Las duras cargas del desplazamiento forzado

De baja estatura y su cabello como el sol. Sus pequeños ojos me decían que habían visto el miedo, la muerte, la incertidumbre. Y efectivamente. A Gladys le ha tocado reinventar su vida porque el desplazamiento ha tocado su puerta todo el tiempo.

Obra de teatro en Apartadó. Foto Bibiana Ramírez - APR.

Obra de teatro en Apartadó. Foto Bibiana Ramírez – APR.

Bibiana Ramírez – Agencia Prensa Rural

La primera vez que vi a Gladys Moreno fue en una obra de teatro en Medellín, sobre el desplazamiento y las masacres hechas por los paramilitares en el Urabá. Actuaban campesinos de la Unión Patriótica, todos de blanco.

Después la empecé a ver en diferentes espacios y a reconocer sus miradas. De baja estatura y su cabello como el sol. Sus pequeños ojos me decían que habían visto el miedo, la muerte, la incertidumbre. Y efectivamente. A Gladys le ha tocado reinventar su vida porque el desplazamiento ha tocado su puerta todo el tiempo.

Su papá era líder campesino en Mutatá. Eran dos hermanas. En la finca todo lo cultivaban. Lo único que compraban era la sal, el aceite y el jabón. Tenían trapiche, huertas y cultivos de banano.

Cuando Gladys tenía cinco años, “yo estaba en el patio jugando con mi hermana cuando pasó un helicóptero dando vueltas por encima de la casa, yo nunca había visto uno y me asusté mucho, le dije a mi padre que era un pájaro muy grandote. Al instante encendieron a plomo la casa, nos tocó meternos debajo de la cama. Mi papá se escapó”.

Urabá

De esa finca les tocó salir para Unguía, Chocó, donde vivieron tres años, pero regresaron a Chigorodó. El padre seguía haciendo trabajo político y lo seguían persiguiendo. “Le tocaba irse a dormir al monte. Es algo que recuerdo y me da mucha nostalgia. A cada rato le tocaba salir por una ventana detrás de la cocina. Mi mamá tenía que mandarle la comida con los trabajadores. Hasta que lo cogieron. Estuvo preso en Chigorodó y luego lo mandaron para Medellín”.

La familia fue a buscarlo a la cárcel, pero les dijeron que estaba muerto. A los siete años apareció. Ya la madre tenía otro hogar en Apartadó. Gladys tenía 13 años. Él se fue a Riosucio, Chocó.

Gladys no pudo estudiar. Le tocó encargarse de sus hermanos mientras la madre trabajaba. A los quince años se casó, tuvo dos hijos y antes de los 18 ya estaba separada. Esos tres años se la pasó en la bananera trabajando y en el sindicato. “Todo como que viene de la sangre. Mi papá fue un revolucionario, le gustaba trabajar por la comunidad y yo sentía la misma necesidad”.

Entró a la JUCO en Apartadó hasta que cumplió los 18. “Los mismos del sindicato eran de la UP. Nos movíamos por todos los pueblos, por los corregimientos”. Fundaron el barrio Policarpa Salavarrieta, donde vivían los del Partido y Gladys.

“La UP tenía progreso en el Urabá, se buscaba vida digna, nadie se quedaba sin empleo. Uno vivía tan tranquilo, feliz, no había robos ni prostitución, la gente era organizada, no había que hacer colas para ir al médico. Cuando se hacía un paro en las bananeras toda la gente salía. Hasta que entró la Chiquita Brands y empezó a eliminar sindicatos, a sacar la gente de las fincas”.

Y comenzaron las amenazas, las masacres. Una tía de Gladys, Marina, fue la primera amenazada del barrio. Ella tenía una organización de derechos humanos. Le tocó salir para Medellín. A los pocos días hicieron la masacre del Golazo, en el 96 en el barrio Policarpa, donde murieron diez personas”. Esa noche Gladys estaba en el centro con la madre.

A ella también le llegó una amenaza, pero no se quería ir. Los vecinos la alertaban. “Me fui después de llevar al cementerio a Arsenio Córdoba, un amigo y concejal asesinado ese mismo año”.

Chocó

Del Policarpa ya mucha gente se había desplazado. Gladys tenía una tienda. “Todo eso se perdió. Ya tenía cuatro hijos. Dejé dos con el primer papá y me fui para Riosucio con las dos niñas”. Los vecinos le decían que no se fuera para el Chocó, que por allá también estaba peligroso. “Yo no creí”.

A los dos años, en Vigía de Curvaradó, Chocó, vio entrar aviones fumigando y hombres armados por los ríos. “Al pueblo llegaban, noche y día, los motores con campesinos, mujeres sin ropa, unas que abortaron en el camino. Uno oía en esos cerros cómo echaban plomo y candela”.

La madre y la hermana de Gladys también se habían ido para el Chocó. Pero no salieron por Vigía. “Mandé a averiguar a todos lados y nada, no dormía, no comía, me la pasaba mirando ese Atrato”. Ellas salieron por la selva a Panamá con otras 800 personas que se refugiaron allí.

En Vigía se quedaron seis familias y durante dos meses no pudieron salir ni les dejaban entrar comida. Ella ya vivía con otro compañero. Decidieron salir. “Antes de entrar a Riosucio había un retén del Ejército, más adelante estaba el de los paramilitares y más allá el de la Policía. Dígame si no los estaban cuidando”.

Medellín

Gladys fue a Apartadó a recoger a sus niños y con ellos se fue para Medellín. Allí estaba su tía Marina, que había continuado con la organización de derechos humanos. En la oficina ya había 26 personas desplazadas. A los quince días aparecieron la madre y la hermana.

“Los primeros días nos tocó ir a las calles a pedir comida. Mi tía nos llevó a la plaza minorista. Cuando veo una fila larga con gente de Urabá, todos desplazados. Yo me senté a llorar. Gente que conocía con negocios, con buenas fincas, y verlas así me dio mucha nostalgia”.

Allí se encontró con Rosa, una amiga de Apartadó, quien le dijo que fuera al Olaya Herrera que estaban dando lotes. Con la madre y la hermana empezaron a construir una casa con materiales que les habían regalado. Ahí mismo empezó a organizar a la gente.

“Hicimos una EPS, nos metíamos en los barrios más peligrosos a hacer encuestas”. Sin embargo, uno de los jóvenes que ayudaba apareció picado en una quebrada. Así empezaron a intimidar a la comunidad. Amenazas para los líderes, especialmente para Gladys.

En la ciudad no los querían reconocer como desplazados y no aceptaban las denuncias que traían. A Gladys se le ocurrió hacer una toma en el centro. Llegaron a la iglesia La Veracruz, se metieron a misa y no se dejaron sacar de ahí, otros afuera acampando. Duraron quince días y la Alcaldía tuvo que reconocerlos.

La Alcaldía les dio un lote en el cerro Pan de Azúcar. Pero de allí también fueron sacados porque un “gringo, dueño de unas tierras, decía que no quería desplazados cerca, además que eran guerrilleros”, calificativo que les han dado en todos lados.

Ya Gladys andaba con más de veinte desplazados del Urabá. De allí salieron para Manrique y fundaron el barrio La Cruz. “Hicimos un colegio, fundamos el barrio La Honda, abrimos carreteras, hicimos que llegara transporte público”. Esas montañas estaban llenas de desplazados de todo el país.

Hace unos ocho años tuvo otro desplazamiento de La Cruz. Pasó lo mismo que en Urabá: a muchos los desaparecieron o los asesinaron, a otros les tocó irse. “Yo fui una de las que tuvo que salir, porque supuestamente estaba entrenando guerrilleros y lo que hacíamos era crear las obras de teatro”.

El teatro nació hace nueve años como una terapia para canalizar lo que vivieron. “Uno no olvida, ni lo sana, uno muere con eso. Uno de pronto perdona pero no olvida. A veces me pregunto: ¿esto cuándo va a parar?, y la respuesta es incierta”.

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