Antonio Campesino: Encuentros y reencuentros de la guerra

“Una gran mayoría de todos los militantes de las FARC-EP estamos aquí porque el Estado asesinó nuestras familias y nos obligaron a empuñar las armas para defendernos de la represión militarista”.

Antonio Campesino.

Antonio Campesino.

Javier Castro
@castrodice

Era el cuarto día de sesiones de la Décima Conferencia Nacional de las FARC-EP, en los Llanos del Yarí y aún seguían llegando unidades guerrilleras de todos los rincones del país. Había quienes junto a sus mandos marcharon durante cuatro meses, abriéndose paso a través de agrestes zonas selváticas, otrora teatros de guerra, ya sin la rigurosidad ni el alistamiento que demanda la confrontación armada. Esta vez para cumplir la histórica cita con la paz de Colombia.

Contagiosa alegría expresa la guerrillerada, quienes entre risas y cánticos recorren las zonas de esparcimiento, saludando efusivamente, con la calidez que les caracteriza, siempre en busca de caras conocidas.

Es que si bien ha sido conmovedor ver a guerrilleros reunidos con sus familiares, tal como lo han reseñado los telenoticieros; los reencuentros entre combatientes traen consigo una carga de emociones de mayor envergadura, pues muchos de ellos, que ingresaron juntos o se conocieron en la escuela básica, tejieron fuertes lazos de amistad e incluso amores. Se habían perdido el rastro por años, producto del quehacer militar, los traslados, cursos por especialidades y demás movimientos de personal entre escuadras, compañías, frentes y bloques de las FARC-EP.

Fue así como Antonio Campesino, un veterano guerrillero, mientras disfrutaba de un acto cultural en el marco de la Conferencia, se halló por casualidad junto a uno de sus más grandes amigos. Luego de detallarlo se acercó y le dijo: “Ole, ¿no se acuerda de mí?”.

Eternos segundos de silencio y un gesto incrédulo se dibujó en el rostro del aquel hombre quien preguntó: “¿Antonio?”. Se fundieron en un fuerte abrazo repitiendo expresiones como: “No puedo creerlo”, “pensé que lo habían matado”, “han pasado muchas cosas”.

Ahí estaban, socios de ingreso, Antonio Campesino y Alberto Cancharina se reencontraban luego de 25 años. Ingresaron juntos en 1979 y, como expresa la jerga guerrillera: “la pegaron”, queriendo decir que se hicieron buenos amigos.

“Eramos uña y mugre. Anduvimos con el Mono por años y siempre nos sancionaba por actos de indisciplina. Era tanta la recocha que nos separaron y allí fue cuando el camarada Jorge envió a Cancharina al Bloque Magdalena Medio con nota de “matrícula condicional” (risas), me cuenta notablemente emocionado Antonio Campesino, luego de que me acercara para indagar sobre el reencuentro. En un intercambio breve Campesino nos respondió:

–¿Qué lo motivó a unirse a las FARC?

–Yo ingresé a la guerrilla por muchos motivos, entre esos resulta que mi padre, Publio Reyes, dirigente del Partido Comunista en Paujil, Caquetá, fue capturado por una patrulla de contraguerrilla del batallón Tenerife de Florencia, junto a un hermanito mío de solo 11 años de edad y a cinco militantes más del Partido, el 19 de octubre de 1979. Todos ellos fueron sacados a la fuerza de sus sitios de trabajo, amarrados de pies y manos y desaparecidos el 9 de noviembre del mismo año.

Encontramos los siete cadáveres en una vereda llamada La Cristalina, cerca del caserío Bolivia. El Ejército continuó la persecución contra todas las familias de los desaparecidos. Los hermanos míos salieron a otros departamentos para salvar sus vidas, y a mí me tocó buscar la guerrilla para ingresar y así poder sobrevivir. Una gran mayoría de todos los militantes de las FARC-EP estamos aquí porque el Estado asesinó nuestras familias y nos obligaron a empuñar las armas para defendernos de la represión militarista.

–¿Por qué escogió llamarse Antonio Campesino?

–Mi nombre y apellido en la guerrilla fue idea del camarada Jorge Briceño. Todo fue porque al poco tiempo de haber ingresado se me escapó un tiro y me dijo que yo era “un puro campesino”, pues no sabía manejar armas. No me gustaba que me llamaran campesino e incluso critiqué al camarada por ponerme apodos. Un día me dijo que no se trataba de un gesto ofensivo, que éramos todos campesinos con honor y desde entonces ese ha sido mi apellido de guerra.

–¿Qué ha sido para usted lo más difícil en esta guerra?

–Dejar la familia y los hijos sin saber nada de ellos. Además, súmele que en la guerrilla se tejen lazos muy fuertes, se construye otra familia y entonces el dolor se hace más fuerte cuando el enemigo da de baja a un compañero, cualquiera que sea. Eso es muy duro y pienso que no solo para mi sino para todos los combatientes revolucionarios.

–¿Para usted qué es la paz?

–Un anhelo de justicia social y libertad, pero al mismo tiempo, la paz es un compromiso, una obra que debemos construir, es una deuda histórica, la cual será saldada con el cumplimiento de los acuerdos, pero además, con la decidida participación del pueblo en la lucha por un país mejor.

–¿Una anécdota?

–No quiero hablar de la guerra, pero fíjese que hace pocas semanas, reunidos en Charras, Guaviare, varios comandantes con nuestra gente veníamos en marcha rumbo a la Conferencia, más o menos 180 guerrilleros. Allí hicimos una reunión con altos mandos del Ejército para acordar protocolos de seguridad y, como suele ocurrir, antes de iniciar cada persona se presenta. Yo no quise decir mi nombre, tan solo guardé silencio.

Al final, cuando ya nos despedíamos para continuar el viaje, el general Javier Flórez, jefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Militares, no aguantó la curiosidad, se acercó mano extendida y me dijo: “Hombre, cómo es que usted se llama? Su semblante se me hace conocido” –algo renuente le dije: “Pues, señor, yo soy Antonio Campesino”. Un paso atrás dio el general, con los ojos bien abiertos, puso una mano en su cabeza y me dijo: “Tanto buscarlo, tanto perseguirlo y mírelo, tan cerquita que lo vengo a encontrar”.

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