Por una segunda oportunidad sobre la tierra

Por las futuras generaciones, debemos ganar la batalla contra la desesperanza y el odio. La juventud colombiana ha dado muestras del compromiso con la paz y ahora más que nunca urge sumar todas las rebeldías para afrontar con esperanza, alegría y entusiasmo este momento.

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Ivanovich Jiménez

Luego de conocidos los resultados del plebiscito el pasado 2 de octubre, la respuesta de la juventud colombiana no se hizo esperar; el pasado miércoles las calles de las principales ciudades de Colombia se inundaron de miles de jóvenes que exigían la implementación de los acuerdos de La Habana entre el Gobierno Nacional y las FARC-EP, ante la intención de los promotores del no de dilatar la agenda de implementación y terminar frustrando el anhelo de paz de los colombianos.

Sólo en la ciudad de Bogotá, estudiantes de universidades como la Nacional, la Pedagógica y la Distrital se dieron cita en el Planetario, a la que sorpresivamente acudieron estudiantes de universidades como la Externado, la Javeriana, La Salle, la Tadeo y la Autónoma, entre otras. La iniciativa de estos jóvenes estudiantes, multiplicada a través de las redes sociales, evidenció el deseo de paz, y provocó que el sueño de acabar de manera definitiva con la guerra se expresara en las calles.

¿Por qué los protagonistas son los jóvenes?

Si para Colombia la paz es una necesidad, son especialmente los jóvenes quienes sueñan con que el tableteo de las ametralladoras sea parte de la historia. Son ellos quienes, en las últimas décadas, han servido de carne de cañón en una guerra que, como nos lo demuestra la realidad, pudo haberse acabado mediante una salida negociada.

Esta guerra ha sido desarrollada y sufrida mayoritariamente por la juventud, como consecuencia de un mundo de inoportunidades al que históricamente han sido relegados; muchos jóvenes que ingresaron a las filas de las organizaciones insurgentes como las FARC-EP, el ELN y el EPL, lo hicieron como determinación para transformar el actual orden político, en algunos casos, y como medida de supervivencia al terrorismo de estado en algunos otros; otros jóvenes ingresaron al Ejército o a las bandas paramilitares como única posibilidad de obtener algún ingreso económico de manera estable, aunque fuera pagando un alto precio por ello.

Además del costo humano, la confrontación armada en Colombia cercena a nuestra juventud de muchas posibilidades como consecuencia de la exagerada destinación del presupuesto estatal para la guerra. Según el estudio “Las cifras de la guerra y la transición”, realizado por el Instituto para el Desarrollo y la Paz (Indepaz), en las seis décadas de confrontación armada, Colombia ha gastado 411 billones de pesos. De los 199,9 billones de pesos del presupuesto nacional anual, 28,1 billones de pesos son destinados para la guerra, esto es mucho más que lo destinado a la educación, 80 mil veces lo que se destina para cultura, 101 mil veces lo destinado para recreación y deporte, 120 mil veces lo destinado para políticas de empleo en la juventud.

Según dicha investigación, el promedio del gato estatal equivale a 22 mil millones de pesos por día. Con esta cifra comerían cerca de tres millones de familias colombianas, teniendo en cuenta que aproximadamente el 70% de los hogares del país cuentan con ingresos por debajo del salario mínimo legal. Con esta cifra se garantizaría alimentación, vivienda, vestido y tratamiento a todos los habitantes de la calle de la ciudad de Bogotá.

Los jóvenes salen a defender la paz, porque sin guerra la juventud contaría con un presupuesto con el que podría financiarse la educación básica, media y superior. Podría resolverse parte del drama de los jóvenes que estudian con créditos financieros, cuyas tasas de interés endeudan de por vida al joven, que dura estudiando cinco años, y pagando la deuda de su estudio los siguientes quince años. Podría destinarse parte de ese presupuesto para la construcción de escenarios deportivos y que nuestros jóvenes tengan acceso de manera digna al deporte. Con parte de ese presupuesto se resolvería el flagelo de los niños del Chocó y La Guajira: el hambre, la forma más cruel de asesinar.

La paz no está derrotada

En medio de la tristeza por los resultados de la refrendación, los jóvenes mostraron a Colombia que no hay una derrota definitiva de la paz. Asistimos a un punto de inflexión en la dinámica política del proceso de paz en el que está en disputa la correlación de la salida política negociada, que se medirá en la intensidad de la movilización social y popular y en la presión que esta ejerza a favor de los acuerdos de La Habana y en la exigencia del inicio inmediato del diálogo con la insurgencia del ELN.

El actuar espontáneo de la juventud y las protestas a favor del proceso de paz dan cuenta de que la dinámica de presión está en la rearticulación y convergencia del conjunto de fuerzas políticas, sociales y populares para impulsar un gran movimiento por la paz en todos los territorios, que consolide el acuerdo final para una paz estable y duradera.

La enseñanza de los jóvenes es que no se trata de culpar al pueblo colombiano, víctima de los grandes niveles de desinformación, despolitización y la baja cultura política que aprovecharon los medios de comunicación, sectores religiosos ligados al procurador y los partidarios del uribismo para confundir y tergiversar los acuerdos de La Habana y con ello crear un ambiente de miedo y odio para ganar la voluntad de una población temerosa por la desinformación y la difamación contra la paz. Los enemigos de la paz son los sectores poderosos militaristas, paramilitares y narcotraficantes que utilizan el miedo y la desinformación de la población para maniobrar a favor de sus intereses.

¡Ganar la batalla de la esperanza!

A diferencia de lo que podría esperarse, la juventud salió en defensa de los acuerdos, con el entusiasmo y la alegría que la caracteriza. Con la iniciativa que se ha denominado “Paz a la calle”, las plazas y parques de las principales ciudades son sitios de campamentos y asambleas juveniles permanentes para exigir que se cumpla lo pactado. Los jóvenes nos enseñan que no hay lugar para el pesimismo ni mucho menos la desmovilización. Ha iniciado una nueva batalla de la paz que, aun en el campo adverso del resultado electoral, nos obliga a redoblar los esfuerzos en la lucha de ideas por aumentar la sensibilidad y la movilización juvenil, social y popular por la defensa de los acuerdos de La Habana, sus logros, avances e implementación.

Por las futuras generaciones, debemos ganar la batalla contra la desesperanza y el odio. La juventud colombiana ha dado muestras del compromiso con la paz y ahora más que nunca urge sumar todas las rebeldías para afrontar con esperanza, alegría y entusiasmo este momento. La juventud se resiste a seguir siendo la estirpe condenada a la guerra, lucha por ser la generación de la paz y por el derecho a tener una segunda oportunidad sobre la tierra.

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