La extraordinaria sensibilidad de Manuel

Firme en los principios, pero amplio en su visión política a la hora de sumar fuerzas en un objetivo común, en este caso la solidaridad con Cuba revolucionaria. La derecha recalcitrante que incitó a su asesinato lo tildaba de duro, sectario y promotor de la combinación de las formas de lucha.

Manuel Cepeda Vargas.

Manuel Cepeda Vargas.

Carlos A. Lozano Guillén

Manuel Cepeda Var­gas, el inolvidable camarada de mil batallas, entre ellas una muy importante para los dos: la de no permitir que se apagara la llama de VOZ, la verdad del pueblo, fue asesinado el 9 de agosto de 1994, un día después de que lo acompañara al Salón Rojo del Hotel Tequendama a saludar al comandante Fidel Castro Ruz, quien había llegado a Bogotá para participar en la posesión del presidente Ernesto Samper Pizano.

Fidel presidió una reunión de amigos de Cuba, en la cual intervino el senador conservador Roberto Gerlein Echavarría, quien, abucheado por los participantes, para continuar con su discurso, argumentó en su defensa que había sido invitado por el senador comunista Cepeda Vargas. “Es importante escuchar a todas las voces que se pronuncian por Cuba”, dijo Manuel.

Así era. Firme en los principios, pero amplio en su visión política a la hora de sumar fuerzas en un objetivo común, en este caso la solidaridad con Cuba revolucionaria. La derecha recalcitrante que incitó a su asesinato lo tildaba de duro, sectario y promotor de la combinación de las formas de lucha, metiendo en un mismo costal conceptos y rasgos ajenos a la voluntad del dirigente comunista.

Manuel era un político revolucionario, un periodista, un humanista, un poeta, un intelectual, que conocía el arte de la lucha de masas y de la necesidad de acumular fuerzas para los cambios de fondo en la vida nacional. No era duro ni sectario, aunque sí consecuente en la defensa de la táctica y la estrategia del Partido Comunista. Contribuyó con entusiasmo a los diálogos de paz y estuvo muy cerca de La Uribe, Caracas y Tlaxcala en su tiempo.

Un hombre de extraordinaria sensibilidad. Sus grandes amores fueron Yira, Iván y María, así como fue un tierno abuelo cuando le correspondió serlo. También se conmovía ante el drama humano, de los trabajadores y los campesinos sometidos a la violencia reaccionaria y a la explotación despiadada del capitalismo. Lo plasmó en sus poemas, en sus dibujos, en sus trabajos artísticos, como en sus crónicas y reportajes para VOZ.

Lo conocí en 1965, cuando él era secretario general de la JUCO y yo un joven militante que hacía sus primeros pinitos revolucionarios. Cursaba estudios de bachillerato en el colegio San Simón de Ibagué. Unos pocos dirigentes sindicales del Partido se oponían a mi militancia porque para ellos yo era “un infiltrado de la burguesía” debido a la posición social de mis padres. Manuel fue enviado a resolver este asunto propio de la posición obrerista en ciertos militantes, que afectó al Partido y le hizo daño.

En la reunión, Leonardo Neira, lotero de oficio y dirigente regional, argumentó en mi defensa: “No es un burgués sino un pequeño burgués”. Manuel, con su característica sonrisa, me dijo al oído: “dile que no te ayude tanto”. Su intervención de fondo fue definitiva para que los camaradas reconocieran el error y me permitieran hacer mi vida militante que desde 1965 es el orgullo más grande que ostento.

Desde entonces tuve un aprecio especial por él, como admiración por su coraje revolucionario. Fui su discípulo en el semanario VOZ y espero no haberlo defraudado, aunque sí muy lejos de igualarlo en sus innegables condiciones ejemplares. Fuimos excelentes amigos y siempre acudí a él a buscar un buen consejo y a veces recibí hasta una fraternal crítica. Cuando mis hijos estaban pequeños les celebraba las travesuras infantiles y los alebrestaba porque “papá les va a comprar un gigante cono de helado”.

Recibí la noticia de su asesinato minutos después de que sucediera. Conversaba en mi oficina de VOZ con un oficial de inteligencia militar, fuente periodística que en ocasiones me visitaba, asumiendo riesgos. Cuando salté de la silla y grité: “mataron a Manuel”, me dijo el oficial patriota y amigo de los comunistas: “es un crimen de Estado”. Los hechos le dieron la razón.

Manuel Cepeda Vargas dejó profundas huellas entre los comunistas y los revolucionarios. Estaría hoy animando con su energía y su fuerza militante los diálogos de La Habana.

En esas coincidencias que depara la vida, tengo una que me une más a Manuel Cepeda. El 9 de agosto cumplen años mis hijos mellizos que colman buena parte de mi felicidad, que ni siquiera se resiente con los graves problemas de salud que padezco hace año y medio. Es una fecha que contradice mis sentimientos. Por una lado la tristeza del asesinato de un gran camarada y amigo y por el otro la alegría de vivir por mis hijos, por mi familia y por el Partido, mi otra familia.

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