Mono Jojoy, el coloso de La Macarena

Es una tarea del movimiento político naciente derribar los muros de falsedad que por años han levantado contra la imagen del Mono. Dar a conocer al mundo sus ideas plasmadas en escritos, audios y videos, material de estudio de los combatientes y que hoy le hacen eco en la inmensa cordillera.

Comandante Jorge Briceño, el Mono Jojoy.

Comandante Jorge Briceño, el Mono Jojoy.

Javier Castro
@castrodice

Recorriendo la vereda El Diamante, ubicada en los extensos Llanos del Yarí, departamento de Caquetá, donde la semana pasada se llevó a cabo la Décima Conferencia de las FARC-EP, me encontré con un ambiente de fraternidad, festividad y donde, además de hablar de paz, los guerrilleros se propusieron construir futuro.

Mientras la máxima instancia de la organización insurgente discutía y elaboraba la hoja de ruta que trazará su política de cara a lo acordado en La Habana, cientos de combatientes, inmersos entre civiles y periodistas de todos los rincones del mundo, compartían anécdotas, en su gran mayoría ligadas a los avatares de la guerra. Los periodistas nos metimos hasta las caletas de las FARC durante toda la X Conferencia. Allí pululaban las historias de una guerrilla con rostro y corazón.

En la mañana del lunes 19 de septiembre, al calor de una taza de café, me senté con Liliana, guerrillera del Bloque Oriental. Con 1,55 m de estatura, cabello largo color castaño, vestida con sudadera militar y camiseta blanca, me recordó que se acercaba el aniversario de la muerte del “camarada Jorge”. Le pregunté con evidente interés si ella había estado presente en el lugar del bombardeo que acabó con la vida del emblemático Mono Jojoy: “Sí, allí estaba, cerquitica. Esa noche le preparé una arepa con chorizo deliciosa y la envié a su caleta, donde estaba reunido con otros mandos. Me contaron que la había cortado en pedazos iguales y la repartió entre los presentes. A Mono no le gustaban los privilegios y siempre dio ejemplo”.

En ese momento sentí necesidad de conocer detalles de lo ocurrido en aquella madrugada del miércoles 22 de septiembre de 2010. Estaba ante una testigo presencial, quien hasta hoy ha sido portadora de una versión desde adentro de los momentos que dieron desenlace a la operación militar que el presidente Santos, a pocas semanas de haberse posesionado, bautizó con el nombre de Sodoma.

El relato de Liliana, su sentir y el de sus compañeros, ha sido silenciado por el cerco mediático de la prensa oficial. Ella, también conocida como la Chiqui, comenzó por contarme cómo a sus 15 años pidió ingreso a las filas de las FARC y desde 1994 acompañó al Mono Jojoy en la construcción del proyecto fariano en las montañas de Colombia.

“Era un hombre excepcional, siempre estaba pendiente de sus tropas. Peleaba mucho conmigo, pero reconozco que yo era muy contestona. El Mono me exigía con dureza, nos hicimos amigos y siempre me dio oportunidad de estudiar y desarrollarme como odontóloga. Aprendí en cursos que profesionales daban en los campamentos, luego leyendo y practicando, y, aunque no tengo título, llevo 16 años cuidando de la salud oral de mis compañeros”, me dice Liliana y añade: “El camarada Jorge daba prioridad al estudio, y así estuviésemos combatiendo, mientras algunas unidades enfrentaban a los soldados en orden público, otros estudiaban.

El Mono acostumbraba todos los días a dar charlas y recalcaba el valor del conocimiento, afirmando que de ello dependía el avance de la lucha guerrillera por la nueva Colombia. Para Liliana es imposible evitar el quebranto de voz cuando se trata de recordar a su comandante, máxime si se trata de aquel fatídico día en que fue sorprendido por la muerte, a escasos metros del campamento conocido como La Escalera, ubicado en un filo de la inmensa serranía de La Macarena.

“En la zona estábamos 1.800 guerrilleros aproximadamente, porque en esos días se estaba realizando un pleno del EMBO (Estado Mayor del Bloque Oriental). Eran las 2:00 a.m. cuando cayó el primer bombardeo. Allí escuché la voz del camarada Jorge llamando a Quino, jefe de su guardia personal: -‘Ole, Quino, hágale ligero, no deje matar la gente, pendiente pues de los muchachos’. “Yo estaba de guardia cuando comenzó la descarga de aproximadamente setenta toneladas de bombas, según los cálculos que hicieron los mandos posteriormente. Intenté buscar posición pero perdí el equilibrio, no podía ver nada, y emprendí camino gateando, buscando la salida de ese infierno”, relata Liliana.

No podía detener su relato: “Entre explosiones y ametrallamientos la guerrilla se acomodaba en espera del desembarco. Los muchachos interceptaron comunicaciones de los soldados en tierra, donde afirmaban haber perdido el objetivo y que seguramente había huido. Sin embargo, la respuesta fue que persistieran en la búsqueda porque tenían certeza que el camarada Jorge estaba en ese punto, lo cual corrobora que sí había un microchip en las botas que apenas el domingo le habían llegado”. Toma aire y continua: “Confiábamos que el Mono saldría ileso. El búnker construido para su resguardo contaba con tres salidas a un camino donde estábamos seguros evacuaría, pero el devastador bombardeo removió la tierra con tal intensidad que lo terminó sepultando”.

Al día siguiente, la noticia de la muerte del Mono se repetía incesantemente por la radio, lo cual era desestimado por los guerrilleros. Fue poco después cuando Mauricio Jaramillo, el Médico, confirmara lo ocurrido a través de mecanismos internos.

Mientras eran felicitados por el Presidente y su ministro de Guerra, los militares daban muestra de su espíritu mercenario exhibiendo el cuerpo del asesinado comandante como un trofeo ante las cámaras de la prensa. Al unísono, en la zona hubo combates por semanas, donde cayeron muertos más de 70 soldados, cifra que no reconoce el Gobierno nacional.

Así como tampoco ha revelado que Sodoma tuvo un costo de 20 mil millones de pesos, destinados para acabar con la vida de un ser humano, en un acto desproporcionado de despliegue de fuerza en aire y tierra, además del uso de la más avanzada tecnología bélica proveída por EEUU.

Desde aquel entonces, el Bloque Oriental fue bautizado como Bloque Comandante Jorge Briceño (BCJB), a quien hoy sus integrantes rinden honores y le dedican el éxito del proceso de paz, pues en él reconocen al mentor de lo hoy alcanzado.

Es una tarea del movimiento político naciente derribar los muros de falsedad que por años han levantado contra la imagen del Mono. Dar a conocer al mundo sus ideas plasmadas en escritos, audios y videos, hasta hace poco material de estudio de los combatientes y que hoy le hacen eco en la inmensa cordillera.

El comandante que más cariño y respeto recibe de los guerrilleros es el Mono Jojoy. Su nombre servirá como símbolo de unidad y cohesión. El Mono es el Che Guevara de los guerrilleros del Bloque Oriental, y fue esta estructura la más grande y combativa a lo largo de la cruenta guerra, guerra que finalmente abrió los caminos de la paz.

Aquel hombre de extracción campesina, oriundo de Cabrera, Cun­di­na­mar­ca, militante comunista que muy joven se vio obligado a empuñar las armas y organizarse en el Ejército del Pueblo para enfrentar el terror paramilitar, hoy merece un destacado lugar en la historia, en aras de brindar a generaciones futuras una versión de lo ocurrido, ceñida a la verdad, sin sesgos ni odio.

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