Neoliberalismo, el fin de una ilusión

Los que deseábamos que al neoliberalismo le remplazara una sociedad basada en el reconocimiento mutuo y la democracia auténtica, nos equivocamos. No llegó nada parecido, sino un tiempo tal vez más gris, amargo y sangriento que el anterior.

Las especulaciones son consecuencia de la lógica del modelo de producción capitalista.

Las especulaciones son consecuencia de la lógica del modelo de producción capitalista.

Gustavo Tabares Ramírez*

El acontecimiento fundamental de nuestro tiempo es la tormentosa muerte del neoliberalismo. Estamos ante un difunto que nació mal y que ha muerto mucho peor. Se trata de un suceso mundial que tuvo fecha y lugar: el colapso de Lehman Brothers el 15 de septiembre de 2008. Ese día, el viejo relato que hablaba de la autorregulación de los mercados, capaces de arreglar por sí mismos sus propios desastres, terminó de naufragar en vivo y en directo.

Los grandes bancos centrales de Estados Unidos y Europa tuvieron que salir al rescate y desde entonces han salvado la economía mundial a punta de fabricar billetes. Y lo siguen haciendo cada año, cada mes, cada día, a un ritmo imparable y sin medida. Fabricando de la nada billones y billones de dólares que representan una deuda inmensa, que sigue aumentando, impagable.

Desde ese día el neoliberalismo no es más que un pensamiento zombi, que sólo es defendido por los apologetas y ministros de Economía. Pero los que deseábamos que al neoliberalismo le remplazara una sociedad basada en el reconocimiento mutuo y la democracia auténtica, nos equivocamos. No llegó nada parecido, sino un tiempo tal vez más gris, amargo y sangriento que el anterior. Al crecimiento rápido de los años 90 le ha sucedido un estancamiento crónico que durará al menos 50 años.

Crisis global

El capitalismo global a la deriva: A fines de mayo, durante la reunión del G7 Shinzo Abe, primer ministro de Japón, anunció la proximidad de una gran crisis global, el comentario más difundido por los medios de comunicación fue que se trataba de un alarmismo exagerado reflejo de la difícil situación de la economía japonesa. De todos modos no faltan los que admiten la existencia de peligros pero en general los atribuyen a los desequilibrios financieros de China, a la recesión en Brasil o a las turbulencias europeas.

Sin embargo el centro motor de la última gran crisis global (año 2008) fue la explosión de la burbuja inmobiliaria estadounidense. Ahora los expertos no perciben allí burbujas en plena expansión a punto de estallar sino todo lo contrario: actividades financieras, industriales y comerciales estancadas, crecimientos anémicos y otras señales al parecer tranquilizantes que alejan la imagen de algún tipo de euforia descontrolada.

Pero es imposible ignorar la realidad. Los productos financieros derivados constituyen el componente mayoritario y decisivo de la trama especulativa global, solo cinco bancos de los Estados Unidos más el Deutsche Bank, han acumulado esos frágiles activos por unos 320 billones (millones de millones) de dólares, equivalentes a aproximadamente 4,2 veces el Producto Bruto Mundial (año 2015), eso representa el 65 % de la totalidad de productos financieros derivados del planeta registrados en diciembre de 2015 por el Banco de Basilea.

Esa hiper-concentración financiera debería ser una señal de alarma y el panorama se agrava cuando constatamos que dicha masa financiera se está desinflando de manera irresistible: en diciembre de 2013 los derivados globales llegaban a unos 710 billones de dólares, apenas dos años después, en diciembre de 2015 el Banco de Basilea registraba 490 billones de dólares.

Evitando el derrumbe

No se trató de un accidente sino del resultado de la interacción perversa, a nivel mundial, entre la especulación financiera y la llamada economía real. Durante un largo período esta última pudo sostener una desaceleración gradual evitando el derrumbe, gracias a la financierización del sistema que permitió a las grandes empresas, los estados y los consumidores de los países ricos endeudarse y así consumir e invertir.

La declinación de la dinámica económica de los capitalismos centrales pudo ser ralentizada (aunque no revertida) no solo con negocios financieros, la entrada de más de 200 millones de obreros industriales chinos mal pagados al mercado mundial permitió abastecer con manufacturas baratas a los países ricos y el derrumbe del bloque de países socialistas brindó a Occidente un nuevo espacio colonial: la Unión Europea se amplió hacia el Este, capitales de Europa y de los Estados Unidos extendieron sus negocios.

Así fue como los Estados Unidos y sus socios-vasallos de la OTAN siguieron adelante con los gastos militares y las guerras, enormes capitales acumulados bloqueados por una demanda que crecía cada vez menos pudieron rentabilizarse comprando papeles de deuda o jugando a la bolsa, grandes bancos y megaespeculadores inflaron sus activos con complejas operaciones financieras legales e ilegales. Los neoliberales señalaban que se trataba de un “círculo virtuoso” donde la economía real y la financiera crecían apoyándose mutuamente.

Círculo vicioso

La crisis de 2008 fue el punto de inflexión. El aparente “círculo virtuoso” había mostrado su verdadero rostro: en realidad se trataba de un círculo vicioso donde el parasitismo financiero se había expandido gracias a las dificultades de la economía real a la que drogaba mientras la cargaba de deudas cuya acumulación terminó por enfriar su dinamismo lo que a su vez bloqueó el crecimiento del globo financiero.

Por tanto, no es correcto hablar en contra de la especulación, pretendiendo creer que el capitalismo financiero, el capitalismo en general, podría existir sin especulación, la crisis no es debido a determinadas políticas económicas neoliberales, ni a un excesivo protagonismo y desregulación del sector financiero, sino al revés, estas políticas y el crecimiento de la especulación son consecuencia de la lógica del modo de producción capitalista. La raíz se encuentra en el sistema de producción, entre el carácter social de la producción y su forma capitalista.

* Economista y columnista invitado.

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