El eterno voyeur

Milcíades Arévalo nació en 1943. Ha publicado varios libros de cuentos y varias novelas, entre ellas, El oficio de la adoración. Una novela que de cualquier forma representa el inicio del erotismo en Bogotá. A sus 73 años sigue publicando su revista Puesto de Combate, en la cual ha dado a conocer a escritores de la talla de Raúl Gómez Jattin o Evelio Rosero

Por: Juan David Aguilar Ariza 

Me recibe como si fuera un amigo de años. Entramos al estudio y su voz suave me lleva a otros tiempos. Hoy no es hoy. Estoy en la Bogotá de los años cincuenta al lado de un niño que mira el circo con la mirada alucinada de quien vislumbra los seres inverosímiles que habitan la carpa. El lugar del circo hoy lo ocupa el planetario. El niño es moreno, flaco, y sus ojos fulguran ante las luces que se prenden, que se apagan. El niño no tiene un centavo para entrar. En la puerta del circo se le informa a un señor y a su hijo que sus pases de entrada son para tres, es necesario que ocupen los puestos. El señor suelta la mano de su hijo y se acerca al niño que está a mi lado y le pregunta si desea entrar con ellos. Impropias son las casualidades para ciertos humanos, tal vez el señor  descubrió en los ojos del niño otro mundo, lo etéreo e infinito del trapecio. El niño, quien es el mismo que me cuenta su historia, ahora envejecido, entra por primera vez a un mundo del cual le será imposible salir.

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Los orígenes de su mirada

–Nací en la vereda de El cruce de los Vientos en 1953. No soy un hombre de ciudad sino de campo. Allí viví una vida muy intensa porque a mi familia le faltaba de todo, incluso, vivíamos en arriendo en un rancho que luego quemaron para que nos fuéramos de allí. Pasados los años, me fui en un barco a recorrer el mundo y allí conocí al capitán Ariel Canzani, quien tenía una revista literaria que imprimía en su propio barco. Así nació la idea, le dije al capitán, «voy a hacer una revista mejor que la tuya». Y nació puesto de combate en el año 1972. Una vez al año la revista ha ido sumando 43 años de vida. Cuando salió el primer número todos creyeron que era una revista que militaba con algún bando, el nombre me ha traído varias consecuencias. En la época de Turbay vinieron a mi casa y volvieron mierda mi biblioteca, se llevaron algunos libros.

–¿Cómo conoció a Raúl Gómez Jattin?

–En 1968 asistí al teatro Colón a la presentación de una obra llamada «Cuentos de Macondo». Me emocioné al escuchar su vozarrón, cómo se apropiaba de los personajes, su desarrollo teatral, era muy bonito verlo. Estamos hablando de una época en la que se encontraba en pleno furor el teatro; comenzaba el teatro La Candelaria, el Teatro Libre, el teatro La Mama. Después de esa presentación el actor desapareció del panorama nacional. Luego me enteré que su familia se lo había llevado para Cereté. Pasado el tiempo él me envió su primer libro, cincuenta ejemplares, y me dijo «repártelos entre tus conocidos para ver que dicen de mí», pero nadie lo publicó. Ahí descubrí a un gran poeta. Lo publiqué en la revista, en Puesto de Combate. Viajé a Cereté y la gente del pueblo me decía que no fuera a esa casa, que ese señor me iba a matar, que estaba loco. Me acordé de un poema muy profético que decía «golpea en la ventana de la izquierda que te estaré esperando» y así fue. Vivía en una casa deshabitada, donde solo estaba él y un gato. Recuerdo la luz que entraba por la ventana y que reflejaba al gato de un color verde en la pared, le dije a Raúl que mirara el gato y me dijo «que gato  ni que nada, es el tigre de Borges».

Los libros del hombre que habita el Puesto de Combate

–Háblenos de sus libros, por ejemplo, del libro «El oficio de la adoración».

–Llegué a Bogotá en el año de 1957 cuando caía Rojas Pinilla, cuando la perrita Laika llegaba al espacio, cuando mataron a un bandido que se llamaba Barragán, cuando comenzó la educación mixta. En ese libro se habla de esa Bogotá, en él se refleja la historia del barrio Santafé. Era un barrio como Teusaquillo, un barrio agradable, pero empezaron a llegar los que venían huyendo de la violencia y poco a poco se transformó en lo que es hoy. Este es un libro erótico ambientado en una casa del barrio. En aquel entonces era habitual el arriendo de piezas para personas que venían de otras ciudades. Al igual que en el libro, vivíamos mi hermano, mi hermana y yo en una casa de este barrio. El libro narra la aventura de ese tiempo, de mi vida en el colegio, de las vecinas, de la séptima. En el año 1985 con este libro, que no se llamaba El oficio de la adoración sino La casa del fuego y de la lluvia, gané un premio de novela en Pereira, uno de los jurados era Manuel Mejía Vallejo, y él me dijo que con el tiempo se iba a hablar mucho de Milcíades Arévalo porque escribía mejor que Andrés Caicedo. Este es el libro donde comienza el erotismo en Bogotá.

La mirada del Voyeur

–Hablemos de su oficio de fotógrafo. ¿Quién le enseñó a tomar fotos?

–Siempre he dicho que todos se aprende con la práctica, con las ganas para hacer algo. Trabajé con Jaime Jaramillo Escobar en publicidad. Él tenía una agencia de publicidad que se llamaba O.P. Institucional, de un momento a otro me dijo «tome una foto que necesito para publicarla en un aviso». Después nos fuimos de viaje por el Huila, por Puerto Nare, tomándole fotos a matas porque había una campaña publicitaria del fique que en esa época era el material utilizado para hacer las bolsas de café. Así iba aprendiendo. El tipo que revelaba en la agencia no me quería enseñar o no quería que aprendiera a revelar fotografías. Entonces una noche me quedé en la agencia y me puse a probar todos los químicos -Milcíades mete su dedo índice en un recipiente imaginario en el aire y luego lo lleva a su boca y lo chupa- revelador, fijador, limpiador y los iba mezclando hasta que logré revelar fotos. Toda mi vida he tomado fotos. Muchas personas me dicen que tomo unas fotos geniales y en realidad no pienso que sea así. Lo que pasa es que yo no pongo a posar a la gente, he sido muy espontáneo. No sé nada de programas de edición de fotos en computador. Lo que sí he hecho es mirar catálogos, fotografías, he sido amigo de grandes fotógrafos como Manuel H, Sady Gonzáles, a ellos los conocí en persona y de ellos aprendí.

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El futuro

En este país donde el gobierno no entiende la trascendencia de la cultura, Milcíades Arévalo se las ha arreglado para publicar su revista durante todos estos años con el poco apoyo de una o dos instituciones fieles a su idea. Incluso ha dicho que está dispuesto a vender su biblioteca para que su revista siga; una biblioteca que posee títulos dignos de cualquier museo. Es triste escuchar que en este país se habla de paz cuando los gestores culturales, los artistas, deben estar batallando contra imposturas mitológicas. Aun así, sigue luchando desde su puesto de combate porque dice que esta es la única trascendencia, la irrefutable, la de dejar un legado, un pensamiento, un espíritu en la precaria eternidad de los que seguimos con los pies en esta tierra.

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