Paz en Colombia: ¡La comunidad internacional se puso la camiseta!

En la Asamblea General de las Naciones Unidas se constató el amplio respaldo de los gobiernos del mundo al proceso que dio término a medio siglo de conflicto armado en Colombia. Un proceso que no hubiera sido posible sin el decisivo apoyo de Cuba y Venezuela

Una de las imágenes del proceso de paz en Colombia que pasará a la historia.

Una de las imágenes del proceso de paz en Colombia que pasará a la historia.

Alberto Acevedo

La Asamblea General de las Naciones Unidas, que durante dos semanas de septiembre se reunió en su sede de Nueva York, fue escenario de emotivos encuentros bilaterales y multilaterales, en los que la comunidad internacional mostró vivo entusiasmo por el anuncio de que cuatro años de intensas negociaciones entre el Gobierno colombiano y la agrupación insurgente más antigua del continente habían culminado con un acuerdo general de paz que ponía fin a medio siglo de confrontación armada.

Las expresiones de solidaridad de la ONU fueron, a su vez, las últimas de una cadena de manifestaciones de acogida, en las que se destacan las de la Unión Europea, la Celac, Unasur, Mercosur, el Movimiento de los No Alineados y otros organismos de cooperación e integración, que coinciden en mostrar el proceso de paz en Colombia como ejemplo a seguir en otros escenarios de confrontación en el mundo.

Detrás de estos reconocimientos, en honor a la justicia, hay que registrar para la historia el abnegado trabajo de acompañamiento, desde los primeros contactos clandestinos que desbrozaron el camino de la negociación, de los gobiernos de Cuba y Venezuela.

De su papel se hace expreso reconocimiento en los documentos que anunciaron el acuerdo final, integral y definitivo. El comunicado conjunto Nº 93 de las partes menciona el papel de la República de Cuba y del Reino de Noruega, “que igualmente sirvieron como testigos, y que, desde entonces, asienten el proceso como países garantes”.

Expresiones de afecto

Destaca igualmente el aporte de la República Bolivariana de Venezuela y de la República de Chile, que “se han aprestado en todo momento a sus buenos oficios como países acompañantes”.

En una memorable pieza oratoria denominada “La más hermosa de todas las batallas”, el jefe de la delegación insurgente en la mesa de conversaciones, Iván Márquez, expresó: “Finalmente las FARC expresan su más profundo agradecimiento al gobierno liderado por el General del Ejército Raúl Castro Ruz y al pueblo de Cuba, todo lo que han hecho por la paz de Colombia, gratitud eterna a la patria de Martí. Gracias también al Reino y al pueblo de Noruega por su contribución generosa y por su acompañamiento como garante a los esfuerzos de la reconciliación del país.

“Nuestro reconocimiento y afecto a la República Bolivariana de Venezuela, por su aliento permanente a su hermana Colombia, en la concreción del acuerdo de paz. Gracias Nicolás Maduro por continuar la obra que le encomendara el Presidente Chávez. Un agradecimiento a la presidenta Michelle Bachelet y al pueblo de Chile por su acompañamiento extraordinario a una paz que, saben muy bien, es esencial para consolidar la paz del continente”, puntualizó el comandante guerrillero.

En el caso específico de Cuba, no solo fue el haber facilitado la logística, amplias y modernas instalaciones para alojar las delegaciones en negociación, el suministro de medios de transporte, telefonía, asistencia en salud y otros servicios, para los que no escatimó esfuerzos.

Ejemplo para el mundo

Con la firma del acuerdo final en La Habana, el 24 de agosto, y con su presencia esta semana en Cartagena para la refrendación de la negociación, Cuba reafirma su vocación de paz, solidaridad y justicia, y le cumplió al pueblo colombiano su promesa de acompañar el proceso hasta el final.

La permanencia de Cuba en la mesa de negociaciones a lo largo de cuatro largos años, venciendo dificultades, superando provocaciones, nos ofrece la lección de que únicamente a través del diálogo se detiene la mano de los intransigentes, de los guerreristas, de los mercaderes de la muerte, que vieron en la firma del acuerdo el peligro de perder sus negocios.

El aporte cubano contribuye a apagar el caldero de la guerra política más prolongada en la historia de Colombia y del continente, justo en el momento en que se viven otras guerras sangrientas en el mundo, como las de Siria e Irak, y envía un mensaje alentador a otros puntos de la geografía del planeta.

El sello de Chávez

En el momento preciso en que la semana pasada el presidente Santos depositaba en las Naciones Unidas el texto del acuerdo de paz, la aviación norteamericana bombardeaba posiciones sirias, en un deliberado ‘error’ que dejó centenares de muertos y heridos.

De la misma manera fue decisivo el rol jugado por el gobierno venezolano en este proceso, desde sus primeros pasos, en lo profundo de la selva. “Si en Colombia se acaba la violencia política, termina el conflicto, es gracias a Chávez y a Maduro”, dijo hace unas semanas el líder del PSUV Diosdado Cabello.

Históricamente, Venezuela ha venido jugando un papel de amable componedor en la búsqueda de la paz en Colombia desde hace muchos años. Facilitó las conversaciones con las FARC en Caracas durante el gobierno de César Gaviria Trujillo. En el gobierno de Pastrana contribuyó a acercamientos con las FARC y el ELN. Lo hizo de nuevo bajo las dos administraciones de Uribe Vélez, cuando el mandatario colombiano le pidió a Chávez que además intercediera para conseguir la liberación de un grupo de secuestrados.

Discreción e indiscreción

Con la llegada de Chávez al poder, ese papel facilitador de la paz se hizo más activo. Hoy es claro que un factor decisivo, que llevó a la insurgencia a sentarse a negociar, fue la figura de Chávez, que se erigía como garante de seriedad en el proceso. “La paz de Colombia siempre tendrá una marca Chávez”, dijo el presidente Maduro en una entrevista a CNN en julio pasado.

Una particularidad de la intermediación de Venezuela, que a pesar de ser portadora de innumerables secretos y detalles de la negociación, jamás se inmiscuyó en los asuntos de la agenda del diálogo, fue que durante las conversaciones en La Habana, desde Bogotá, a través de los grandes medios de comunicación, se desarrolló en forma paralela una infame campaña de descrédito del gobierno de la Revolución Bolivariana y se alentaron los planes golpistas de la derecha nacional e internacional contra Venezuela.

Una reseña del papel de gobiernos amigos en el proceso de paz quedaría incompleta si no mencionáramos el papel que jugó el Gobierno de los Estados Unidos con su representante permanente en La Habana, Bernard Aronson. Contribuyó ciertamente a encontrar fórmulas de acercamiento entre las partes, pero fue mezquino al desestimar una y otra vez la posibilidad de que Washington pusiera en libertad a Simón Trinidad. Y lo fue también al apoyar la peregrina tesis del fiscal general de Colombia, Néstor Humberto Martínez, de reanudar las fumigaciones con glifosato, una propuesta evidentemente contraria al espíritu de lo acordado de La Habana.

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