El Acuerdo Final: Ecos de Cartagena de Indias

A propósito del Acuerdo histórico, cuya esencia no se pierde con los resultados adversos del plebiscito. La presencia internacional y nacional le dio altura.

La firma del Acuerdo Final de La Habana fue un hecho histórico incuestionable. Foto Prensa FARC-EP.

La firma del Acuerdo Final de La Habana fue un hecho histórico incuestionable. Foto Prensa FARC-EP.

Carlos A. Lozano Guillén

El acto solemne del 26 de septiembre de la firma del Acuerdo Final de La Habana, con el cual el gobierno de Juan Manuel Santos y la guerrilla de las FARC-EP pactaron el silencio de las armas y el fin de una guerra de 52 años, fue sobrio, emocionante y alegre porque los participantes, además de aplaudir la firma del acontecimiento histórico, corearon consignas como si estuvieran en un mitin político o electoral.

Los discursos del presidente Santos y del comandante Timoleón Jiménez, coincidieron en anunciar el respeto a los acuerdos contenidos en 297 páginas tamaño carta, escritas en fuente Times New Roman 14, aunque cada uno hizo sus propias valoraciones. Los analistas destacaron que el mandatario hubiera incluido a los guerrilleros entre las víctimas del largo conflicto y que Rodrigo Londoño o Timoleón Jiménez hubiera pedido perdón a las víctimas y a toda persona que haya sufrido daño por cualquier acción de la guerrilla. En ambos casos hubo severos aplausos de los asistentes, aunque el “aplausómetro” se subió más con las palabras del jefe insurgente.

No faltaron, por supuesto, las críticas porque no hubo más referencias al largo contenido de los acuerdos, al hecho que no se hizo ninguna mención al “Pacto Político” para defender y promover la implementación del mismo y a que Timochenko no hubiera aludido para nada al plebiscito del 2 de octubre. Las críticas nunca faltan y no podía ser esta la excepción cuando se trató de la celebración de uno de los actos más importantes de la historia colombiana. Así quedó registrado en la memoria colectiva y será consignado en los textos para la posteridad.

La irrupción de los Kfir

Hubo bastante simbología desde el comienzo, cuando el presidente Juan Manuel Santos, de la mano de una niña, abrió una puerta con la “llave de la paz” o cuando se firmó el Acuerdo Final con el “balígrafo” o cuando se guardó un minuto de silencio por todas las víctimas o cuando el presidente Santos al final del discurso no contuvo las lágrimas. Pero fue empañado por el sobrevuelo amenazante de los aviones de guerra Kfir, que a baja altura irrumpieron con ruido ensordecedor cuando intervenía el jefe de las FARC-EP, situación que generó susto e intimidación entre los asistentes.

Algunos lo entendieron como la advertencia de los militares, porque fueron los Kfir los que lanzaron toneladas de bombas sobre los campamentos guerrilleros en una guerra asimétrica y de enormes desproporciones. Jaime Caycedo, secretario general del Partido Comunista Colombiano, calificó la incursión aérea en esas condiciones como “lenguaje simbólico guerrerista”, mientras que Jairo Ramírez, activista de los derechos humanos y dirigente comunista, dijo que hubiera sido mejor y más apropiado lanzar al vuelo unas palomas como mensaje de paz o soltar bombas de colores (de caucho, no letales) hacia el firmamento.

Nadie se comió el cuento, difundido por algunos medios, que en la programación la revista de los Kfir estaba prevista a esa hora exacta y que se cumplió en el momento en que el orador era Timochenko. ¿Por qué a tan baja altura? ¿Por qué con ese ruido ensordecedor?

Después que el comandante Timoleón Jiménez le restara importancia al incidente, el acto culminó en medio del júbilo de las casi tres mil personas que estaban en la Explanada de Banderas del Centro de Convenciones de Cartagena y de los millones de colombianos que lo siguieron paso a paso a lo largo y ancho del territorio nacional. En numerosas capitales y municipios fueron colocadas en los parques centrales pantallas gigantes para que miles de personas pudieran ver la ceremonia en medio de singular entusiasmo.

Espaldarazo internacional

Los ecos de la firma del Acto Final hicieron subir el respaldo a la paz en Colombia, aunque sus detractores incrementaron las mentiras y las falacias que fueron la nota característica de la campaña por el no. Mientras que el fiscal Néstor Humberto Martínez lanzaba amenazas y hacía aparentes precisiones innecesarias en actitud de intimidación a los guerrilleros, en abierta campaña de provocación y de saboteo a la paz. Una vez más el presidente Santos se equivocó, apoyó a Ordóñez para que fuera procurador general de la Nación y ya sabemos cuál fue su papel, e incluyó a Martínez en la terna para la fiscalía con el guiño palaciego y este le siguió los pasos al ahora exprocurador.

Pero más allá del hecho histórico del Acuerdo Final de La Habana, lo más importante fue el espaldarazo internacional a la paz, palpable y concreto con la participación de 15 mandatarios en Cartagena, del secretario general de la ONU, Ban Ki moon, y de otros altos funcionarios de las Naciones Unidas y organismos internacionales. El secretario general intervino emocionado, Colombia fue el centro de las miradas internacionales por cuenta del fin del conflicto de las FARC con el Estado durante más de 52 años que deja millones de damnificados.

En el patio del Centro de Convenciones todo era júbilo inmortal, pero a pocas cuadras el expresidente y ahora senador Álvaro Uribe Vélez, acompañado de un pequeño séquito, embriagado de resentimiento y odio, promovía el no en el plebiscito y clamaba por “acabar a los violentos”.

En la ceremonia, John Kerry, secretario de Estado, respaldaba el acuerdo, pero eludía respuestas concretas sobre el retiro de las FARC de la lista de organizaciones terroristas y sobre la libertad de Simón Trinidad. Duros en la guerra, débiles en la paz. Mientras que la Unión Europea decidió retirarlas de la lista de terroristas durante seis meses, al cabo de los cuales evaluará el retiro definitivo.

El resultado del plebiscito, adverso al Acuerdo, aunque por pequeño margen, genera confusión y desaliento, así como desconcierta a la comunidad internacional, no obstante es positivo que el presidente Santos reafirme el cese bilateral de fuegos y la búsqueda de soluciones conjuntas con las FARC y los partidos políticos. El único camino es la reconciliación dejando atrás todo ánimo de retaliación y venganza. El establecimiento no puede pasar por alto que la mayor responsabilidad en el conflicto la tiene históricamente el Estado y su clase dominante que prefirieron el camino del terrorismo de Estado. Fue el origen de la confrontación que quiere terminarse medio siglo después con el saldo de millones de víctimas, esto no puede olvidarse. Los ecos de Cartagena están vigentes.

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