La paz y la Aurora de la nueva era (I)

La revolución comunista sigue siendo vigente, necesaria, deseable y posible. En ese sentido, haremos (en dos entregas) un breve recorrido histórico del concepto hasta llegar a la teoría de Marx.

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Revolución francesa.

Yebrail Ramírez Chaves
Grupo Espectros

Cuanto más próximo percibimos el momento de culminar el prolongado e histórico conflicto armado en Colombia, tanto más estamos obligados a reflexionar y discutir acerca del nuevo escenario en el que los colombianos desplegaremos nuestra vitalidad social. Y en este punto, recordando al maestro György Lukács cuando escribía sobre Lenin, es fundamental posicionar de nuevo la revolución como actualidad. No se trata de apresurarnos a “instaurar” o “decretar” un hecho que, por lo demás, supone un marco general de sucesos y condiciones materiales e históricas; requiere una voluntad práctica, colectiva y revolucionaria; posee momentos diferenciados, y se desenvuelve en una temporalidad que supera el mero acto instantáneo.

Se trata más bien de volver a pensar la revolución, de teorizar nuevamente sobre sus características, cualidades y alcances en la época de la mundialización del capital (que atraviesa una profunda crisis), y en la Colombia que transita por la finalización del estado de guerra, a fin de tener presente que la revolución comunista sigue siendo vigente, necesaria, deseable y posible. En ese sentido, haremos (en dos entregas) un breve recorrido histórico del concepto hasta llegar a la teoría de Marx.

La revolución como concepto astronómico

Si bien cuando hablamos de revolución la relacionamos, casi de manera automática, con cuestiones políticas y económico-sociales, no siempre la humanidad asoció dicho término a lo que entendemos en la actualidad. En efecto, los primeros antecedentes del uso conceptual de la palabra revolución (que proviene del latín revolutio, “una vuelta”) se ubican en la astronomía, no en la política, y es con Copérnico que adquiere una importancia creciente tras la publicación de su De revolutionibus orbium coelestium (De las revoluciones de las esferas celestes), obra escrita entre 1506 y 1531.

En tanto concepto astronómico, se definía como revolución aquel movimiento uniforme, cíclico, rotatorio y sometido a leyes naturales de los cuerpos celestes, escapando por ello a cualquier posibilidad de dominio por parte del hombre.

De esta manera, es durante los primeros pasos de la modernidad que el término revolución se consolida como un concepto científico específico, aunque se circunscribía a un espacio no propiamente político; por esto su cualidad más significativa era que, en tanto suceso natural y necesario, refería a eventos del cosmos y donde el hombre era sólo un espectador. En otras palabras, los primeros usos del concepto de revolución, al referenciar el firmamento, poco o nada tenían que ver con las dinámicas de los mortales en la tierra.

Es sólo cuando la modernidad comienza a desplegarse a todas las esferas de la vida social, con su consiguiente impulso en la filosofía y la economía política, con el desarrollo intensivo de las fuerzas productivas, y con la intensificación de la lucha de clases, que la revolución empieza a tratar, también, de los asuntos mundanos.

El derrocamiento de Luis XVI y el concepto mundano

Si bien desde el siglo XVII la palabra revolución empieza a relacionarse progresivamente con la política, la Revolución francesa señala y complejiza el concepto que, en términos generales, es mucho más cercano a la noción que tenemos hoy.

Tuvo que pasar mucha agua bajo el puente para asociar ciertas perturbaciones socio-económicas y políticas al término revolución. Esto no quiere decir que los conflictos sociales y las transformaciones en el plano político estaban ausentes en cuanto no se calificaban como revoluciones. Al contrario, la humanidad ha desplegado su vitalidad en medio de profundos conflictos durante todas las épocas. Sin embargo, sólo en la modernidad se han presentado revoluciones. En otras palabras, no todo trastorno político y social es una revolución.

En la noche del 14 de julio de 1789, el rey Luis XVI de Francia fue informado de la Toma de la Bastilla. Según se cuenta, el rey afirmó sobre la toma: “Es una revuelta”, a lo que le responden: “No, Señor. Es una revolución”. Una revolución porque se reconocía, en primer lugar, su carácter irreversible. Mientras Luis XVI se esforzó por calificar la movilización de las masas como una simple revuelta -lo que implica que su intervención violenta como rey podría opacar los posibles alcances luminosos de la misma-, la realidad le enseñó que era una revolución lo que acontecía, luego ésta era inevitable.

Con la Revolución francesa se posiciona, en primer lugar, la irreversibilidad de toda revolución, por lo menos en su génesis. Así como la revolución de los astros es irreversible e incontrolable por los hombres, así mismo una revolución del pueblo subyugado escapa al control de los dominantes. El poder político establecido se revela inocuo para contener el desarrollo de aquella gesta popular.

En segundo lugar, los revolucionarios de Francia ubicaron al centro de sus perspectivas en la libertad. Aquí es importante señalar una fundamental distinción entre liberación y libertad. Por liberación se comprende el acto que finaliza cualquier tipo de sojuzgamiento político por parte de un gobierno despótico y excluyente, sin que dicha liberación derive, necesariamente, en cambios sustanciales en la esfera socio-económica. La liberación, así entendida, si bien puede convertirse (aunque no siempre históricamente) en un momento previo hacia la libertad, no es identificable con ésta.

Cuando Robespierre definía su gobierno como el “despotismo de la libertad”, ciertamente se inclinaba a señalar que la aspiración de la Revolución Francesa era, justamente, proyectar a toda costa, para los hombres, el mundo de la libertad, entendida como posibilidad y acción efectiva de conducir –por parte de los hombres libres- los asuntos de la comunidad en condiciones de igualdad, fundando de esta manera una nueva época. Libertad e igualdad van de la mano, pues sólo se es libre entre iguales.

En este momento encontramos, en tercer lugar, el aspecto genitivo de la revolución, pues ésta ha de ser la fuente de una época nueva, un nuevo comienzo para la humanidad, un nuevo nacimiento de la historia. La revolución crea el mundo humano que sólo puede ser tal con la libertad y la igualdad. Los grandes filósofos idealistas llamaron, por ello, a la Revolución francesa como Aurora de la nueva era. “Sólo podemos hablar de revolución cuando está presente este pathos de la novedad” dirá con firmeza Hannah Arendt.

En cuarto lugar, la revolución presupone la intervención activa de los hombres que hasta entonces fueron condenados al silencio y el oprobio. Los pobres, los marginados y oprimidos descubrieron que su condición no era una condena natural o divina, sino que dependía del orden establecido por los hombres, y por tanto podía ser subvertido con la acción y la voluntad colectiva de los hombres mismos. La creación de la nueva era no depende ya (según las concepciones ideológicas premodernas) de agentes externos o trascendentes. Se abre la posibilidad de que las masas decidan sobre su propio gobierno y forjen su destino. Ya no fuerzas ciegas o extrañas, sino fuerzas conscientes y vivas son las que trazan el rumbo de la humanidad.

En la próxima entrega seguiremos tratando sobre la revolución, pero ahora desde la perspectiva de Karl Marx.

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