María Eugenia Vásquez, ex M-19, habla de los retos de la paz

Ante la próxima firma de paz FARC-Gobierno habla la ex guerrillera del M-19 María Eugenia Vásquez Perdomo sobre las experiencias del M-19 y su acuerdo de paz hace 26 años

María Eugenia Vázquez interviene en La Habana en representación de la Red de Ex Combatientes de la Insurgencia colombiana. Foto: Bouvier.

María Eugenia Vázquez interviene en La Habana en representación de la Red de Ex Combatientes de la Insurgencia colombiana. Foto: Bouvier.

Dick Emanuelsson
Resumen Latinoamericano

“Posterior a los acuerdos vendrá un tiempo muy difícil, pero necesitamos los acuerdos”, dice María Eugenia Vásquez, una de las primeras militantes del M-19.

En esta primera entrega cuenta sobre su ingreso al M-19, el robo de la Espada de Bolívar, la “recuperación” de cinco mil fusiles del Ejército y la toma de la embajada de la República Dominicana en Bogotá. Veinte años de vida revolucionaria relatados en dos horas.

María Eugenia Vásquez Perdomo, nacida en Cali, Colombia en 1951, llegó a Bogotá a principio de la década de los 70 y se contagió, como miles de jóvenes estudiantes, de la agitación política en la Universidad Nacional. Comenzó a trabajar en distintos grupos hasta que entró en la lucha semiclandestina de lo que en 1974 sería la insurgencia del M-19. Actuó en los frentes de masas hasta ingresar a la guerrilla. Fue una de las primeras militantes de esa agrupación insurgente y conoció y luchó junto con los más emblemáticos comandantes del M.

Fue miliciana en la lucha urbana y guerrillera en el campo. Estuvo en el rescate de la espada de Simón Bolívar y en la “recuperación” de cinco mil fusiles del Ejército Nacional. No faltó tampoco en la toma de la embajada de la República Dominicana en Bogotá en 1980, una toma que duró 61 días. Se preparó militarmente en Cuba y regresó, junto con un centenar de compañeros, para abrir un nuevo frente de guerra en la densa selva en el sur de Colombia. Durante casi 20 años María Eugenia fue una revolucionaria profesional las 24 horas del día.

”Escrito para no morir”

De casualidad encontré hace unos meses en una caja el libro ”Escrito para no morir”. Lo había comprado en Bogotá unas semanas antes de tener que empacar las maletas rápidamente por la acumulación de amenazas de muerte que sufrí el último año (2005) de mis cinco cumplidos como corresponsal en Colombia, amenazas que en febrero de 2009 serían confirmadas con origen en el DAS-G3. Y me puse a leer detenidamente las 400 páginas. Me impactó el contenido escrito por una mujer que mantiene el espíritu de vida y de lucha de crear esa nueva Colombia que todos los insurgentes, antiguos y actuales, sueñan crear, a pesar de mucho esfuerzo y dolor humano.

El contenido topa con la situación actual, con la terminación de las negociaciones entre las FARC y el Gobierno de Juan Manuel Santos. Hace 26 años, también el M-19 firmó su acuerdo final por la paz. El libro despertó la ansiedad de conocer y entrevistar a María Eugenia para saber con qué problemas y fenómenos chocaron los ex combatientes del M-19 en su reinserción a la vida civil en esos años ¿Cómo podrán servir sus experiencias a los guerrilleros de las FARC, sobre todo los guerrilleros rasos y, más aún, a las mujeres insurgentes, cuando ahora entrarán a una nueva “trocha” de la vida? ¿Cómo canalizar medio siglo de lucha y experiencia en la organización de un nuevo movimiento político?

Sobre esto charlamos en dos oportunidades en el mes de julio.

* * *

–Jaime Bateman todavía no había sido expulsado de las FARC. Se podría decir que mi primera militancia fue el abrigo da la naciente idea de Bateman desde las FARC de armar una guerrilla urbana al estilo de lo que se movía en América Latina en esos años, 1970-71. El M-19 surge como M-19 en el 1974 a partir del robo de la espada de Bolívar, comienza su largo relato, resumiendo en dos entrevistas 20 años de una vida llena de sucesos políticos pero, sobre todo, experiencias humanas.

–Considero que para mí fue una suerte participar en algunas acciones en las que dieron nombre al M-19. Entre las más importantes en donde estuve fue el robo de la espada de Bolívar, “recuperación”, la llamamos entonces en ese tiempo, y la toma de la embajada de la República Dominicana. Aquella acción fue una experiencia maravillosa en torno a la posibilidad de que la insurgencia negociara de igual a igual con el Gobierno de turno y que lograra unos acuerdos en los que ninguna de las partes era sometida o que perdía. El mismo presidente de la época de las negociaciones decía que “en estas negociaciones ganamos las dos partes”. Creo que lo mismo está sucediendo ahora. Pero para responder los motivos para escribir el libro quiero decir lo siguiente:

–Mi decisión de abandonar el grupo armado fue una decisión personal por fuera de los acuerdos que llegarían un año después (1990). En esa decisión de regresar al país, a pesar de los riesgos que significaban, porque yo todavía era clandestina, me encontré que yo todavía tenía conmigo una historia de los inicios del M-19 y de sus líderes que ya habían sido asesinados o habían perdido la vida en combates en su mayoría, una historia que la gente joven no conocía, y yo no podía morir con ella. Fue entonces cuando tuve la idea de que tengo que contar la historia del M-19.

–También había una necesidad personal. Yo tenía que normalizar mi vida civil y cómo iba a vivir tras esa decisión de dejar el grupo armado y mi carrera de antropóloga la había cursado completamente mientras militaba pero no me había graduado. Pensé hacer una reflexión sobre lo que había sido mi militancia. Emprendí lo que iba a ser mi tesis de grado.

Posteriormente, cuando presenté mi tesis al jurado y fue aprobada como tesis meritoria, algunos de mis profesores y amigos que habían estado en mi presentación de las tesis me dijeron que “hay un concurso del Ministerio de Cultura. ¿Por qué no presentas el libro?”. Presenté el libro y para sorpresa mía gané el premio Testimonio año 1998. En ese año me gradué como antropóloga con esa tesis y me gané el premio Testimonio y por eso se publicó el libro.

–Pero fue un libro escrito más como una reflexión para mí misma y para mi gente. Fue un viaje a través de mi propia historia para organizar de alguna manera este cambio de vida y hacerlo sin renegar de mi pasado, valorando todo eso que fue mi experiencia y enrumbándome en el mismo sentido. Yo pienso que me permití dar una continuidad de las ideas de cambio. El propósito que me llevó a hacer parte de un grupo armado alzado en armas, que era para transformar la sociedad en la que vivía, sigue siendo la premisa de mi vida, ahora como activista de paz, como buscando de nuevo las transformaciones sociales que están por hacerse.

La Universidad Nacional y el ingreso al M-19

Lo que impresiona el libro es la franqueza de tus posiciones en diferentes temas, los sueños de cambiar la sociedad o el amor vivido. En mis reportajes y entrevistas en territorios guerrilleros de las FARC no he encontrado esa honestidad o franqueza de hablar tan personal (con excepción de Lucero Palmera). El factor de la misma guerra impide muchas veces esa sinceridad.

–En el libro expongo mis tripas, mis emociones, reflexiones interiores. Porque ese libro no fue escrito para publicarse sino para mi gente que estaba interesada en conocer un poco de una mujer común y corriente que había llegado a la decisión de asumir las armas y desmitificar la militancia armada. Por eso la reflexión llegó a ser tan sincera.

¿De carne y hueso y con sentimientos como cualquiera?

–Creo que es el objetivo del libro. No somos héroes o heroínas, fuimos gente que tomamos una decisión y sigo esperando que el pueblo este en el poder a través como sea, digamos de todas las reglas del juego democrático, que es bastante imperfecto, pero sigo esperando y creyendo que es el pueblo que tiene que estar en el poder, por lo menos el mandato popular tiene que estar en el poder.

Surge el M-19 y trabaja por la unidad guerrillera

Hablamos un poco desde el principio de tus primeros pasos en la lucha política, que fueron en la Universidad Nacional. Parecía un mundo totalmente diferente al del obrero, con peleas más entre los diferentes grupos de la izquierda colombiana que contra al mismo Estado, a pesar de las repetidas confrontaciones con la Policía.

–Es toda una época. La universidad pública era un reflejo del país y el país también obedecía todas las corrientes latinoamericanas que se movían. Fue una época para mí maravillosa de surgimientos y crecimientos y popularidad de insurgencias en América Latina.

–En la U se vivían todas las cosas al mismo tiempo. Colombia ha sido una sociedad fraccionada y sectaria con las guerras liberal-conservadoras. Cada vez que se quiere abrir un espacio político, hay una guerra, más o menos. Hoy en día, de nuevo somos un país muy polarizado. En la Universidad se veía sectarismo de izquierda. El M-19 surge precisamente en los años 70 con una primera premisa que es la unidad guerrillera. Se intentaba entonces la idea de Jaime Bateman, aún cuando se hacía parte de las FARC, de lograr una guerrilla urbana que promoviera la unidad guerrillera.

–En esos tiempos estaban las FARC, EPL y ELN. Se promovía la unidad guerrillera y así nacimos, y nacimos incluso antes de ser M-19 y nos llamamos Comuneros. Nuestro objetivo fundamental era la unidad guerrillera. Nos decíamos antisectarios, antioligárquicos y antiimperialistas. Esos eran los puntos que animaban a nuestra lucha a principio de los 70.

–La universidad pública en ese entonces es otra cosa (que hoy) aunque hay sectores que siguen promoviendo la función social de la universidad pública.

Hay una apatía aprovechada por la derecha hoy en las universidades…

–Hay una derecha que se está tomando las universidades públicas. Y hay una derecha en los gobiernos que está tratando de asfixiar a la universidad pública por falta de recursos. No solo sucede aquí, sino en otros países de América Latina. ¿Cómo defender la universidad pública en su función social?

–En estos momentos hemos tenido sucesos muy dicientes, por ejemplo la Facultad de Ciencias Humanas hizo un reconocimiento académico a Miguel Ángel Beltrán, un profesor universitario que ha sido acusado de ser parte de las FARC. Ha venido una andanada de la derecha universitaria, diciendo que es imposible que la universidad reconozca a un hombre que esta en entredicho, porque ni siquiera se ha dado un fallo condenatorio total del proceso de Miguel Ángel Beltrán (la entrevista se hizo antes la sentencia de la Corte Suprema de Justicia que ordenó su inmediata liberación). Eso muestra los avances de la derecha también en la Universidad. Los hubo siempre, pero creo que ahora es innegable el avance de la derecha en el país.

Embarazada en medio de la clandestinidad

De la Universidad Nacional pasaste al trabajo semiclandestino y urbano del M-19. En el libro son notorias las relaciones entre mujer y hombre. Y quedaste embarazada. ¿Qué pensaste de ese hecho en relación al trabajo político-militar?

–Lo que yo describo en el libro es realmente cómo se fue viviendo la vida y cómo los roles tan tradicionales, a pesar de ser nosotras mujeres que queríamos cambiar el mundo, todavía se reflejaba en nuestras vidas cotidianas esos roles tradicionales. Yo cuento en el libro cómo planchaba y limpiaba pañales en la casa, cocinando sin querer dejar mi militancia política. Creo que la luz, que no se ha apagado nunca, fue mi causa política.

–Yo creo que no solo para abordar una cotidianidad que me mandaba a la cocina y las tareas domésticas exclusivamente, y una relación de pareja, que también era desigual en ese momento, a pesar de ser entre compañeros, y posteriormente, otras inequidades en la vida política, yo creo que lo que me permitió fue el mantener la causa como lo fundamental, ese objetivo de transformación.

–La utopía fue lo que me sostuvo para abordar esas pequeñas y grandes realidades. La muerte de mi hijo mayor fue un gran golpe que no hubiera podido resistir si no hubiera mantenido mi fe en que todavía hay transformaciones por hacer.

–Hace poco, en un conversatorio con otras mujeres que habían escrito sobre la guerra en la Feria del Libro, me cuestionaban porque siendo madre había permanecido en las filas insurgentes. Yo les decía que antes que madre yo había sido mujer y había tomado decisiones políticas. Si esas decisiones políticas habían afectado a nuestros hijos, yo lo sentía mucho, y era el momento de poder decirles a los hijos: “¡Oye, tratemos de entender los dos esas decisiones!”.

–Pero eran decisiones que yo había tomado de manera autónoma y que me habían sostenido y me sostienen a lo largo de mi vida. Ese eje permitió vivir cosas difíciles y mantenerme en la lucha de tantos años sin perder la posibilidad de soñar. Todavía, a pesar de todo, seguimos soñando en que los cambios vienen y son posibles. Hay que pelearlos.

–Este acuerdo con las FARC no significa un cambio inmediato de nuestras transformaciones ahora, es solamente un marco para las luchas sociales que nos tocará seguir desarrollando.

La toma de la embajada dominicana en Bogotá

Después de diez años de trabajo clandestino en el M-19 fuiste seleccionada para participar en la toma de la embajada dominicana en Bogotá, acción dirigida por el Comandante Uno. El motivo era la liberación de los 300 presos del M-19. No lo consiguieron, pero igual se concluye que fue un avance político. ¿Cómo fueron los dos meses en la embajada y cómo era la situación social y política en el país ese año para una decisión tan drástica como tomar una embajada llena de muchos embajadores de diferentes países ese día?

–La cantidad de presos y las torturas a las que sometieron a la gente en detenciones masivas era impresionante. No era solo gente del M-19, porque ahí estaban presos políticos de todas las corrientes.

Sobre todo después del paro nacional en octubre de 1977, reprimida en forma sangrienta por el Ejército y la Policía bajo las órdenes del presidente Alfonso López Michelsen…

–Las luchas populares habían sido bastante fuertes en esa época a final de los 70. Y para los años 80, una acción como fue el robo de las armas del Cantón Norte, cinco mil fusiles, había retado al Ejército Nacional y de manera muy fuerte. Eran fusiles no solo para nosotros, sino pensábamos también para la lucha nicaragüense (sandinista) en ese momento. Esa cantidad de prisioneros políticos y las torturas de la época llevaron a que los movimientos de derechos humanos también se fortalecieron muchísimo.

–Nosotros pensamos en esa acción de la toma de la embajada de la República Dominicana como una manera de mostrar al mundo la situación de los presos políticos, pensábamos en el rescate de esos prisioneros políticos y la denuncia de las torturas en ese momento. La verdad es que habíamos pensado que esa toma podía durar 8-10 días porque era previa de las elecciones, elecciones que se polarizan muchísimo. Dijimos: “como el gobierno está al frente de las elecciones tiene que resolver rápidamente una toma de rehenes diplomáticos”.

–Pero no fue así. Pasaron los diez días. Se hicieron las elecciones y nosotros duramos 61 días en la toma. ¿Qué pasó ahí? Yo considero que es una de las experiencias de más valor. ¿Por qué? Porque nos relacionamos con los rehenes de una manera tan estrecha que algunos lo llaman “el síndrome de Estocolmo”, pero las dos partes, los rehenes y la guerrilla se solidarizaron ante un evento de posibles ataques externos. Logramos coordinar con ellos y trabajar en comisiones y trabajar mancomunadamente por lograr una negociación que no fuera sangrienta.

–Nosotros teníamos claro que teníamos que evitar una solución sangrienta. Los 61 días fueron de una cotidianidad muy organizada en la que acertamos con embajadores, o un grupo de embajadores que eran representativos de los demás, los pasos a dar para la negociación. Ahí fueron fundamentales esas coordinaciones y articulaciones que logramos para la negociación de salir con vida. El único que perdió la vida ahí fue un compañero nuestro en la entrada de la toma (el día 1). El resto no hubo sacrificados.

–Lo otro es que se sienta la insurgencia con el Gobierno en una negociación entre iguales. Se reconoce, entonces, la insurgencia como un interlocutor válido. Nosotros aprendimos que la consigna “vencer o morir” podía transformarse por objetivos políticos. Salimos vivos de la embajada, tanto nosotros como los embajadores, pero no logramos sacar a los presos políticos. Pero se lograron otras metas que fueron fundamentales, como una supervisión de los consejos de guerra y el bienestar de los presos políticos.

–Se cambiaron algunas situaciones que había en el país en ese momento. Fueron más logros políticos que logros militares que tuvimos ahí. Nosotros nos empeñamos muchísimo en entender el valor de la negociación. Entender de mantenerse en una postura única sino poder balancear y poner al centro los logros políticos más que los logros militares. La toma fue una gran lección humana y política que nos permitió posteriormente en los años 1984 y 1989 poder pensar en la tregua y posteriormente en los acuerdos de paz de 1989.

A la prisión y las cámaras de tortura del Ejército

Después de la toma de la embajada dominicana en Bogotá, ustedes volaron para Cuba donde estuvieron un año, preparándose militarmente. Regresaron a Colombia en forma clandestina en marzo de 1981, ahora como guerrilleros preparados para abrir un nuevo frente de guerra en el sur de Colombia. Eso terminó en un desastre donde muchos murieron, otros como tú fueron apresados y objeto de mucha tortura en el Batallón del Ejército en la ciudad de Ipiales. Pese a toda crueldad, lograste soportar las torturas. Háblanos de esos interrogatorios de los militares.

–Lo del Sur… ¡Ay, esa aventura! dice y respira, fue realmente difícil. Si la pienso hoy día no sé cómo la pasé. Porque una mujer muy urbana, con entrenamiento sí, pero meternos en esa selva del Sur que es una selva húmeda lleno de manglares… no sé cómo la pasamos, realmente. Creo que la fuerza fue sentirnos parte de un Ejército, sentirnos muchos y poderosos. Luego viene nuestro error táctico por las detenciones en el Ecuador. Las fuerzas colombianas penetraron al territorio ecuatoriano y se dio una tregua que no fue consultada con el entonces Gobierno ecuatoriano. Estuvimos en manos de las fuerzas ecuatorianas que nos pasaron a las fuerzas colombianas.

–De ahí viene la sensación absoluta de impotencia de estar en manos del enemigo. Creo que lo único que nos sostuvo en ese momento no es tanto de la ideología, es el amor. Sí, es la ideología pero sentida de la entraña. Yo sentía que no podía traicionar a mis compañeros que habían confiado en mí. Tenía que guardar silencio para preservar la vida de mucha gente. Eso es lo único que no hace fuerte ante la tortura, es la única posibilidad.

–Creo que la tortura es una acción y el intento de someter por la fuerza la voluntad de las personas infringiéndoles la mayor angustia y el mayor dolor. Considero aberrante la tortura como la desaparición forzada también. Creo que la única manera de soportarla es haciendo acopio de ese morir de la dignidad. Yo misma no podría pensarme habiendo delatado alguien. Eso fue lo que me sostuvo en ese momento de tan difícil de tensión.

La cárcel

Cuando leo sobre el tiempo en la cárcel, entiendo que fueron unos de los años más duros. Estar encerrado o encerrada requiere, como dice generalmente el guerrillero, una convicción política e ideológica muy fuerte. Pero igual estar trás las rejas espanta a cualquier ser humano. Tú relatas en el libro sobre el juego y las maniobras de las monjas en la primera cárcel en Medellín y las guardianas con otra actitud en la otra cárcel en Jamundí y las vivencias con mujeres presas de alta peligrosidad, como las llaman las autoridades. Cuéntenos de ese tiempo.

–La cárcel fue una experiencia maravillosa. Ahí conocí un país real que no hubiera podido conocer de otra manera.

Hay que decir que estuviste primero en una cárcel en Medellín administrada por monjas y después en la cárcel en Buga, con unas guardianas más duras.

–Primero estuvimos en el consejo de guerra en el Batallón del Grupo de Caballería Mecanizado No. 3 en Ipiales (ciudad cerca la frontera con Ecuador en una altura de 2.898 metros) en manos de los militares, siempre esposados, siempre sometidos al frío y en donde hicimos huelgas de hambre. Luego nos condenaron y nos repartieron a diferentes cárceles del país con un criterio: Nos enviaban a cárceles en donde no estuvieran nuestras familias para que estuviéramos aislados. Porque las experiencias de tener prisioneros políticos en La Picota (cárcel en el sur de Bogotá), que era una atención del país, porque en ese momento el país de los 1980-85 todavía creía y confiaba en las insurgencias. En ese entonces las cárceles eran atracción política y nos dispersaron.

–Primero estuve en la cárcel de Medellín con las monjas. Pero después de un intento de fuga, porque capturaron a un compañero que tenía los planes que nosotros habíamos mandado para fugarnos, nos castigaron y nos enviaron a la cárcel de Buga en el departamento del Valle que era una cárcel de alta seguridad, otras a Villavicencio (departamento del Meta) y otras a Bogotá.

–Como te digo, la cárcel para mí fue una experiencia positiva porque conocí las mujeres de una parte del país que no hubiera conocido de otra manera. Quién llegaba, por qué llegaba, cuáles eran sus vidas, qué anécdotas contaban o cómo nos relacionábamos. Fue un mundo sorprendente. Sorprendente para quienes estamos acostumbrados a relacionarnos solamente entre nosotros y políticos. Conocer esa parte del mundo real de la delincuencia común fue muy interesante y logramos unas amistades que mantenemos hasta hoy día con prisioneras de aquella época.

La mujer en la guerrilla

En la prensa con cierta regularidad aparecen acusaciones en contra las FARC y los comandantes sobre abusos sexuales contra las mujeres guerrilleras, acusaciones que las guerrilleras de las FARC generalmente rechazan y dicen que es “parte de la guerra psicológica por parte de un Estado guerrerista”. ¿Cómo fue el trato y la situación de la guerrillera en el M-19 en tu época?

–Estoy convencida de que las guerrillas, las insurgencias en general son reflejos del país y la sociedad. Así que no dudo que al interior de las filas de las insurgencias, como al interior de las organizaciones sociales, de los ejércitos y en el cotidiano de la gente se sucede la violencia y los abusos sexuales, incluso acoso sexual que a veces es muy difícil de identificar. Porque están muy entre comillas naturalizados, porque no están sancionados socialmente. Se toman como algo de menor valía y algo que sucede, y punto.

–Dentro del M-19, como en la mayoría de las insurgencias, había unos códigos éticos conocidos. Pero no dudo que se hubieran colado abusos entre hombres y mujeres. ¿Qué había de lo positivo? Lo positivo puede ser que hay un control social cuando está en grupo y evita que se sucedan muchas cosas. Pero, deben colarse abusos también. Yo lo que podría decir de todas maneras es que no son actos justos justificables de ninguna manera y no hacen parte de los actos de guerra que deben ser juzgados como actos de guerra.

–La violencia sexual no puede hacer parte de los hechos considerados actos de guerra. Sino que es un delito y creo que tiene unos responsables individuales y en algunos casos, cuando es algo sistemático, por ejemplo; si algún jefe orienta acudir a la violencia sexual para castigar a las esposas o las novias a las que consideran como su enemigo, no es correcto y no está adentro de la ética de la insurgencia. Pero, como te digo, suele suceder y debe ser castigado como un delito.

–En lo que yo viví lo que había era las mismas subordinaciones y discriminación hacía las mujeres más sutil. Llegar a ser mando requería el doble esfuerzo que hubiera representado para un hombre. Ser jefe mujer significaba un doble esfuerzo para que los compañeros entendieran que nosotras también teníamos cualidades de mando y no solamente de subordinación. Estas sutiles discriminaciones, aunque, defendiendo al M-19, fue una guerrilla donde las mujeres tuvimos más posibilidades de ascenso y de incidencia. Tuvimos dos mujeres en el Comando Superior. En la Dirección Nacional, que era la instancia en donde yo estaba, habíamos una cantidad proporcional de mujeres, bastante mayor que la que había en otras fuerzas militares.

–En este momento en las FARC, por ejemplo, hay una mujer muy interesante, Victoria Sandino, que todavía no hace parte oficialmente de los negociadores plenipotenciarios pero que ha jugado un gran papel.

Tampoco hay mujeres en el Secretariado del Estado Mayor Central de las FARC…

–Tampoco en el Secretariado, pero son mujeres que han jugado un gran papel (en las negociaciones). Yo creo que estamos dando pasos en el reconocimiento de la importancia de las mujeres, no solo en la sociedad sino también al interior de las insurgencias. Pero todavía nos toca pelearlo mucho. Todavía tenemos que hacer que la historia de las insurgencias reconozcan los valores de las mujeres, que las estructuras de las insurgencias reconozcan las jerarquías de las mujeres y que en general la sociedad nos reconozca como actoras políticas, no solo como apoyo y ayuda sino como actoras políticas fundamentales en esta construcción de nación.

–Porque ahora no es solo “¡Ah, no, mujeres, hagan ustedes la paz, que nosotros hicimos la guerra!” No, tenemos que ser actoras fundamentales en esta construcción de sociedades posguerra o postacuerdos.

Sí, Colombia es una sociedad machista y me acuerdo de la Segunda Cumbre de la Coordinadora Nacional Guerrillera Simón Bolívar en Casa Verde (campamento central de las FARC) en marzo-abril 1988, en donde la única mujer que participaba en las delegaciones de las insurgencias era Vera Grabe del M-19. Hoy se siente lamentablemente que la liberación de la mujer ha tomado pasos para atrás, lo que se refleja en las telenovelas, el aumento del sexismo, la mujer solo como un objeto de cuerpo pero sin cerebro. Romper ese esquema no es fácil.

–No, no es tan fácil, Dick. Además no es fácil adentro de cuerpos armados que son la máxima expresión del orden patriarcal. La guerra es una expresión de ese orden patriarcal que privilegia la fuerza y que subordina a hombres y mujeres. Y pensarse mujer y pensarse en términos de una equidad al interior de una fuerza armada de un ejército no es fácil. Pero creo que las compañeras de las FARC tienen un camino recorrido muy importante. Tienen unos avances que eran impensables en los años 90 que nos tocó a nosotras.

El acuerdo de paz del M-19 y el Estado en 1990

Llegó el tiempo para el acuerdo definitivo con el Estado colombiano y la dejación de las armas por parte del M-19 en Santo Domingo en el mes de marzo de 1990. Tú ya habías dejado la organización un año antes. ¿Se sentía que hasta ahí llegó la lucha armada por parte del M-19 o ya habías tenido ese presentimiento tú un año antes?

–Es cierto que había dejado la organización un año antes, pero salí como había entrado; sin ningún problema. Yo entré felizmente y salí, incluso apoyada por los compañeros. Yo tenía unas decisiones personales que fueron comunicadas en su momento a quien era mi mando en el exterior que era Antonio Navarro. “Antonio, me voy para el país y quiero buscar otro camino”. Antonio me dio la mejor respuesta: “Todo lo que necesites de apoyo. No soy yo quien tengo que decirte qué camino tendrás, y siempre estaremos en contacto”.

–Siempre estuve en contacto con los compañeros y fui a visitarlos en Santo Domingo (el lugar para la entrega de armas), porque nunca había renunciado formalmente a mi cargo en la Dirección Nacional. Quería decirles que sí, que me había ido. Fueron muy fraternos y no solo pude hablar con Antonio Navarro sino también con Carlos Pizarro (comandante en jefe del M-19).

Hasta rumbearon…

–Sí, hasta rumbeamos. Fue muy lindo porque fue como la idea de que éramos una familia, solidaria. No había salido peleando con ellos o por cuestión de gran rompimiento sino que sentía que la política a través de las armas se iba agotando. Ya me parecía triste que se privilegiara más la acción armada que la acción política. Había un cierto cansancio de la acción armada. Confluyó con cambios internos míos muy subjetivos de partir de la muerte de mi hijo mayor. Es un golpe tan fuerte en la vida que obliga a la reflexión.

–Una reflexión al interior me decía: “para lograr esos sueños hay otras formas que pueden ser más compatibles con una realización… ¿qué te diría yo?… en compensar un poco más.., en cómo estaba al frente a las personas que me amaban. Más respecto a mí misma. Se me agotaba la parte armada, me salía sobrando, pues había formas de conseguir esos sueños en la lucha política que nunca, en realidad, he dejado y en lo que sigo creyendo. Como te decía al principio: la gente menos favorecida tiene que llegar a definir el destino de este país.

Hablabas sobre una línea militar al interior del M-19. Pero hay que tomar en cuenta también la situación en el país en esos momentos. En marzo-abril 1988, cuando se realizó la Segunda Cumbre de la Coordinadora Nacional Guerrillera Simón Bolívar en Casa Verde, había masacres todos los días en Colombia, 10-15 personas asesinadas por el paramilitarismo o en alianza con el Ejército Nacional. En El Salvador y Guatemala no hubo otra alternativa sino levantarse en armas contra las dictaduras, como había hecho el pueblo nicaragüense en donde el Frente Sandinista derrocó a la dictadura somocista.

El factor objetivo sobraba y donde el factor subjetivo maduraba en el país. En conversaciones informales con un delegado del M-19 en la Segunda Cumbre en 1988, él me decía que la meta de esa conferencia era poner la base para crear un único ejército guerrillero en Colombia. Pero al año siguiente el M-19 firmó el acuerdo de paz con el gobierno del presidente César Gaviria.

–Yo no diría que había una línea militar. Lo que creo es que la dinámica de la guerra lleva a privilegiar lo militar sobre lo político. Porque cuando tú estás en guerra tienes que estar permanentemente pensando en cómo proteger tus fuerzas y cómo derrotar al enemigo. O sea, lo militar empieza ser más importante por la propia dinámica de la guerra. Entonces no es cosa de los comandantes o no, sino que la dinámica de la guerra conduce a una mayor militarización.

–Y por supuesto, en los años a finales de los 80 ya el ingrediente paramilitar y el ingrediente narcotráfico había enrarecido muchísimo más la guerra. Asesinaron líderes populares y líderes con propuestas políticas. Por eso la propuesta política se escuchaba menos.

Pero de la Segunda Cumbre salieron propuestas políticas: una convocatoria a una nueva asamblea nacional constituyente.

–No es que hubiera una línea de guerra al interior del M-19 sino la dinámica de la guerra iba llevando a que se militarizara, se privilegiara lo militar sobre lo político. El M-19 tuvo la virtud de escuchar a la gente que tuvo alrededor, no perdió la conexión y fueron los indígenas y la gente del Cauca la que más le movió al M-19. Le hizo cuestionamientos y movió la reflexión al M-19 de que “¡Ya es hora de parar la guerra!”.

–Yo creo fue escuchando a la gente del Cauca que estaba cansada de la guerra porque tenía por encima todos los factores de confrontación; narcotráfico, paramilitarismo, las diferentes insurgencias en su territorio indígena, irrespetando todos las costumbres, la cultura indígena, invadiendo territorio indígena. Fue el momento cuando M-19 escuchó ese clamor. Pero también el clamor urbano que comenzó a manifestarse a torno a la necesidad a una salida política al conflicto armado.

–Las élites de este país han sido traicioneras. No ahorro palabras para decirlo. En los acuerdos de antes de la República, cuando los Comuneros firmaron acuerdos y asesinaron a los líderes. Asesinaron a (Luis Carlos) Galán (líder popular liberal, asesinado el 18 de agosto de 1989), asesinaron a (Jorge Eliécer) Gaitán (9 de abril de 1948), asesinaron a Carlos Pizarro una vez firmados los acuerdos. Asesinaron a los precandidatos y candidatos a la presidencia de la UP (Bernardo Jaramillo y Jaime Pardo Leal, respectivamente), asesinaron casi un partido completo que fue la UP. Yo pienso que las élites de este país han sido traicioneras y por eso creo que hay desconfianza por parte de las insurgencias frente a la firma a los acuerdos.

–Este proceso (con las FARC) ha ganado un poco de confianza pero entiendo que haya desconfianza. Yo misma no confío que será un proceso muy fácil. Posterior a los acuerdos vendrá un tiempo muy difícil, pero necesitamos los acuerdos

26 años después de la firma del M-19, ahora les toca a las FARC

Las FARC están ahora en alguna situación similar al M-19, pero 26 años después del acuerdo de Santo Domingo. Esa guerrilla estaba también en un Acuerdo de Cese al Fuego de La Uribe, firmado ya en mayo de 1984, negociando por un acuerdo político con el Estado cuando fue bombardeada por aviones en Casa Verde, el 9 de diciembre del 1990 y atacados por siete mil unidades del Ejército. Era además el día cuando el pueblo colombiano acudió a las urnas para dar su voto a los postulados a una nueva asamblea constituyente que el M-19 ganó. ¿Cómo reflexionaste tú ante ese ataque, que en definitiva liquidó el proceso de paz con la mayor insurgencia del país?

–Es ahí cuando digo que se ven las élites traicioneras, que tiene presupuesto de muy corto plazo y no fueron estratégicos. Si hubieran pensado estratégicamente habrían dejado consolidar esa tregua y llegar a una negociación en ese momento. Pero, atacando Casa Verde lo estaban pensando en muy corto plazo y pensando que iban a dar definitivamente el gran golpe a las FARC para debilitarlas y no fue así.

–En eso fallaron y nos ha costado cantidades de muertos al país y sobre todo a los sectores que ponen los muertos que son las organizaciones sociales y los campesinos, que son quienes más sufren el conflicto armado directamente. Los líderes también, por supuesto porque tenemos un sinfín de muertos y desaparecidos y amenazados por causa del conflicto armado

“No fácilmente se desmonta la guerra”

En la primera entrega de la entrevista, la ex guerrillera María Eugenia Vásquez hablaba sobre el surgimiento de la insurgencia del M-19 y las diferentes acciones realizadas durante sus 20 años en el movimiento, llegando hasta el día de hoy, cuando Colombia se prepara para ir a un plebiscito para decir sí o no al acuerdo final elaborado durante casi cuatro años en La Habana.

Cuenta las ricas experiencias que fueron los campamentos de paz en las treguas 1984 y 1986 con el gobierno en turno, en donde la población fue partícipe en los talleres de la paz. Pero como el Estado colombiano es traicionero, como dice María Eugenia, los guerrilleros también le dieron formación política y hasta militar a los civiles que fueron en parte incorporados en la insurgencia cuando el Gobierno rompió la tregua. Es interesante la comparación de los campamentos que estipula el acuerdo final con las FARC en donde los guerrilleros de las FARC no pueden recibir civiles en los campamentos y no pueden ejercer tareas políticas y menos militares durante los 180 días que permanecerán allá. Gradualmente entregarán los fusiles a la ONU.

También habla la ex combatiente del M-19 de un tema muy interesante al respecto de la mujer, que en cierta forma fue “olvidada” en el acuerdo con el M hasta que fundaron ellas mismas la Red Nacional de Mujeres Ex Combatientes, que todavía existe.

Sostiene que el movimiento político que surgirá de la guerrilla de las FARC tiene que ser sensible y escuchar muy bien a la población y los movimientos populares y sociales existentes en el país. No debe cometer los errores del pasado del M-19 u otros movimientos insurgentes. Actuaron en forma vertical y hegemónica y las FARC deben asegurarse de crear estructuras internas y externas verdaderamente democráticas de su organización.

El ejemplo del M-19 es válido, porque salió como vencedor en las elecciones para elegir diputados a la asamblea nacional constituyente el 9 de diciembre del 1990, pero poco tiempo después el pueblo colombiano le dio la espalda en las siguientes elecciones y el inmenso capital ganado fue desapareciendo por no entender al pueblo.

* * *

La reinserción de los guerrilleros en 1990

Dick Emanuelsson: En esta segunda parte de la entrevista me gustaría que me hablaras sobre la experiencia tuya después de la firma de paz del M-19 y el Estado colombiano. Después podemos hablar un poco sobre qué es lo que esperan los guerrilleros de las FARC en la incorporación a la vida civil. Pero primero: ¿cómo fue la vida de María después de la firma de paz del M-19 y el Estado colombiano?

María: –Como te comentaba (anteriormente), yo no hice parte (del proceso). Ya estaba retirándome de la organización cuando la firma de los acuerdos. Sin embargo estuve cerca a mis compañeros y compañeras todo ese tiempo, viviendo con ellos, sobre todo con ellas, porque empezamos a reunirnos, a juntarnos, pero viviendo con ellas y ellos lo que era el proceso de reintegración a la vida civil. Entonces creo que es muy diferente a los años 90 a lo que va a ser ahora.

–¿Qué pasó en ese momento? El programa de reintegración hizo, propició o facilitó que se organizaran unas ONG de cada uno de los grupos que se habían desmovilizado para que atendieran, con dinero del Estado, a su militancia. Entonces vinieron los programas que en ese tiempo se llamaban programas de reinserción, digamos, cuáles fueron positivos los programas de educación.

–Los proyectos productivos que muy pocos pudieron salir adelante, entre ellos lo que se hizo con el noticiero AMPM; lo que se hizo con el programa de vivienda que organizaron algunos compañeros y algunas pequeñas empresas de ediciones, un observatorio, no fueron muchas los que sobrevivieron de los proyectos productivos. Los proyectos educativos fueron interesantes porque permitieron a la militancia rasa terminar el bachillerato, algunos ingresar a la universidad y hacer algunos acuerdos con universidades públicas para que se pudieran graduar.

–Sin embargo, entre estos dos beneficios que se recibieron en ese tiempo, las mujeres no alcanzaron los niveles de satisfacción porque para la educación no fueron contemplados los horarios que les permitieran a ellas cuidar de las familias y a la vez estudiar. Entonces las sacrificadas para obtener educación fueron muchísimas compañeras.

¿El doble papel de la mujer…?

–Claro, el doble papel y además los proyectos productivos se hacían a nombre de las familias y por supuesto a nombre del varón. Entonces cuando el varón terminaba su relación de pareja con esa compañera y se conseguía otra compañera, entonces era esa compañera la que se surtía de esos beneficios y la otra quedaba a la deriva.

–Esos fueron los casos muy decisivos para las mujeres dentro de los problemas de reinserción, destaco que los proyectos educativos fueron los que más utilizó la gente para terminar preparada por lo menos en algunos proyectos básicos educativos.

María, antes que sigamos, ¿qué totalidad de guerrilleros fueron incorporados en esos programas, en total cuántos fueron registrados en la entrega?

–No tengo las cifras en mi memoria. De todas maneras el porcentaje de mujeres era menor como ha sido siempre y también que mucha gente no hizo parte de los proyectos por varias razones. Primero, por desconfianza. Segundo, porque no tuvo la información y tercero, porque como yo no, entraron en esos programas porque no quisieron.

¿Muchas de las milicianas y milicianos por su carácter de clandestinos no quisieron aparecer también?

–También, pensaban que participar era como descubrirse, salir a luz pública. Esos han sido los problemas de la desconfianza cuando habían sido clandestinos durante tanto tiempo y nadie los había vinculado con el M. En mi caso, ¿qué hace una persona cuando no tiene apoyo para su regreso a la vida civil? Yo me apoyé en las redes políticas. Entonces la fortaleza era haberlas mantenido la cantidad de gente amiga, la que me facilitó su casa para los primeros trabajos. Es decir, contratarme para que haga una investigación y hacerlo sin que yo apareciera era muy importante para mí. Porque ahí retomé mi tarea de antropóloga e investigadora. Pero la gente que no tiene esas posibilidades tiene que acudir a las redes familiares o a las redes políticas de apoyo.

La Red Nacional de Mujeres Ex Combatientes

–La desazón es muy grande, pues han sido parte de un colectivo y ahora hay que atenderse individualmente a pesar de que las organizaciones mantenían estas ONG, que eran Compas por el lado del M-19, Progresar por el lado del EPL, o Sol y Tierra por el lado del Quintín Lame. Pero de todas maneras la construcción de una individualidad y de una autonomía es el proceso más difícil. Mucha gente no llega a construir una autonomía real. Entonces se quedan en la demanda personal de los auxilios o la reconstrucción. Es decir, no se construye el sujeto político en esas condiciones porque no hubo un énfasis suficiente.

–Yo esperaría que las FARC tomaran eso como una acción y mantuvieran los colectivos pero trabajados para construir una autonomía ciudadana. Porque si no, vas a estar esperando siempre que te den la orden y entonces no soy yo un agente de cambio actuantes por llamarlo de alguna manera.

¿Y pasan a sentirse huérfanos?

–Totalmente, y por eso recurríamos a los grupos de amigos y amigas y recurríamos a contarnos las historias. Por fortuna en el M-19 nos reuníamos constantemente, nos reímos de lo que nos pasaba pero los casos eran dramáticos, creo que igual pasó con los Montoneros (en Argentina) y con la gente chilena. Eran hombres construidos para ser héroes y de repente se veían lavando platos en casas y de pronto el desempleo.

¿Les favoreció que parte de la militancia del M-19 era urbana?

–Yo creo que eso favoreció.

En cambio gran parte de las FARC es del campesinado.

–Es campesina, sí, aunque nosotros teníamos muchos compañeros campesinos. Eran indígenas que regresaron a sus comunidades. Y un caso interesante es el de Quintín Lame (organización guerrillera indígena). Estoy hablando de la Red Nacional de Mujeres Ex Combatientes. Y es que las mujeres quintinas estuvieron muy silenciadas durante todos estos años y hace unos cuatro o cinco años, a través de las reuniones que convocó la red nacional de mujeres ex combatientes, ellas volvieron a reunirse y las comunidades indígenas del Cauca asistieron y las reconocieron a ellas como luchadoras por la tierra y la cultura.

–O sea, como también después de la firma de los acuerdos hay un ostracismo, un regreso a la trastienda como digo yo de los combatientes y en especial de las mujeres combatientes. Es ahí donde se les reclama volver a la cocina y volver al hogar.

–Diez años después de la firma de los acuerdos, por una pregunta externa que nos hizo una periodista en ese entonces el periodista Mira Sánchez Blake, nos preguntó, ¿qué ha pasado con ustedes después de la firma de los acuerdos? Nos reunimos y realmente lo que encontramos ahí era que muchas de nosotras que éramos mujeres con vocación política, habíamos dejado de hacer política. No estábamos dentro del partido y si habían estado adentro, habían estado relegadas, como suele suceder dentro de los partidos. Es decir, no estaban trabajando y encontramos que había un gran déficit de organización política y decidimos reunirnos en lo que desde entonces es la Red Nacional de Mujeres Ex Combatientes.

–Hicimos una primera reunión nacional y en esa primera vez fueron más de 120 compañeras. Hicimos una indagación de qué era lo que estábamos haciendo y la mayoría de nosotras que veníamos a la vez de diferentes organizaciones, estábamos trabajando en lo social de otras maneras. Es decir, si no se trabajaba con víctimas se trabajaba con niñez o se trabajaba con medio ambiente o se apoyaba la organización comunitaria.

–Eso fue una de las conclusiones y luego hicimos una reunión internacional con las centroamericanas y fue muy importante porque fue una reunión que se centró más en ¿porqué nosotras no habíamos logrado una participación política como lo habían logrado las centroamericanas? ¿Cuáles eran las dificultades? Y bueno, digamos que esa red sigue siendo un punto de encuentro.

¿Cuáles fueron las dificultades y cuáles fueron las diferencias con las centroamericanas?

–Las centroamericanas entraron a participar de una manera muy fuerte y muy organizada. Dentro de sus partidos lograron unas bancadas. En cambio aquí, la participación de las mujeres había sido muy difícil y la mayoría de nosotras no estábamos dentro de los partidos. Yo creo que en Colombia hay una gran desconfianza de las organizaciones partidarias, que hubo bipartidismo hasta los años 70 y luego vinieron las aperturas con la Anapo y eso, pero siempre hubo fraude electoral.

–Nosotros hemos sido un país que poco ha funcionado de una manera amplia. Los partidos políticos han sido más bien las élites las que hacen sus negociaciones internas y no permiten, no se siente uno representado con sus intereses dentro de los partidos. Esa era una de las diferencias con las centroamericanas, las salvadoreñas, las nicaragüenses en ese momento y nos hemos mantenido.

–Te decía que la Red era uno de los principales encuentros donde podíamos hablar entre nosotros de las cosas que todavía nos afectan. Hemos sido las únicas que nos mantuvimos organizadas porque los varones se han organizado en los partidos. Pero los partidos han tenido muchos cambios, desde la Alianza Democrática del M-19 hasta hoy el Polo Democrático o el partido de Petro, los Progresistas, pues hay muchos cambios dentro de los partidos y cada vez hay más.

Los campamentos de paz del M-19 y de las FARC

Lo que me interesa mucho también es que tú hablaras sobre los campamentos de paz. Es cierto que había varios procesos de paz del año 84 y el 86, también terminando en Santo Domingo los 90 cuando entregaron las armas. Pero esos campamentos de paz me interesan mucho porque en el libro (“Escrito para no Morir”) que escribiste se habla con gran entusiasmo sobre cómo funcionaban esos campamentos de paz donde la población de los barrios, allá en el Distrito de Aguablanca en Cali, barrios populosísimos, entraron los jóvenes, empezaron a tener esa formación política, incluso en el 84 ya empezaron a tener sus cursos como milicianos político-militar, preparándose para cualquier cosa que pudiera pasar con un Estado traicionero. Cuéntanos un poco sobre eso.

–El año 84, 85 es la firma de la tregua para que hagamos política sin armas. En ese tiempo hay unos campamentos que son muy importantes. El campamento de Los Robles en el que se cita a la sociedad nacional e internacional y es un gran éxito. Eso se hace en contra del Gobierno y se hace para denunciar los ataques que el Gobierno ha hecho al campamento donde estaba concentrada la fuerza con Carlos Pizarro a la cabeza, y que fue atacada a pesar de que allí estaban los comisionados de paz, en el Cauca.

–Después de eso viene el congreso de Los Robles que se hace un gran campamento al que asistieron más de mil personas y en el que se hace la propuesta de “seremos gobierno y vamos a luchar porque haya un nuevo acuerdo de tregua y diálogo”. De Los Robles salimos a hacer política sin armas a los campamentos urbanos, a los campamentos de paz en las ciudades.

“Preparándonos para la insurrección”

–¿Qué eran esos campamentos de paz? Eran unos campamentos en los que teníamos contacto con una población que en ese momento confiaba mucho en que la insurgencia era una garantía para sus luchas, para impulsar sus agendas públicas, para luchar por sus derechos. En esos campamentos se aglutinaba la gente que ofrecía respaldo pero a la vez con la desconfianza que teníamos nosotros. Todavía en esos años estábamos preparándonos, digamos, soterradamente también para la insurrección en caso de que las cosas no resultaran como esperábamos. Yo creo que la desconfianza era mutua, del Gobierno hacia nosotros y de nosotros hacia el Gobierno.

–De eso resultan varios ataques a las fuerzas nuestras cuando salían o entraban a los campamentos porque ahí estaba todavía la gente armada y afuera estaba la gente desarmada. Hubo varios ataques a la gente que entraba y salía de los campamentos y por último el atentado a Antonio Navarro Wolff y al estado mayor de las milicias que teníamos en Cali donde resulta herido Antonio, Carlos Alonso Lucio, Goyo.

¿Y fue por un agente del DAS, no, esa bomba que colocaron en esa cafetería?

–Sí, y resulto herida yo que estaba en estado de embarazo. Unos días después y dados los ataques, porque el nuestro era uno de los tantos ataques, Pizarro declara rota la tregua. Esa tregua se rompe en el año 85 y viene a finales el ataque al Palacio de Justicia, que trata de hacer un juicio a esa que consideramos traición que se hace a los acuerdos de diálogos y tregua al M-19.

–Después del Palacio de Justicia sigue la confrontación hasta el año 89 cuando se firman los primeros acuerdos previos a la firma total de acuerdos de paz, a finales del 89, principios de los 90. Entonces viene lo que Pizarro llamó lanzarse al vacío, porque era lanzarse a la vida pública cuando todavía no se habían aprobado en el Congreso los acuerdos que se habían hecho a finales del año anterior. Esa salida a la luz pública es lo que le cuesta la vida a Pizarro, sin que los acuerdos estén consolidados.

La expectativa y la ilusión de la Constituyente

–Viene la Constituyente que es una maravillosa idea de confluencia a lo que había propuesto el EPL, lo que propone el M-19 y los estudiantes de la séptima papeleta han propuesto. En esa Constituyente creo que la confianza de la gente en esa insurgencia que firmaba acuerdos y en esa juventud que apoyaba la Constituyente se expresó en las urnas y digamos que hubo un gran respaldo a la insurgencia que firmó los acuerdos de paz. Pero a la vez hay un gran problema, que a la vez que hay gran confianza hay una gran expectativa. Entonces se está esperando que tras la firma de los acuerdos y de la Constituyente, el país cambie. Y esto es un peligro para este momento también.

–Grandes expectativas de que tras la firma de los acuerdos se va a hacer la revolución tras la Constituyente. Y empieza la gente cuando no ve los cambios, inmediatamente empieza a desanimarse, a perder confianza y creo que cuando vienen las elecciones, cuando la insurgencia ocupa los cargos públicos a los que salen electos, no toda la insurgencia transforma sus prácticas.

–Y mucha de esa insurgencia simplemente se contagia de las prácticas electoreras y politiqueras de las prácticas tradicionales. Y frustran la expectativa que hay sobre muchos de esos representantes que ha elegido el pueblo en los cargos públicos. Sin embargo, algunos personajes como Antonio Navarro, Vera Grabe, Gustavo Petro y muchos más hicieron una buena gestión. Petro gana la elección (de la alcaldía de Bogotá) 2012, las gana porque hizo un muy buen trabajo como senador.

–Hizo unas denuncias, yo creo que son de las primeras noticias sobre el paramilitarismo en la Costa y sobre la parapolítica. Denuncia, además, la corrupción en el Distrito durante el mandato de Samuel Moreno. Petro gana las elecciones, va a la alcaldía y construye algo que para mi fue maravilloso. Su programa de gobierno era un pulso muy fuerte con las élites que se habían lucrado con los grandes negocios de la capital, de Bogotá.

El ejemplo de la alcaldía de Petro y la Bogotá Humana

–Pero, además de tener muchos enemigos, no supo tejer alianzas políticas al interior del Consejo y tuvo el Consejo en contra, además de las élites a las que había ya frustrado sus negocios, al procurador. Así que el tiempo de Petro fue un tiempo muy difícil que también nos da un mensaje de lo difícil que es también, para una izquierda democrática en cargos públicos, poder gobernar porque está en contravía. Sobre todo poder gobernar con la posibilidad de hacer transformaciones porque se encuentra con muchísimos obstáculos.

–Las transformaciones del programa de la Bogotá Humana en sus cuatro años están siendo desmontados en el primer año de esta administración (de Enrique Peñalosa). Nos muestra también la fragilidad de las transformaciones que logra hacer un gobierno de izquierda democrática. Hay transformaciones, se intenta hacer cosas, quedan dentro de la norma porque Colombia es un país de normas. Crean dentro de la norma y principalmente pasan a ser desmontadas por falta de presupuesto a lo que hagas, por las alianzas políticas de la élites.

“Revisar las prácticas profundas políticas de la izquierda”

–Yo creo que hay lecciones, que hay aprendizaje, que todavía las izquierdas no hemos hecho una reflexión a fondo sobre qué hicimos bien y qué hicimos mal. No podemos estar siempre a la defensiva pensando que la culpa es de las élites. Sino que hay que revisar las prácticas profundas políticas de la izquierda en Colombia, que es una izquierda muy fragmentada. Yo creo que también como resultado de tantas mierdas, nosotros desde que somos repúblicas estamos peleando, así que somos un país con una sociedad muy fragmentada.

–Allí íbamos con lo que había pasado con los campamentos de paz, que derivaron después en una gran represión con la gente de los campamentos que nos apoyó y con la gente de los sectores populares que adelantaban la lucha. Hubo una gran arremetida de la derecha y paramilitar contra todos estos líderes políticos y populares de movimientos sociales.

–Fueron unos años muy difíciles, entre finales de los 80, 90, 97 vinieron también las grandes masacres paramilitares en las zonas rurales hasta la Costa, bueno, ya conoces esta historia tan difícil de estos últimos años.

La preocupación del comandante Romaña (FARC) de las “corralejas” y el Estado traicionero

En diciembre del año pasado (2015) entrevisté en La Habana a Edison Romaña, el comandante que es parte de la delegación de paz de las FARC y también integrante de una subcomisión técnica. Él expresó realmente preocupación, porque me decía que los generales que están en la comisión técnica nos quieren meter en una corraleja. Me parece que son cárceles en donde no tendremos conexión con la población. Y decía Romaña, que sinceramente es así, es mejor que siguiera la guerra “porque yo estoy en contacto con la población todos los días”. Sentía la preocupación, la incertidumbre de que podría ser esas corralejas. Y ahora firmaron ese acuerdo que van a concentrarse y en seis meses van a ir entregando las armas y punto.

–Fíjate que en estos días sucedió la primera confrontación (medio del mes de julio, 2016). Yo recordaba que, sin perder las esperanzas de que necesitamos de estos acuerdos que están por firmarse entre las FARC y el Gobierno, en tiempo de nuestro acuerdo del M-19 con el Gobierno, un grupo atacó a la columna de Iván Marino Ospina que bajaba al (municipio) de Corinto para la firma de los acuerdos de tregua del 84. La caravana que trasladaba a Pizarro para la firma de esos acuerdos fue atacada por la Policía y allí fue herido Pizarro y su compañera de ese momento, Laura.

–Esto que sucedió con las FARC hace unos dos días que hubo un encuentro de confrontación, que todavía está examinándose que quién tuvo la culpa. Y me acordaba que también en el año 94 a Enrique Buendía, uno de los negociadores de la Corriente de Renovación Socialista (disidencia entonces del ELN), que estaba por firmar acuerdos en ese momento, lo asesinaron cuando iba por un contingente de hombres que iban a llevar hasta el campamento que tenía por los Montes de María la Corriente de Renovación Socialista.

¿Quién pierde con la paz?

–Siempre se suceden estos enfrentamientos. Yo creo que porque hay grupos, hay sectores de las Fuerzas Militares que no les convienen los acuerdos de paz. Pero también es que se está en unos momentos muy inestables en que cualquier equivocación puede conducir a un combate. Es decir, no fácilmente se desmonta la guerra, no.

–Estos campamentos que están proyectados ahora, efectivamente van a tener 180 días a las FARC aisladas de la población civil. Pero posteriormente van a hacer política y a nutrir a los movimientos sociales, a reintegrarse como ciudadanos y ciudadanas a la vida civil. Es un paso muy importante que yo creo que no se logra dimensionar en 180 días a pesar de toda la escuela que tengan, a pesar de todo lo que se les hable, a estos hombres y mujeres que muchos de ellos han permanecido 20 años en la guerra.

Los primeros pasos en la trocha a la vida civil y política

–Ese paso a la vida civil no es fácil. La construcción de una ciudadanía democrática, con pensamiento autónomo, con pensamiento crítico es una cuestión de un proceso muy largo. Y ahí vamos a tener que estar todas y todos pendientes, no solo para abrir las compuertas para recibir a la gente que llega, sino a tener serios debates alrededor de las prácticas políticas, porque van a llegar nuevos liderazgos, por llamarlos de alguna manera farianos, de hombres y mujeres muy respetables los que van a empezar a hacer política, porque esa es la misión después de dejar las armas. Hacer política para llegar a confrontarse con unos liderazgos que se han construido en la resistencia. Vamos a ver si vamos a caber todos, qué prácticas y que maneras de liderazgos necesitamos en la nación.

–¿Necesitamos liderazgos fuertes, hegemónicos, jerárquicos o necesitamos liderazgos democráticos que construyan en colectivo, etcétera? Ahí va a venir todo un aprendizaje. Yo creo que con los años y las prácticas políticas con las comunidades aprendemos a escuchar a otro, a dejar la idea de que somos la vanguardia y tenemos la verdad absoluta y ver con ellos y ellas cuál es la salida. Todos los cambios se hacen paulatinamente, la paciencia, la estrategia es lo que nos tiene que acompañar de aquí en adelante. Procesos, procesos, procesos, no vamos a ver cambios inmediatamente.

–¿Qué esperan estos muchachos y muchachas? Una zambullida en lo que tenemos como país; no es el país de nuestros sueños, tenemos mucho por hacer, mucho por aprender y lo tenemos que hacer juntos. Yo esperaría que se fortalecieran en movimientos o en partidos políticos, como fuera. Pero que sea un objetivo el cambio de las prácticas políticas actuales y entender de otra manera la función de los cargos públicos si se llega a los cargos públicos.

Propia autonomía y protagonismo de las FARC

Justamente por eso te hacía esa pregunta del enorme capital político que tuvo la Alianza Democrática del M-19 después de la Constituyente, capital humano que lo perdió bastante rápido y la organización después se cayó prácticamente en pedazos. El pueblo vio, como tú dices, si no se hace una nueva política o nuevas formas de trabajo político es muy fácil que el Estado, que es muy hábil, coopta a esa gente como pasó en esa época en la década del 90. Yo creo también, conociendo un poquito como piensa la gente de las FARC, que ellos quieren también tener su propia autonomía y protagonismo en medio de las ofertas de muchas ONG y movimientos sociales.

–Claro que tendrán protagonismo. Lo que uno esperaría es que no sea un protagonismo hegemónico, que lleguen con humildad a aprender de lo que ya hay. Es que el país no va a nacer con los acuerdos. Hay un país que camina. Hay unos movimientos sociales que han resistido todos estos años de la civilidad que han puesto los muertos también, porque muchas veces son más los muertos que se ponen desde los movimientos sociales que los que caen en la guerra. Si de muertos se trata, la población civil ha puesto también muchísimos en la defensa de sus derechos.

–Lo que queremos es que tengan protagonismo, que tengan lugar en las ideas que se constituyan en colectivos políticos, que se constituyan en agentes políticos, pero agentes políticos con capacidad de transformarse con otros y otras, de construir alianzas. Porque hasta ahora las insurgencias, me incluyo, hemos sido muy hegemónicas, hemos creído que el poder está en las armas y resulta que el poder está en la política y la política se construye día a día, escuchando los intereses de diversos sectores del país.

Yo veo en todos estos años como reportero, por ejemplo en El Salvador, todavía existe la estructura vertical en el FMLN, donde la Comisión Política es otro grupito. No me acuerdo de cuántos integrantes si son nueve o diez personas que prácticamente toman la decisión quién va a ser el postulado en un pequeñito municipio en el departamento de Chaletenango, pegado con la frontera de Honduras, para ser el alcalde. La militancia del FMLN del municipio propone un alcalde pero tiene que ser reconocido por la Comisión Política en San Salvador. Ese tipo de defectos todavía existe desde el tiempo de la lucha armada y creo que eso perjudica muchísimo a la lucha política.

–Muchísimo.

La democratización de un nuevo momento político que no está con las armas pero el hecho es que el enemigo está en la esquina o en la montaña y es armado…

–Tienes toda la razón, yo afirmo que, desde la experiencia misma, las armas pueden darte el poder, pueden hacer llegar a un grupo al poder. Pero desde las armas no se construye democracia porque las armas mismas son un elemento de poder que lo que hacen es una relación de hegemonía, de sometimiento hacia los que no tienen armas.

–De lo que se trata aquí es de hacer pactos, de pensar que el pueblo es una realidad, no una abstracción y no podemos erigirnos como representantes del pueblo sino que es el pueblo quien tendrá que elegirnos, es la gente común y corriente, en las ideas, las personas, son los aportes, aprender a construir.

–Creo que esa es una gran lección que aprendieron las FARC ahora, la negociación ha sido muy difícil para ellos, y los que están allí han aprendido a negociar. Creo que el gran secreto es aprender a negociar, a ceder para llegar a puntos de común acuerdo que nos puedan ir conduciendo, paulatinamente, a las transformaciones que deseamos. Yo ya creo que las transformaciones no se hacen de un día para el otro, se nos ha pasado la vida pensando que se hacen de un día para otro pero no, van avanzando poco a poco.

–Yo pienso que hay alguna gente que dice que hemos perdido la guerra. No, no todo está perdido, ha habido avances, tenemos avances, lo que está sucediendo ahora era un impensable cuando el gobierno de Uribe, por ejemplo. Es mucho lo que nos toca hacer juntos. Pero el momento que viene es un momento, para mí son los movimientos sociales.

El puente entre los movimientos sociales y las FARC

Hablando de los movimientos sociales, diferentes de ellos han llegado a La Habana. Tú hablabas de que la FARC en su transformación política, organizativa, en un futuro tiene que de una u otra forma entablar esas alianzas con los movimientos sociales. Ha llegado grupos de LGTB, mujeres, indígenas de Cauca, campesinos, y se han sentado, han hablado, se han comunicado y pequeños programitas se han abierto. Te cuento una cosa personal; en el año 2005 cuando estuve en el campamento de Raúl Reyes conversaba con él afuera de la entrevista y pregunté “¿hay entrada a las FARC también para los homosexuales?” Pero Raúl decía rápidamente: “¡No, no, no!”. Pero ahora, diez años después, se ha abierto un nuevo horizonte, conversaciones, que eran increíbles hace algunos años.

–Yo sí creo que se han recibido representaciones, tantas y múltiples que están aprendiendo a escuchar. A escuchar qué dicen otros porque a veces hay falsas ideas sobre lo que es el país. A veces los intermediarios también inflan mucho el poder, a ver cómo se puede decir. La simpatía que haya en el país hacia la insurgencia, ellos han estado escuchando.

–Yo creo que desde los años 90 hemos estado en el gran esfuerzo de no considerar enemigos absolutos, sino en pensar que hay gente con la que podemos estar en desacuerdo en algunos puntos pero que podemos llegar a algún acuerdo en otro. Considerar las contradicciones y no los enemigos absolutos, pienso que esa es una de las transformaciones que va sufriendo la gente que ha estado en armas. Que hemos sufrido, no ver el mundo tan en blanco y negro sino en ver los matices y podernos acercar a los procesos de transformaciones más lentos.

–Pasar de creer en estas revoluciones inmediatas a ser quizás reformistas. Reformando poco a poco, irnos transformando poco a poco. Yo tengo confianza en que estos acuerdos, que son tan importantes para el país, y sí yo esperara que el ELN, que el Gobierno hiciera públicas las negociaciones con el ELN y se llegara a acuerdos más temprano que tarde porque si fuera que quedan por fuera de esos acuerdos, va a ser más difícil hacer política desde las armas, va a ser muy difícil.

–Yo no digo que un no absoluto al derecho a la rebelión va a ser, va a ser muy difícil. Muy difícil porque creo que son las demandas de los movimientos sociales, la demanda de derechos y bueno, todas las demandas de herramientas que tenemos actualmente en materia de constitución y de derecho las que nos van a dar la pauta para la acción sabiendo que vienen tiempos muy complejos .

El Gobierno ha dejado atrás al ELN en el proceso.

–Sí.

Tratándolo de forma muy humillante como siempre han hecho y ponen cualquier obstáculo o pretexto para iniciar el proceso con ELN. Ahora también, claro, la preocupación que no se va a repetir el proceso, el genocidio de la UP y la CUT, los diferentes movimientos sociales que tú también con toda la razón has enumerado. Ahora, la vida de María Eugenia hoy, ¿cómo es?

–Yo sigo siendo una activista, digamos que siempre hago política desde la política de la acción social, y desde la movilización social. Yo soy una activista de paz, activista por los derechos de las mujeres, tengo una opción por lo popular definitivamente. Sigo trabajando con sectores populares y mi labor es pedagógica, entonces siempre estamos trabajando en forma de procesos. De procesos de cambio, de continuar esos procesos de cambio, continuar esos procesos para que las mujeres sean actoras fundamentales en los procesos para la paz. No solo en la construcción de paz sino en las decisiones de paz.

Sí.

–Esa es mi tarea de ahora, estamos trabajando por el fortalecimiento de las mujeres como actoras fundamentales en las decisiones que vienen en adelante en la paz.

¿Y esas tareas son bastante grandes, no?

–Me llevará lo poco que quede por vivir, ya nos hicimos viejos en esto.

María, te agradezco enormemente por esta entrevista y has aportado también tu granito de arena para que este proceso ojala llegue a un fin feliz, exitoso.

–Sí, nos vamos a empeñar, yo sé que tengo mucho por hacer y lo seguiremos haciendo, Dick, hasta dónde nos den las fuerzas.

Trascripción: Nechi Dorado

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