Escándalo en Francia: Lo que no tapa el burkini

El ultraje a la mujer es por lo menos, una expresión de intolerancia en el país que se denomina a sí mismo como la cuna de la igualdad, la solidaridad y la fraternidad, principios que animaron a los enciclopedistas y a la revolución francesa.

Mujer musulmana en una playa francesa, vistiendo el burkini.

Mujer musulmana en una playa francesa, vistiendo el burkini.

Ricardo Arenales

Hace algo más de dos semanas, la prensa francesa divulgó la infamante fotografía de una mujer de origen musulmán, que reposaba en una playa de Niza, vistiendo un atuendo de baño que la cubría de pies a cabeza, y que ante la mirada del público fue obligada por varios agentes de policía a desnudarse, pues el traje que usaba, conocido como burkini, podría dar origen a expresiones de “islamización” que pudieran alterar el orden público o amenazar la seguridad francesa.

El ultraje a la mujer es por lo menos, una expresión de intolerancia en el país que se denomina a sí mismo como la cuna de la igualdad, la solidaridad y la fraternidad, principios que animaron a los enciclopedistas y a la revolución francesa.

La verdadera imagen que difunde la fotografía de la mujer agredida es la de un país intolerante que maltrata a sus habitantes de origen musulmán. Las reacciones que provocó el insulto dividieron a la sociedad francesa y al propio gobierno y obligaron al presidente Hollande a hacer una declaración que pretende navegar entre dos aguas: “Lo que está en juego es la convivencia, algo que supone unas reglas y el respeto a ellas: que no haya ni provocación ni estigmatización”, precisó el gobernante.

El primer ministro Manuel Valles, la ministra para los Derechos de las Mujeres, junto a un grupo de alcaldes, se mostraron partidarios de la prohibición del uso de la prenda de baño. Del otro lado, la ministra de Educación, la de Sanidad y el titular de la cartera del Interior defendieron la libertad de culto de las minorías y advirtieron que los alcaldes “no deben fomentar la estigmatización ni el antagonismo entre los franceses”.

La tormenta por los mecanismos de represión ante el uso de una prenda de vestir, que es del fuero interior de las personas que la usan, ya sea por convicciones religiosas o culturales, y que presupone una escalada de islamofobia, no termina en Francia. El Consejo Musulmán Francés pidió el 14 de agosto una reunión urgente con el gobierno, Amnistía Internacional dijo que la medida podría incentivar “violencia contra mujeres y niñas” y finalmente Hollande convocó a consultas a su gabinete.

“Nosotras decidimos”

En materia de derechos humanos, el incidente ha puesto a Francia en ridículo ante la comunidad internacional. La derecha de ese país ha aprovechado para estrechar el cerco contra la comunidad musulmana francesa, proponiendo que se prohíba también el uso del velo. Estos partidos, que estimulan el nacionalismo y el odio a las minorías, inciden para que hoy el 64 por ciento de los ciudadanos se pronuncie contra el uso del burkini en las playas.

Para mayor oprobio, Nicolas Sarkozy, que posa de gran demócrata y que aspira a la reelección presidencial, propone prohibir todo signo religioso, no solo en las playas, sino en las escuelas, en la universidad, en la administración pública y en las empresas.

En la comunidad musulmana, la reacción tampoco es unánime. En principio se interpreta como una expresión de maltrato a las minorías la actitud de la policía de Niza y la pretensión de extender prohibiciones semejantes a todo el territorio de la nación. Hay corrientes de mujeres que critican, sin embargo, que unos sumos sacerdotes impongan la idea de cubrir por completo el cuerpo de las mujeres musulmanas, situación que riñe con usos y costumbres de la modernidad.

La inmigración de millones de musulmanes a Occidente, como secuela de la guerra en muchos países, irrumpió en la escena cultural de aquellos países. Muchas mujeres optaron por quitarse la vergüenza del cuerpo, defender la presencia del cuerpo en el espacio público. “Son nuestros cuerpos, nosotras decidimos”, han dicho varias activistas. Pero aun así, es una decisión que solo ellas deben tomar, sin el flagelo de las disposiciones policiacas autoritarias.

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