“La paz es digna para las dos partes y para el país”

Diálogo con Carlos Lozano, director de VOZ.

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—Usted fue uno de los facilitadores de este proceso de paz desde su etapa secreta, pero su nombre no lo menciona la “gran prensa” cuando hace el reconocimiento a otras personas que jugaron un papel importante en esta gestión…

—Mira eso no me trasnocha. Hice un trabajo de facilitación, confidencial, de conformidad con las exigencias necesarias para que se pudieran adelantar los contactos preliminares. Mi intervención fue a petición de Cuba con la recomendación de que todo se hiciera en absoluto secreto. Intercambié mensajes -razones fueron y llegaron- con Alfonso Cano. La reunión con él, que estaba prevista, no se pudo concretar por los operativos militares que se fortalecieron cuando se dieron los primeros contactos. Fue la paradoja.

En esos días, en una conversación con Roberto Pombo, director de El Tiempo, quien no sabía que yo andaba en esa labor, hablamos de los operativos contra Cano y me comentó que el presidente Santos le preguntó que si él fuera el presidente y tuviera a Cano rodeado y en posibilidad de ‘darlo de baja’ si daría la orden de atacarlo, a lo cual respondió: “no lo haría, porque con él usted puede hacer la paz”. No sé si Pombo estaría entonces al tanto de los contactos secretos.

No pude reunirme con Alfonso porque “es peligroso, aquí hay mucho ruido”, me lo hizo saber en un mensaje, pero me dijo que se estaba considerando esa posibilidad y que además las FARC estaban estudiando suspender las ‘retenciones económicas’. Sobre ello habíamos hablado en el Caguán en una ocasión con Cano y el Mono Jojoy. Con Alfonso después de la ruptura de los diálogos del Caguán intercambiamos mensajes sobre ese tema con puntos de vista contradictorios y coincidencias, pero con el excelente resultado de que al final estaban considerando erradicar esa mala práctica de su accionar. El texto de ese mensaje, por cierto, está en poder de los cubanos.

Después de la muerte de Cano, mejor dicho: de su asesinato, fue Timoleón el que me dijo que habían tomado la decisión de ponerle fin a esas ‘retenciones económicas’ y que lo anunciarían en los próximos días. Fue poco antes de que se anunciaran los diálogos públicos. La chiva la di en una reunión en casa de León Valencia con la presencia de Enrique Santos, Medófilo Medina, Martha Ruíz y Jorge Enrique Botero. A los dos días se conoció el comunicado del Secretariado al respecto.

—¿Cómo confirmó que existían los contactos?

—La historia es así. Los mensajes con Alfonso Cano nunca me lo confirmaron, pero dejaban entrever que era así. Creo que nunca lo dijo de manera expresa porque esos papeles podían ser interceptados. También el mensaje de Alfonso Cano al Encuentro Nacional Agrario y Popular de Barrancabermeja, en 2011 si no estoy mal, donde hace la propuesta de cinco puntos para dialogar con el gobierno de Santos, me dejó en claro el interés que había en conversar por parte de las FARC. Por cierto los cinco puntos eran muy parecidos a los adoptados en la Agenda del Acuerdo de La Habana, que fueron seis.

De todas maneras conocía de los acercamientos aunque no con detalles porque los cubanos me lo habían dicho con la solicitud de que tratara de confirmar si las FARC realmente tenían interés en conversar. En esa búsqueda de información, estando vivo Cano aún, busqué contacto con Timoleón. Nos reunimos en el Catatumbo. Hablamos de generalidades, intercambiamos opiniones sobre la situación política y la posibilidad de la paz, pero no me confirmó nada sobre los acercamientos. Tampoco lo presioné. Entre otras cosas me mostró un mensaje de Cano en que le decía que a lo mejor yo no llegaría porque el invierno estaba muy crudo y las condiciones del viaje serían crueles. Pese a todo llegué.

Timoleón se lamentó de que no hubiera podido ir unos meses antes cuando me invitó a visitarlo para darme a conocer la muerte del comandante Manuel Marulanda, legendario guerrillero con el cual tuve una amistad estrecha y varios encuentros en medio de la guerra y también en la zona de distensión del Caguán. No pude llegar a la cita con Timoleón porque estaba afectado de una fuerte gripa y como no sabía la razón, creí que podía postergar el encuentro. Por supuesto, no podía esperar y precipitaron la información que la dio Timoleón por encargo del Secretariado.

A Manuel Marulanda lo vi por última vez, un año antes de morir, en el gobierno de Uribe Vélez, cerca de Neiva relativamente, en el Guayabero, a pesar de la militarización y de los planes de la ‘seguridad democrática’ para cazarlo. Fue como en 2007. Hace poco hice una crónica en VOZ del viaje y del encuentro.

Luego de la muerte de Alfonso Cano y designado Timoleón Jiménez como nuevo comandante, volví a visitarlo. Me dijo que en la ocasión anterior no me habló de los contactos con Santos y no me respondió después a mis insistentes preguntas por vía de mensajes, porque lo acordado en el Secretariado es que sobre el tema solo podía hablar Alfonso Cano.

“A mí no me gusta decir mentiras, por eso preferí callar. Pero ahora yo soy el comandante y puedo hablar del tema. Siéntese y lea estos documentos”. Me pasó los informes de Alfonso Cano al Secretariado, los mensajes de Henry Acosta y el resumen de los mensajes del presidente Santos, “incluyendo en donde explicó la muerte de Cano como un imponderable de la guerra”. Los leí con cuidado y guardé el secreto sobre ellos, verdaderas chivas en el argot periodístico.

Timoleón me dijo que él iba a ser el jefe de la delegación en los diálogos de La Habana y que se quedó con las maletas hechas, porque ya como comandante en jefe tenía que quedarse. La decisión era la de continuar como el mejor homenaje a la memoria de Alfonso Cano.

—No hemos querido interrumpirlo en el interesante relato, pero, ¿cómo vio a Timoleón Jiménez como comandante de las FARC-EP? ¿A su juicio pasó la prueba?

—La pasó y con calificación aclamada. Timoleón jugó un papel importante, desde el comienzo lo vi muy apersonado de su papel y con el control de la situación. Supo preservar la cohesión de siempre del Secretariado, del Estado Mayor Central, de los bloques, frentes y la base guerrillera. No se quebró la disciplina fariana. Timoleón estuvo al frente de la situación, lo vi una o dos veces más antes de que se instalara en La Habana y estaba al tanto de todo, conocía al detalle cada incidencia de la mesa, orientaba cada paso. El esfuerzo fue colectivo, la delegación en La Habana hizo un trabajo serio y responsable, como en el país el conjunto de las FARC apoyó y entendió el esfuerzo por sacar adelante el acuerdo final.

—Alguna gente dice que “las FARC-EP llegaron a la negociación derrotadas y estaba cantada la entrega”…

—El resultado desmiente a los que creen eso. Las FARC no llegaron derrotadas y se lo hicieron conocer al Gobierno que lo creía así y quería imponer la desmovilización y la entrega de las armas. Ni lo uno, ni lo otro pasó. Se pactó una paz digna para las dos partes. Como dijo Timoleón: no hubo vencedores ni vencidos.

—¿Está satisfecho del Acuerdo Final?

—Claro que sí. Es una paz digna para las dos partes y para la sociedad. Las FARC le cumplieron al país, a la izquierda, al pueblo colombiano. El Acuerdo Final es un documento doctrinario que abre el camino para el fortalecimiento de la democracia y mejores condiciones sociales de vida en el campo y la ciudad. Pero no solo eso, el acuerdo proyecta la lucha popular, convoca a la unidad hacia una Constituyente para adoptar transformaciones que cambien el modelo económico y produzca reformas sociales de fondo.

—Pero algunos no lo ven así…

—No lo ven así los derechistas que pretenden que permanezca el viejo país de la violencia, de la injusticia y de la caricatura de democracia; y ciertos personajes de la izquierda, anticomunistas, sectarios, que se creen los poseedores de la verdad revelada y soslayan la importancia del hecho más importante en el país y en el mundo en estos días, con el argumento falaz de que “las FARC son una vaca muerta atravesada en el camino de la izquierda”.

Son los que se creen el ombligo de la izquierda y que la unidad de esta y toda la lucha política y social gira alrededor de ellos. Es atraso político, prepotencia que no contribuye a que la izquierda en su conjunto juegue su papel, incluyendo a las organizaciones que surjan de los acuerdos de paz. Ello incluye por supuesto al ELN.

—Y hablando del ELN, usted le dirigió una carta pública a Gabino. ¿Hay respuesta?

—Estoy seguro de que la habrá porque sé de la responsabilidad del compañero Nicolás y de los miembros del COCE. Creo que los problemas que se plantean, y que tienen que ver con el fin de la intimidación y la agresión a militantes comunistas en Arauca, se podrán superar. El ELN cuenta con nuestra solidaridad para los diálogos que pretende establecer con el Gobierno y que se deben adelantar sin presiones ni condicionamientos gubernamentales. La paz es integral y el ELN es una realidad política y militar en Colombia, que cuenta para la paz estable y duradera.

—¿Está seguro de que el Gobierno colombiano le cumplirá los acuerdos a la guerrilla?

—No hay confianza en la clase dominante colombiana. La oligarquía siempre ha sido mezquina y le tiene pánico a los cambios democráticos porque pueden llevar a que pierdan los privilegios y los instrumentos que les permiten mantener el poder político y económico. Sin embargo, creo que no le será fácil incumplir lo pactado ni a este u otro gobierno de la burguesía. Los ojos del mundo están sobre Colombia. La ONU y países muy respetables son garantes del cumplimiento y aquí habrá vigilancia estricta de que así sea, las organizaciones colombianas deben hacer su propia veeduría y control para que se cumplan los acuerdos que benefician a todo el país. Pero hay otros temores…

—¿Cómo cuáles?

—Hay sectores del establecimiento llenos de odio, de rencor y con sed de venganza contra la guerrilla. Y de ahí a la guerra sucia, al exterminio físico, hay solo un paso. La oligarquía colombiana ha sido violenta, no vaciló en propiciar y justificar el genocidio de la Unión Patriótica y del Partido Comunista Colombiano. Tiene una visión unilateral de los acuerdos y creen que la obligación de cumplirlos es de la guerrilla. Y no me refiero a las víctimas que han sido generosas en su mayoría.

Son personajes que quieren conservar sus privilegios y sus negocios, algunos ilegales. Quieren ver a los guerrilleros en las cárceles o liquidados. La violencia que ellos ejercieron fue “buena” y por consiguiente se creen exonerados de la jurisdicción de paz. No deben responder por promover el paramilitarismo, de masacres, del genocidio de la Unión Patriótica, de falsos positivos y de otros delitos graves. Son talanqueras para la reconciliación, para que la confrontación tenga su punto final con los acuerdos de paz.

Bogotá D.C. 24 de septiembre de 2016

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