Guerrillerada

Esos guerrilleros son la prueba de que estamos ante una organización que jamás bajó la guardia en la formación de sus cuadros, y que éstos nunca dejaron de sentirse sujetos con pleno derecho a la rebelión.

Foto: Fernando Vergara - AP.

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Lisandro Duque Naranjo

Hay un universo inédito, sólo visible por Youtube, que debiera motivar el interés de la televisión pública, y que se le agradece a los canales privados no ocuparse de él para que no lo vulgaricen: el de las actividades que cumplen hoy las FARC en los lugares donde habitualmente han procedido con las armas.

Están de fiesta en su convivencia, casi legal ya, con las comunidades a las que convocan. Humberto de la Calle, en entrevista reciente, dijo que los partidos tradicionales van a tener que subirle el nivel al debate ideológico apenas las FARC se incorporen al tinglado político. Pues claro. Y eso que el negociador del Gobierno no ha ido a esos lugares remotos de la geografía donde se mueve la guerrillerada. Entre esa tropa sí que es perceptible la ética transformadora que anima a esa muchachada.

Ahí no hay “niños raptados”, que eso no es una guardería armada. Ni “muchachas esclavizadas sexualmente”, pues aquellos no son cabarets de monte. Que le merme entonces la actriz Alejandra Borrero, a quien en estos días le oí decir por televisión que “había guerrilleras de cuatro añitos”. Esos guerrilleros son la prueba de que estamos ante una organización que jamás bajó la guardia en la formación de sus cuadros, y que éstos nunca dejaron de sentirse sujetos con pleno derecho a la rebelión. De modo que es de pésima fe eso de que son narcotraficantes, pues de haberlo sido ya habrían desaparecido, fruto de las contradicciones individualistas que en el delito común genera la codicia.

La caducidad de una estructura bandida es rápida, de máximo diez años. En cambio, los 52 años de existencia de las FARC, con unidad de mando, Secretariado, estado mayor, jefaturas intermedias, influencia territorial, ritualidades cincuentenarias y mitos fundacionales con acatamiento de íntegras sus unidades, obligan a colegir que estamos ante un ejército popular en pie de beligerancia frente a un establecimiento mohoso, y con derecho a negociar un cese a la guerra y un cambio en las reglas del juego político, para ellos y para la sociedad toda.

Sus comandantes, además, han logrado mantener su cohesión, aun en las condiciones más adversas de comunicabilidad, producto del sofisticado cerco tecnológico del Ejército, la Policía y “los contratistas americanos”. Dispersos por la geografía de este país inmenso, los unos saben lo de los otros y se consultan, a punta de escritos en papel que les llevan emisarios que se pegan sus patoneadas durante meses, esquivando retenes, nadando, cruzando cordilleras, y redistribuyendo el mensaje hacia el Putumayo, el Guaviare, el Chocó, el Patía, el Catatumbo, etc. De allí eso que llaman “el tempo” de las FARC.

Porque si esa misiva se enviaba por Whatsapp, o con el clic de un email, o por celular, en diez minutos tenían encima los aviones con bombas de 500 libras que levantan la tierra y parten en dos los árboles, y 15 o 20 helicópteros por cuyas escalerillas se descuelgan unos jayanazos con la cara pintada. Varios de los negociadores del Secretariado en La Habana necesitaron de esas conversaciones para volverse a ver entre sí después de muchos años. Algunos habían encanecido, pero ninguno llegó embambado con alhajas, según el imaginario traqueto que han promovido contra ellos los cabecillas Gurisatti y Jeferson en RCN TV. No, seguían siendo los austeros de siempre, casi trapenses, y reanudaron su coloquio con un “como decíamos ayer…”.

En realidad, los que se tienen que tragar un verdadero sapo, al incorporarse con todas las de la ley a esta sociedad, son ellos.

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