Depurar y purificar Una reflexión sobre La Purga: El año de la elección

Por: Víctor Valdivieso · Grupo Espectros

Hace poco vi la tercera entrega del film norteamericano La Purga, película que se estrenó, recientemente, en julio del presente año. La cinta, además de desplegar un registro de imágenes y escenas de acción que cautivarían a cualquier amante del cine hollywoodense, muestra una ficción ético-política bastante cercana a nuestra realidad. Ficción, que a mi juicio, amerita ser pensada.

Dispositivo social

Al igual que las anteriores versiones, Jason Blum muestra como en la sociedad se instaura un dispositivo de muerte, o de limpieza social, amparada en una legislación promovida por los “nuevos padres de la patria”, es decir, por las clases dominantes, y además ultraconservadores, de la potencia del norte. El dispositivo de muerte trata sobre una ley que establece un día al año en el que por doce horas se permite todo tipo de crímenes, incluso el asesinato. El propósito de este día es doble: por un lado, como se narraba en la primera parte de la película, desplegar la bestia, es decir, atender al estado de naturaleza que pregonaron los padres del liberalismo clásico, al suponer que la esencia del hombre, o la condición humana, es la tendencia a la violencia. Esta idea, como se sabe, justificó el poder del Estado como árbitro entre hombres que devenían lobos para su misma especie. Así, en la película, la primera justificación de la purga era desatar la bestia, el lobo que llevamos dentro y que por contrato social reprimimos. El segundo propósito de la purga tiene que ver con limpiar a la sociedad de “seres inferiores”, como por ejemplo, inmigrantes, negros, indigentes, entre otros. Así transcurre la historia. Mientras las clases dominantes mantienen el poder y acrecientan sus fortunas, los otros sectores de la sociedad son capturados por el discurso biopolítico de ejercer sus derechos de depurar y purificar, mientras que algunos se resguardan de la violencia.

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Instigar la violencia

En la parte tres, que es de la versión que quisiera ocuparme aquí, una senadora, nombrada en la película como Charlene “Charlie” Roan, víctima de un proceso de depuración, aspira a ocupar la presidencia de Estados Unidos enarbolando la bandera del cese de la purga, oponiéndose a “los nuevos padres de la patria”. Si uno tendiera un puente de horizontes de sentidos, al estilo hermenéutico gadameriano, entre ese contexto y nuestra realidad colombiana, se introduciría, casi de inmediato, el eco del proceso de paz en Colombia. Claro, mientras una senadora, o en nuestro caso el pueblo colombiano, apoya el cese de la violencia; un sector liderado por un ministro –o un expresidente para nuestro contexto- apoya mantener como derecho ejercer la depuración y cualquier tipo de violencia. En ambos casos, en la historia del film y en nuestra cotidianidad, el discurso de la violencia es funcional para los intereses de clase que representan los reaccionarios.

El resultado de esa confrontación conlleva a que la senadora resista al asedio de los escuadrones de muerte, grupos paramilitares inundados de simbología fascista, quienes tienen la misión de llevarla ante los auspiciadores de la depuración o los defensores del No. Lo que salva a Charlie es la protección que le brinda el sargento Leo Barnes, un guardaespaldas leal y comprometido con la causa de la senadora, y el encuentro con el grupo antidepuración, resistencia insurgente conformada por posibles depurados, quienes además de brindar protección a los oprimidos, fraguan un plan para aniquilar a “los padres de la patria”. Ese transcurrir de persecución, resistencia, violencia estatal, organización civil, etc., compone esta parte de la historia, al final se impone la paz, tal como ocurrirá en Colombia con el proceso de negociación.

Ahora bien, además de extraer significados para nuestra realidad, lo que me parece más interesante de la película, en sus tres versiones, son las resonancias éticas que asechan al espectador. Cada una de las versiones impone diatribas morales, límites o encrucijadas que demolerían a cualquiera que estuviera situado en esa realidad. La tercera parte, el año de la elección, abre la pregunta de si arrojados en un juego político de perversidad, ¿para vencer a nuestro adversario político debemos recurrir a las mismas prácticas perversas que él usa? ¿Debemos ser iguales a ellos? En la película la senadora debe elegir si ejerce violencia o no sobre el líder de la depuración. Ella prefiere derrotarlo en las urnas antes que devenir fascista.

En ese sentido, si trasladamos esa encrucijada a nuestra realidad, la pregunta sería ¿Debemos usar las mismas artimañas del uribismo para doblegar sus fuerzas? Cualquiera estaría tentado a decir que sí, de hecho, yo mismo he pensado que deberíamos jugar en el mismo terreno que propone el uribismo. Sin embargo, ante la felonía, el engaño, la manipulación, la violencia y la exacerbación de las pasiones que captura el uribismo, siempre será bueno identificar alternativas políticas antes que intentar parecernos a ellos. Sin ser ingenuos, ni pecar de idealistas, de lo que se trata es de escoger la opción de la senadora Charlie: buscar opciones políticas más humanas antes de devenir fascistas.

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