Crisis del progresismo en América Latina

La alta dependencia de las exportaciones de crudo, gas y minerales de varios países sudamericanos está mostrando la debilidad de sus estructuras productivas y las difíciles perspectivas que se ciernen sobre su futuro.

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Gustavo Tabares Ramírez

Durante una década y media, sin la presión directa de Estados Unidos, fortalecidos por el boom de las materias primas, y amparándose en grandes reservas de tradición popular, el continente latinoamericano fue la única parte del mundo en que movimientos sociales rebeldes coexistieron con gobiernos progresistas. En la estela de 2008, hay ahora cada vez más de esos movimientos. Pero hoy solo algunos de esos gobiernos persisten.

Por otra parte, los países Brics están en apuros. Aquellos que por un tiempo fueron los motores del crecimiento global, ahora están atravesando por serias dificultades. China, que se ubica por encima de todos ellos, a causa de su peso en la economía global, presenta hoy día una producción desacelerada. Rusia se encuentra sitiada por la caída de los precios del petróleo y las sanciones que le restan influencia.

India mantiene mejor controladas todas sus variables, pero con preocupantes revisiones estadísticas. Sudáfrica, en caída libre. Sin embargo, en ningún otro lugar la crisis política y económica se conjuga de forma tan explosiva como en Brasil, cuyas calles en los últimos años han visto más manifestantes que el resto del mundo en su conjunto.

Economías con pies de petróleo y minerales

Las economías petroleras y mineras de América Latina se encuentran en problemas. La alta dependencia de las exportaciones de crudo, gas y minerales de varios países sudamericanos está mostrando la debilidad de sus estructuras productivas y las difíciles perspectivas que se ciernen sobre su futuro. Esto que le ocurre a las economías dependientes de las exportaciones de hidrocarburos también le sucede a todas las economías de la región que han basado sus estrategias de desarrollo de los últimos años en la exportación de materias primas. En algunos casos esta dependencia es mayor, pero señales de este problema pueden verse en todos los países en estos tiempos de baja de precios de los “commodities”.

Si la región no logra encontrar la bendición de su abundancia, trascendiendo la ilusión del desarrollo, seguirá cayendo por la espiral de la destrucción de su generosa naturaleza sin resolver los problemas sociales que la aquejan.

Un golpe de estado neoliberal

Aun antes de que su segundo mandato comenzara formalmente, Dilma cambió su rumbo. Rápidamente pasó a defender la tesis de que se hacía necesario un poco de austeridad. La arquitectura de la “nueva matriz económica”, orientada por la escuela de Chicago, asumió un mandato que debería reducir la inflación y restaurar la confianza. Se convirtieron en imperativos recortar los gastos sociales, reducir el crédito de los bancos públicos, subastar propiedades del Estado y aumentar tasas para llevar el presupuesto de vuelta a una situación de superávit primario. Y ya que la economía se encontraba estancada, el efecto de ese paquete pro-cíclico fue sumergir el país en una recesión generalizada.

Mientras el PIB se contraía, los ingresos fiscales disminuían, empeorando aun más el cuadro de déficit y deuda pública. Ningún índice de aprobación del Gobierno podría haber aguantado la rapidez de tal deterioro económico. También fue, aunque sea más doloroso admitirlo, el precio a pagar por Dilma al haber abdicado de las promesas por las cuales fue elegida; igualmente, aunque ocultas, las raíces de esta debacle se tomaron la revancha justamente en la base del propio modelo petista de crecimiento.

La impopularidad de la ex presidenta aumentó a medida que aplicaba unas medidas antisociales, aprobadas por los aliados de la derecha que, a su vez, contribuyeron a empañar su reputación, tales como la congelación salarial en los servicios públicos, recortes presupuestarios en los sectores sanitario y educativo, incremento de la subcontratación, y adopción de una “ley antiterrorista” cuyo objetivo era criminalizar las luchas de resistencia.

Vale la pena recordar que los programas de reformas sociales en Brasil no interfirieron en las estrategias dominantes de acumulación y reproducción de capital durante la última década. Los más ricos no dejaron de ganar durante los últimos años; algunos ampliaron sus fortunas y aunque los niveles de desigualdad disminuyeron, no cambiaron la estructura profundamente injusta de distribución de la riqueza, el poder y los beneficios.

Aclaremos: la derecha no lucha sólo para que no se cuestionen sus intereses; no lucha sólo para no dejar de ganar, ni para seguir acumulando más riqueza, ni para mantener imperturbables sus intereses. Lucha por algo más: Cuando la democracia produce resultados democráticos, cuando sirve para afirmar derechos ciudadanos, en América Latina, esa democracia se cancela y surgen los golpes de Estado.

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