The Walking Dead: Una temporada filmada en Bogotá

Por: Victor Valdivieso

Quizá Slavoj Zizek tenga razón cuando dice que Hollywood lo sabe todo. Para el filósofo esloveno, la industria cinematográfica parece ser el reflejo del estado actual de la ideología, porque ejemplifica o devela las claves para entender nuestra realidad. De ahí que varias figuras, situaciones y personajes propios del séptimo arte estén aquí, entre nosotros.

El Cyborg y el Zombie

Así las cosas, hay momentos en los que, como lo alertó la filósofa feminista Donna Haraway con la perspectiva Cyborg, algunas cuestiones y realidades que parecen lejanas, propias de la imaginación y la ciencia ficción circundan nuestra existencia, hacen ruido en nuestras vidas.

Por eso, aunque sea impensable o una locura creer en la posibilidad de convivir con y entre el Cyborg, a la vieja imagen de Terminator, es innegable la mezcla o la intersección de la tecnología sobre nuestra cotidianidad. Es más, queramos o no, nuestros celulares parecen injertos o emanaciones de nuestras extremidades, por citar un ejemplo. De hecho, son innegables el influjo en nuestros cuerpos de los implantes que nos permiten seguir viviendo, como el marcapasos. O el artefacto de placer conocido como el orgasmatrón, dispositivo-injerto que lleva al Cyborg al orgasmo a través vibraciones eléctricas. Por lo tanto, para la pensadora: “un Cyborg es un organismo cibernético, un híbrido de máquina y organismo, una criatura de realidad social y también de ficción” (Haraway, D. 1894: 2) Esa criatura somos nosotros mismos. Ahora bien, si esta perspectiva es plausible, sobre todo en tiempos de Pokémon Go, ¿por qué no pensar en la influencia, en nuestra realidad, de otras figuras que se plasman en el cine?

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Zombie

Una de las figuras emblemáticas en nuestro mercado audiovisual contemporáneo es la del Zombie, un muerto viviente que se levanta hambriento de su tumba en busca de carne viva. Esta figura evoca la carencia. Su resurrección no es para anunciar la salvación, sino para conquistar sus privaciones. El Zombie se erige para arrebatar la vida a quien la posee. Y así, organizados de manera instintiva, desatan la confrontación contra los vivos, los humanos. Al vivo no le queda más camino que resistir a la insurrección.

En ese sentido, hace poco Noam Chomsky explicó que la obsesión de la industria cinematográfica por el Apocalipsis de los muertos vivientes tiene que ver con el miedo, fundamentalmente estadounidense, de una revolución por parte de los oprimidos. Por eso el tema atrae tanto la atención de productores y consumidores de Habitantes de las calles ocupando el caño de la calle 6 con carrera 30 en Bogotá.
series, películas y del cómic. Saben, desde luego, que cualquier forma de explotación -humana o hacia la naturaleza- es una bomba de tiempo que en cualquier momento puede estallar, incluso adquiriendo versiones ficcionales de sus consecuencias, como la del asecho del Zombie.

El apocalipsis Zombie

Es así como luego de la estúpida e irreflexiva política del desalojo y la represión de Peñalosa hacia el Bronx, parece que se filmara en el centro de Bogotá una nueva temporada de la emblemática serie The Walking Dead. La salida institucional del alcalde, también extraída de cualquier filme, desató un verdadero problema social del que nadie quiere ocuparse.

Peñalosa no desalojó el Bronx para devolver la seguridad y la tranquilidad a los vecinos del lugar, como dicen los medios. En realidad quiso recuperar el Bronx para convertir el centro de Bogotá en la meca del capital. Por eso el resultado de su intervención es lamentable. El alcalde a través de un discurso biopolítico implementa la necropolítica. A modo de aclaración, la biopolítica es una estrategia o un conjunto de mecanismos, en clave foucaultiana, de administración de la “salud” o “bienestar” de la población. Lo que pretende la biopolítica es gestionar, controlar y producir aspectos concomitantes a la existencia humana, por ejemplo: los índices de mortalidad, natalidad, sexualidad, higiene, tasas de homicidio, longevidad, etc.

La biopolítica es la ocupación de la vida por parte del poder. O como diría Foucault, es un ejercicio de poder sobre el hombre en cuanto ser viviente. Al tiempo que nos controlan con datos, cifras, estadísticas e índices sobre nuestra vida, nos reglamentan qué vida debe ser vivida. Por eso, la marginalidad -lo que no debe ser vivido- se administra con necropolítica. La necropolítica es la práctica gubernamental de hacer y dejar morir a las personas. No solo a través de lo que llaman limpieza social, sino a través de implementación de políticas que desahucian a amplios grupos poblacionales. Para no ir tan lejos, el mayor ejemplo de la necropolítica fue el Estado nazi.
Ahora bien, estos mecanismos de la necropolítica son los mismos que implementó Peñalosa cuando “recuperó” el Bronx. El alcalde no sólo cree que puede, desde la institucionalidad, generar soberanía sobre la vida y la muerte del habitante en condición de calle; no sólo extirpó los programas de “rehabilitación”, sino que además trasladó el problema social de la “indigencia” hacia “el resto” de la población. De hecho, inauguró una confrontación por la supervivencia entre “vivos y muertos”.

Hoy los comerciantes del sector del Bronx, frente al drama de convivencia, buscan implementar formas de limpieza social contra los indigentes. Estos marginados se resisten y amenazan con quemar los negocios de los “vivos”. Por ende, pasan sobre nosotros imágenes escalofriantes de la colisión entre esos dos grupos, y la situación se tiende a agudizar.

Por eso antes de que empiece el apocalipsis Zombie es preciso intervenir de cualquier forma contra esa perspectiva gubernamental de muerte. La lucha y resistencia debe ser por la vida, a pesar de que ésta esté agenciada por relaciones de poder. Si miramos en detalle, el Zombie lucha por vivir y es una víctima más de este sistema aniquilador. El vivo también resguarda su vida. Es decir, lo que está en juego, para los dos grupos, es la supervivencia. Por lo tanto, antes de abrigar salidas de corte fascistas, como las de “mátenlos a todos”; o antes de emprender y aupar una guerra –así sea civil-; de lo que se trata es de oponerse y resistir a los mecanismos necropolíticos. El verdadero responsable del asecho Zombie no son los vivos sino la estrategia necropolítica – o el virus, tal como ocurre en la pantalla grande- que implementó la institu- cionalidad encabezada por Peñalosa. En consecuencia, la resistencia y lucha no debe ser entre la población, sino contra los que esparcieron el virus, contra aquellos que desatan esa realidad de sujeción y exclusión, es decir, hay que volcar el apocalipsis Zombie contra la misma alcaldía.

Referencias bibliográficas: Haraway, Donna. Manifiesto Cyborg: El sueño irónico del lenguaje para las mujeres en el circuito integrado. 1984.

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