Los frutos del Árbol de Tinta

Alejandro Torres Ocampo dio vida al Árbol de Tinta, reconocida librería del centro de Bogotá. Su oficio como librero ha construido un espacio donde quienes adquieren sus libros encuentran un ejercicio del tiempo y la memoria a partir de ese objeto tan extraño llamado libro

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Juan David Aguilar Ariza

Podría decirse que todo libro como objeto posee otro tiempo que se superpone al de la narración. A veces despertamos ese tiempo al encontrar un comentario, un subrayado, que pertenece a otro que nos emite señales desde una dimensión paralela a través de sus marcas. Leer un libro usado, es leer a otro y no precisamente al escritor. Y, aunque muchos se resistan, todos los libros son usados. Alejandro Torres Ocampo no es un simple distribuidor de objetos, quizás es, a lo haideggeriano, el que despierta todos los tiempos del libro-objeto.

Las raíces del árbol

–¿Cómo se convirtió en librero?

–Yo llegué como cliente, además como un pésimo cliente. No compraba un libro en una librería ni por casualidad, no tenía dinero. Un día me dijeron que había un tipo que vendía el libro que yo andaba buscando, efectivamente lo tenía. Lo compré y empecé a frecuentar a ese librero porque los precios me servían, ahorraba y compraba lo que podía. Casi nunca libros que me pedían en la universidad sino libros que me parecían bacanos de leer y así empecé a frecuentarlo. Hasta que un día me dijo que había nacido su hijo y me preguntó que si tenía tiempo para cuidar su librería mientras él iba a mirar al niño. Acepté y desde ese día han pasado 16 años.

–¿De dónde surgió el nombre de la librería?

–Por una revista mexicana de teatro que me encontré en la calle. Tenía un logotipo que se me hizo hermoso, era un árbol cargado de libros en vez de frutas. Entonces me pareció interesante un lugar que en vez de frutas diera libros y le puse así, Árbol de Tinta. La revista tenía ese nombre, era una revista de los años 30.

–¿Qué es ser un librero?

–Yo personalmente no me considero un librero. Siempre he creído que es una labor de muchos años. Un librero no solo vende libros, es alguien que asesora sobre libros, conoce a las personas que tiene en frente y les brinda luces sobre cosas que tiene disponibles o que pueden ayudar en la ruta que traza el lector. Lo que brindo es un espacio que excede el espacio del libro.

Aquí lo importante es desarrollar un espacio de conversación más que una compra venta de libros, porque eso es lo que se va a terminar, se van a acabar los espacios para esas personas que despachan cosas, despachar cosas fácilmente lo hace internet. Entonces, aquí la lucha es más bien por mantener un espacio donde tú puedas interactuar nuevamente, salir un poco de tu pantalla, del marco de referencia que se está volviendo el mundo digital. Este es un espacio de conversación en torno a lecturas, a preguntas, por eso creo que, bien enfocado, no desaparece tan fácil el mundo de las librerías.

La resignificación del libro como objeto

–¿Cómo llegan los libros a la librería?

–Son varias vías, los libros no tienen un solo camino. Los he importado, me han llamado de casas a comprarlos, porque se ha muerto la gente, porque no les interesan los libros, porque se divorcian, porque se van de viaje, porque cambiaron de religión. También los he comprado en ferias, algunos los he cambiado.

–¿Cómo es la oferta del libro usado en Bogotá?

–Aquí en Bogotá la oferta es buena. Realmente no deja de estar a la altura de otros lugares que he visto. A diferencia de los libros nuevos, pues la oferta es más bien poca. He estado en otros lugares donde sencillamente no se ven libros de segunda o lugares donde hay, como en Buenos Aires, 2.500 librerías, divididas entre nuevos y de segunda, es la mayor oferta en el planeta o por lo menos del mundo hispano. Colombia no está mal, lo que está mal es que la oferta esté tan concentrada; es decir, saliendo de Bogotá el panorama cambia radicalmente, en el resto del país casi no hay libros.

–Háblenos un poco del valor del libro en general.

–Cuando uno mira el proceso del libro, uno se da cuenta que lo que lo hace lucir costoso es, primero, cómo consideramos al libro como objeto, qué lugar, qué espacio ocupa dentro de nuestras vidas un libro. Esa importancia, ese nivel que le damos al libro lo convierte en algo costoso o barato. Cuando tú miras los precios en Estados Unidos también están en dólares, sin embargo uno tiene que tener en cuenta cuánto se gana una persona por hora en ese lugar y cuánto acá, y ahí es donde empieza el problema.

El libro no es costoso, más bien nosotros no ganamos la cantidad de dinero suficiente para que luzca barato, por un lado, y dos, no tenemos una consideración bastante alta sobre el objeto para que lo consideremos parte de nuestra canasta. El libro aquí en Colombia sigue siendo un objeto suntuario, una cuestión de lujo, no una herramienta o una necesidad. Y ahí es donde está el problema que hace que se fabrique la representación, y posteriormente el imaginario, de que los libros son caros, porque son esas dos variables: mucha gente no gana lo suficiente y mucha gente tampoco está emocionalmente educada respecto al libro. Entre estos dos definen que el libro no es algo importante.

–¿Qué piensa de las políticas de Estado respecto a los libros?

–Me parece que algo se hace, pero es una política para lavarse las manos. Muy de Poncio Pilatos, creen que regalando libros se arregla el asunto y eso lo único que trae a posterior es que la gente incluso se adentre más en la idea de que el libro es costoso. Lo que falta es educación en torno al libro y educación en general, porque antes de regalar el libro hay que resignificarlo, ¿para qué sirve?, ¿qué me puede aportar? Porque regalan los libros de Libro al Viento y vienen aquí a venderlos. Muchas veces yo noto que lo único que hacen las campañas de promoción de lectura es resolver un tema de la mensualidad del burócrata que las está realizando.

Los frutos del árbol

–¿Qué libro recomendaría hoy?

–Recomendaría Los Elíxires del Diablo, de E.T.A Hoffman —sube las escaleras, busca entre los anaqueles, y baja un viejo libro gris de tapa gruesa—. Es literatura fantástica enmarcada en el romanticismo alemán, siempre ha sido un libro bastante perseguido. Para mucha gente es uno de los mejores ejemplos sobre la tentación y sobre la oscuridad. Es una novela fáustica, muy bonita.

Los tiempos del objeto

Después de salir de la librería es inevitable pensar en que muchos dicen que un librero es como un médico. Una metáfora que ha perdido significado porque ya nadie tiene cómo pagar un médico de cabecera. Sin embargo, es imperdonable no tener un librero de cabecera. Alejandro cierra un libro y con él se pierden los tiempos desatados por su Árbol de Tinta.

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