Una conversación con el jefe de las FARC: De Rodrigo a Timo

Cuatro episodios de la vida de un revolucionario de La Tebaida y un guerrillero de las FARC

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Hernán Camacho

Timoleón Jiménez, jefe de las FARC, lo conocía por viejas fotografías suyas que reposan en el archivo de VOZ. Interrumpí una reunión con parte de la Delegación de Paz de esa guerrilla. Llegué a esa entrevista después de buscarla por meses y de tener mucha paciencia. Me senté en un sillón a la derecha suya y me presenté formalmente. No hubo tiempo para preparar la entrevista. Me sugirieron prender la grabadora y dejar que la conversación se diera por horas.

En una larga historia me confesó que nunca había salido de La Tebaida en el departamento del Quindío. Nació el año en que triunfa la revolución cubana, 1959. Pero lo que más recuerda de esa infancia el jefe de las FARC es a su papá junto a sus amigos escuchando Radio Habana, originada desde Cuba. La única emisora que transmitía para Colombia los discursos luengos y beligerantes de Fidel Castro, que Rodrigo, a sus prematuros cinco años, intentaba decir de memoria: “Quién sabe qué barbaridad decía”. A los trece años hacía teatro.

Su juventud no tenía otro destino marcado que la militancia revolucionaria. Con las monjas hizo teatro y otras tareas: “Ellas nos ponían una cita a las diez u once de la noche en el convento para que le pasáramos el periódico VOZ por debajo de la puerta. Pero también nos ponían reglas: en el colegio no se pintaba una sola consigna”.

El viaje

Era 1976 y se despide de un amigo entrañable al que le confiesa su destino. Pasó por Armenia e Ibagué y el destino Bogotá. A la capital la describe como una gigante, gris y fría. Confiesa que lo asustó: “Empiezo a ver semejante mole de cemento y todo gigante. Y uno con 17 años, jovencito, sin conocer nada más que los cafetales, la ciudad era otro mundo. Y llegamos al barrio Policarpa”, rememora Rodrigo Londoño.

Su camino, con un nuevo contacto era para la región del Sumapaz. “En la madrugada llegaron a encontrarme con unas botas pantaneras y me dicen alístese que nos vamos. Y arrancamos para el páramo”. La travesía fue de días enteros caminando. De casa en casa Rodrigo iba llegando de a poco al corazón de la lucha agraria en Colombia. La organización campesina lo sorprendió por sus botas talla 40, dos tallas más que su pie “me cobraron peaje”. Con todo y eso llegó a su destino: el campamento de Jacobo Arenas.

Marulanda

Casi dos semanas después de despedirse de su amigo en Quimbaya, Rodrigo se encontraba en un campamento guerrillero en tareas de cotidianidad insurgente. Sin saberlo, lo recibió Jacobo Arenas y sin quererlo le tocó alojarse en el campamento de Manuel Marulanda de quien solo conocía las historias heroicas de resistencia que se escuchaban.

Y es justamente por no conocer a Marulanda que en su primer encuentro salió mal:

“Yo creo que hasta Marulanda tuvo una impresión negativa de mí. Incluso en algún momento estaba en una casa del campamento en plena Semana Santa. Y en el comedor había un radio gigante de marca Sanyo, era un Viernes Santo y yo veo ese radio; pues lo prendí, porque en mi casa la tradición sagrada es escuchar el sermón de las siete palabras. Y de un momento a otro entra un señor y pregunta: ‘¿quién prendió ese radio?’ y claro cambió de semblante y se puso bravísimo. Ese tipo me cayó mal ese día. Días después al contarles a unos guerrilleros lo sucedido y señalar al señor que me había apagado el radio, supe que era Marulanda. Unos guerrilleros se reían y yo no sabía qué hacer. Así conocí al jefe de las FARC”.

Jacobo

Pero no fue el único a quien Rodrigo Londoño conoció en extrañas circunstancias. A todo guerrillero al ingresar a las FARC se le hace su hoja de vida. Allí se le asigna su nueva identidad y es el propio insurgente el que escoge el nombre de guerra. “Me llamó un señor y se puso frente a la máquina de escribir, era un señor de gafas y yo elucubré: a este viejito lo tienen para ser secretario. Oh sorpresa que dos días después me dicen que me estaba buscando Jacobo Arenas y dije, por fin lo voy a conocer. Era el viejito de la máquina de escribir”.

Y retoma: “Cuando Jacobo me hace la hoja de vida, uno de los requisitos de ingreso a las FARC es el nombre. Y claro debía ser un nombre de guerra y lo primero que se me vino a la cabeza fue Ernesto. El camarada Jacobo Arenas, quien era el encargado frente a la máquina de escribir de hacer la hoja de vida, me dijo: ‘Ese nombre no le sirve, en la guerrilla no se puede repetir nombres y ese ya lo tienen’. Quedé desarmado. Después se me vienen a la cabeza tres o cuatro nombres. Ninguno se podía, ya lo tenían otros compañeros”.

Del nombre de guerra de Rodrigo Londoño se han dicho muchas cosas. La inteligencia militar ha construido toda una serie de historias alrededor de él. El propio comandante fariano se ríe al leer o escuchar las historias.

La historia es así: “Ese día recuerdo que en el bolsillo de la camisa tenía calendarios de Radio Habana, Cuba. Yo hacía intercambio epistolar con ellos y entre todos esos papeles empiezo a buscar un nombre. César Augusto Sandino. Y le digo a Jacobo que me voy a llamar Augusto. Él me responde que sí. Ese nombre nadie lo tenía. Un día más tarde llegó al campamento el correo proveniente de El Pato, es decir del otro campamento, me preguntaron que cómo me llamaba. Le contesté Augusto. Y me dicen: ‘No hermano cámbiese ese nombre porque allá –en El Pato- ya hay un guerrillero con ese nombre’.

En esa conversación estaba Martín Villa, quien era recién llegado de la Unión Soviética. Me dijo que me pusiera un nombre ruso. Y efectivamente él se acordaba de un profesor de matemáticas de apellido Timoshenko. A mí me sonó pero no fui capaz de aprendérmelo. Yo hablaba solo tratando de aprendérmelo Timofiebiss, Timosschenco, Timos… No pude. Cada que me preguntaban por mi nombre me tocaba ir donde el camarada Martín para que me lo repitiera. Hasta que quedé entre los guerrilleros como Timo”.

Timo comunicador

Una década después de su ingreso a las FARC-EP, el comandante Timoleón Jiménez, se destacaba como uno de los cuadros políticos de mayor proyección al interior de la organización. Los farianos han tenido una organización disciplinada con tareas definidas. La agitación y propaganda es la encargada de comunicar la línea política de la organización. Para los inicios de los diálogos con el gobierno Betancur, Alfonso Cano era el jefe de propaganda y Timoleón tenía responsabilidades allí.

Esa misma comisión de propaganda pensó un noticiero. Su experiencia la relató así: “Montamos un noticiero en la selva. Nos ubicamos en un sitio oscuro entre la manigua que le decíamos El Hueco y de ahí surgió la primera experiencia de un noticiero fariano, que entre nosotros lo llamábamos: CTV El Hueco. Y era para las noticias de los domingos cuando relatábamos las actividades de la semana”.

“Teníamos una lavadora que se la había conseguido Marulanda, un aparato de última generación que la utilizábamos para lavar y secar sabanas y alguna ropa, allá el clima era tan difícil que no se secaba nada. Entonces la lavadora nos ayudaba a eso. Pero se nos ocurrió promocionarla. Entonces había un perrito sucio en el campamento y le hicimos un video, primero grabamos el perro sucio, luego al perro en la lavadora y después la lavadora trabajando. Editamos todo y montamos un comercial de televisión. Mostramos a los guerrilleros el comercial del perro y ellos especulando, ‘¿pero cómo es posible que la perrita saliera viva de la lavadora?’ ”.

Hasta ahí conversamos. Era hora de descansar pues Timoleón tenía trabajo pendiente en la arrolladora dinámica de su delegación de paz en Cuba. Cenamos con quienes aún permanecían en la reunión, pero no hubo tiempo para más historias.

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