menudo incluso de una pequeña minoría. Y luego, hay acontecimientos que se producen, y hay cristalizaciones que se hacen, y esta minoría ya no es una minoría.

Tomo como ejemplo el de Argelia. Hubo todo el período de la colonización, luego hubo las masacres de Sétif, donde el mismo día de la victoria sobre el nazismo, el 8 de mayo de 1945, se asesinó en Aurès a 25 mil personas por haber pedido simplemente el derecho a ser argelinos. Aquel día, mucha gente se incorporó a la clandestinidad. Diez años después, conocí a un militante que me dijo:

«Cuando íbamos al pueblo para decir: “Hay que hacer la revolución”, los campesinos nos decían: “Miren, no vengan mas por aquí a molestarnos porque hay el guarda campestre que nos vigila. El guarda campestre informa a los franceses y eso nos atrae problemas. No vengan más. Hagan la revolución y entonces allí estaremos!”».

Y así fue. Es lo que dijo Larbi Ben M’hidi: “Haz la revolución en la calle y el pueblo se la apoderará”. Así, esta cristalización puede existir. Pero para que exista, es necesario un largo proceso, una larga historia de luchas.

—Desde hace unos años, tenemos en Francia leyes y medidas gubernamentales que estigmatizan una parte del pueblo, e incluso una parte de la izquierda y de las fuerzas progresistas caen a veces en esta trampa…

—Efectivamente, algunas leyes que se adoptan hoy son liberticidas, son graves ataques al derecho humano, a todos los derechos. Las leyes son a menudo de naturaleza racistas. Eso se ve hoy en día, el musulmán en Francia es aún el “bicot”, como se le llamaba despectivamente durante la Guerra de Argelia. Es una comunidad más estigmatizada que otras por algunas leyes, pero también por la opinión pública. En ello, la responsabilidad del Gobierno francés es muy importante. En primer lugar, por la política que efectúa; y también, por las consecuencias de las guerras en las cuales se ha comprometido.

Francia no participó en la guerra de Irak, pero sí participa en las guerras de Afganistán, de Libia, de África subsahariana, de Malí… Las políticas de las potencias occidentales y atlánticas conllevan una responsabilidad sobre la situación actual y los resentimientos que suscitan.

Además de ello, hay una política de exacerbación del miedo en la población, precisamente para permitir la introducción de leyes liberticidas. Se propone hasta retirar la nacionalidad a la gente, se crea un clima de ansiedad en la población y eso crea una situación extremadamente peligrosa.

Al mismo tiempo, son comportamientos de miedo por parte del Poder. No porque hoy haya movimientos dentro del país que le amenacen, sino porque la situación internacional le preocupa, porque ha tomado conciencia del debilitamiento de Europa, de Francia. Tienen miedo de una situación que ya no controlan, porque ya no son los dueños del mundo y son sus propios miedos los que les conducen a efectuar estas políticas contra su pueblo, y los pueblos.

—Una última pregunta: ¿Cuál es su opinión sobre Wikileaks, y los fenómenos de filtración de documentos secretos?

Pienso que es una cosa eminentemente positiva, que es necesario defender. No obstante, aunque no sea el problema de Wikileaks, es importante observar la discusión que hay actualmente entre Apple y el Gobierno de Estados Unidos sobre la cuestión de las informaciones de que Apple dispone (que constituye por sí solo un problema como poder) y por lo que podría llegar a fichar a los ciudadanos y una represión.

Las posibilidades de los Estados son ya ilimitadas. Estados Unidos puede escuchar a quien quiera, ya sea Merkel u Hollande. Entonces, todo lo que sea un freno a eso y todo lo que permita a la opinión recibir otra información que la filtrada, es algo muy importante. Es una nueva forma de información, de hacer política y de luchar.

Traducido del francés por Mercedes Casanovas Gutiérrez para Investig’Action.

Fuente: Investig’Action

Nota de la redacción: la editorial suiza “Editions d’en bas” publicará la autobiografía de Nils Andersson “Memoire éclatée”, el próximo mes de agosto de 2016. Para más información sobre esta obra consultad el siguiente enlace http://www.investigaction.net/es/del-colonialismo-frances-a-la-troika-una-larga-historia-de-luchas/#sthash.FHtMDb9A.dpuf

Comments are closed.