¿Qué libro estás leyendo?

Recordando a Fernando Garavito

Fernando Garavito. Ilustración Revista Sole.

Fernando Garavito. Ilustración Revista Sole.

Armando Orozco Tovar

“La muerte es la ausencia de los libros” Ramón de Zubiría Jiménez

“¿Qué libro estás leyendo?”, me preguntó a la salida de su taller de poesía Fernando Garavito, por entonces periodista epónimo de El Espectador. Y yo le conteste: “No leo, releo.”

Era cierto. Había llegado a la edad de la relectura, porque tuve la sensación de que se me acababa el tiempo como a un celular los minutos. Y la certeza de que los libros que no había leído, ya no los leería jamás.

Fernando Garavito no sólo fue muy riguroso con la lectura como buen intelectual que era, sino también con la escritura, no dejando pasar el mínimo gazapo. Se recuerdan las anécdotas de su rigor como aquella cuando lanzó furioso del tercer piso del periódico donde laboraba, a la calle, la máquina de escribir, por un error encontrado en la cuartilla de un redactor. O cuando se comió su propia corbata de rabia por otro. O aquella vez, cuenta Mario Méndez, en que, yéndose la luz, sin guardar lo escrito en la memoria del computador, se subió a gritar sobre su escritorio, aullando como un lobo frente a la luna.

Él era así. Intransigente con la puntualidad de las horas. Y con los errores cometidos con las palabras. Como tallerista de la Casa Silva donde su directora, su ex esposa, lo convocó para que realizara un taller, él hacía la tenida poética con veinte asistentes, partiendo de San Juan de la Cruz y de Quevedo. Poetas del dieciséis y diecisiete sus paradigmas. Llevando el acorde de sus versos sonoros con sus brazos, como un director de orquesta.

Había sido diplomático en Lisboa. Ciudad que amaba como a la música, fado de marinos que nadie ha podido imitar. Conocía a Pessoa de pe a pa. Y también amaba sus heterónimos uno a uno, hasta el punto que comenzó a parecerse a alguno de ellos, sólo faltándole el abrigo, las gruesas gafas de carey y el sombrero lusitano.

Lo vi poco. Pero por el bueno del internet nos escribíamos, le hablé de una expresión amable hacia él de su ex esposa, la madre de su hija. Fue cuando me dijo: “Yo sabía que aún ella me quería”. Y por la información me gané su aprecio virtual.

Siempre corregía mis patológicos errores con saña, hasta cuando le dije: “Me voy de la escritura, me paso al dibujo y la pintura”. De inmediato me contestó diciéndome: “Eso no lo debes hacer, porque escribes bien”. Lo dijo con tanta seguridad que seguí en la ardua labor prosaica, tratando de aprender algún día, con paciencia, el riguroso arte.

De Colombia salió amenazado de muerte por sus escritos furibundos contra Uribe, quien aún no había sido presidente por ocho años. Trabajos serios de investigación sobre su trayectoria y personalidad lo llevaron a publicar “El señor de las sombras”, causando revuelo. En un cerrar y abrir de ojos lo recogieron del mercado de libros.

Por este y otros artículos le tocó irse exiliado a la carrera, abandonando su puesto de periodista. Hasta el día que apareció accidentado y muerto, en una carretera norteamericana limítrofe con México.

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