Daniel Ferreira: Rebelión de los oficios inútiles

Este autor se dio a conocer en Colombia por el premio Clarín de Novela que ganó en 2014 con el tercer libro de su pentalogía (infame); aunque sus dos primeras obras no se consiguen en el país, son el trabajo riguroso de quien sintoniza la gran pesadilla nacional

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Juan David Aguilar Ariza

–¿Cómo construir una realidad como la colombiana si posee en sí misma la paradoja de sonar inverosímil?

–Imagino a mis personajes descifrando arquetipos de una sociedad descosida como la nuestra donde los antihéroes están en muchas manifestaciones de la cultura popular. Donde los héroes, contrario al adagio publicitario, no existen, porque no sobreviven, porque los matan o los desaparecen, o van al exilio. Donde los personajes principales de los dramas han sido siempre un sujeto colectivo, borroso, olvidado, secundario: las Antígonas, los rebeldes, los desvalidos. Imagino cuáles serán las metáforas del pasado. Cuáles son los momentos de ruptura de una sociedad como la colombiana. Observo cuáles han sido los dramas colectivos y veo que coinciden con historias que he visto de cerca. Luego escribo sobre mi pueblo y es como si escribiera sobre todos los pueblos.

–¿Cómo logra las voces, por ejemplo, la de un niño, o la de un alcalde militar?

–No sé por qué se me ocurren justo esas tragedias, esas voces, una anciana que exhuma los restos de su marido, un niño que camina por un escenario de barbarie, una madre filicida que decide sacrificar a un hijo desvalido, un pintor que plasma en un fresco la tragedia colectiva que se cierne sobre un pueblo. Me inquieta el arte trágico. El gran arte para mí es el arte trágico. Goya. Caravaggio. Vida y destino. El camino del tabaco. El águila y la serpiente. La casa grande. Absalom Absalom. Mi infancia ocurrió en un pueblo. En lugares específicos de un pueblo: un río, un parque, una casa. Siempre sitúo un argumento dramático en un pueblo, y dentro del pueblo, siempre en lugares de periferia, y estos parajes se corresponden con recuerdos de mi infancia.

Cualquiera puede escribir ficciones basándose en la infancia que tuvo. La infancia es una esponja que lo va absorbiendo todo: las leyes de la vida, el estado del mundo, las taras, la moral. Lo más personal, lo que nos pertenece de forma más íntima es nuestra infancia. Recuerdo al sacristán de la iglesia, Carlitos, en la escalera del campanario de la torre indicándome cómo darle cuerda al reloj y la vista desde el pueblo desde ahí, el edificio más alto que había, y por eso para mi el horizonte está debajo.

Recuerdo los paisajes, por las jornadas de caza en los montes cercanos. Recuerdo que mi madre me había dado un cuarto sin ventana en todo el centro de la casa y que allí nos refugiábamos cuando había enfrentamientos entre la guerrilla y el ejército. Recuerdo animales, gente viva, gente muerta o gente que mataron. A los que mataron, los recuerdo cuando estaban vivos. Esos recuerdos no coinciden con cadáveres que estaban tendidos en la calle ensangrentados o en un ataúd. El recuerdo de la gente viva aumenta cuando la encuentras muerta.

–¿Su literatura intenta equilibrar de cierta forma los poderes, darle voz a los invisibilizados?

–Hay poder y hay no poder. El poder se impone. Para eso les sirve a los poderosos la violencia, la barbarie legal. La lucha por el poder será aplastada siempre por el poder de turno. He escrito sobre esas contradicciones. Pero no me interesan los actos de violencia en sí, porque los conflictos dramáticos de los personajes son más importantes que las situaciones en que discurre su destino. Hay una intensión ética, política y estética en lo que cualquiera escribe, pero no es indispensable que el lector lo disocie. El lector con su propia axiología puede encontrar las fronteras éticas, los dilemas morales y las tensiones políticas de una obra.

La prosa no puede ser revolucionaria si no trata de cambiar la sociedad. Basta con que resuelva las formas anteriores con nuevas formas, nuevos contenidos y nuevos pensamientos. Yo escribo para descifrar mi mundo. Para mentir, para no mentir, para amar, para recordar lo que otros han olvidado, para convertir en metáfora la tragedia colectiva, para levantarme cada mañana y seguir vivo, para no enloquecer, para enloquecer, para soñar, para hacer algo hermoso con mis angustias y mis pesadillas y mis derrotas.

Por lo demás, la realidad es inabarcable. Yo he delimitado mis temas para que coincidan con lo que conozco o con lo que me apasiona. Tener todos los temas es tener ningún tema. Mis temas son la orfandad, el destino colectivo, la lucha del no poder contra el abuso del poder, el misterio del amor.

–Usted lee a escritores poco conocidos ¿Lo hace por una estética de los apartados del sistema. Encuentra en ellos cierta belleza de lo “imperfecto”?

–El canon está determinado por la industria editorial. Y eso habla de lo que es este mundo de hoy. El canon es Penguin. Eso determina comportamientos de lectura, nichos, autores, premios, logros, difusión, presencia. A mí me gusta la literatura de periferias. De países al margen de la historia o que se parecen en su destino histórico al nuestro. Me gusta leer libros de autores de editoriales con pequeños fondos; editoriales y escritores y lenguas que han tenido que enfrentarse a las reglas del mercado mundial.

Así he encontrado a Max Frisch, Agota Kristof, Amo Oz, Nellie Campobello, Milorad Pavic, Michael Ondaatje, Coetzee, Reinaldo Arenas, Tomás Eloy Martínez, Walter Hugo Mae, Philip Forets, Patricia Nieto. Pero los leo sobre todo porque me los recomienda gente que considero buena lectora. Con eso me ahorro tiempo perdido en libros malos, y en suplementos de novedades o en estafas editoriales.

–¿En sus primeras obras había demasiado adjetivo, qué descubrió en ese proceso en particular con la palabra?

–Escribo con las palabras que usaba la gente entre la que viví cuando era niño. Palabras de un mundo particular que es Santander. Cuando voy a Santander siento que estoy entrando en mis libros. En un sentido más profundo, tal vez lo que escribo vive en mí por un tiempo hasta que encuentro palabras para fijarlo. Una historia puede empezar como un sueño primero. Me sueño siendo otro. Haciendo lo que en mi vida no haría. O lo que tal vez vi vivir en otras vidas.

Otras historia han empezado por relatos que me contaron de niño y que me han perseguido hasta ahora. Son historias que buscan un médium. Y yo las escribo como si fueran un mandato interno. Me producen insomnio. No puedo escribirlas por un tiempo, pero no dejo de pensar en ellas un solo día hasta que al fin descubro la clave, las pongo por escrito y luego me siento liberado. El modo de adjetivar lo depuré leyendo poesía.

–¿Y el I Ching y el amor?

–El I Ching es un libro que ayuda a descifrarlo todo. Toda mi infancia cabe en un estanque con peces de colores. El amor es un misterio más grande que el de la muerte, parafraseando a Wilde.

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