Pogue: entre ríos y cantos

Es un corregimiento de Bojayá, dentro de la selva chocoana. Las tradiciones culturales y medicinales están muy arraigadas en esta población. Sin embargo, el conflicto armado los ha mantenido con temor y hoy piden la paz. Aquí un retrato de una población valiente

Por: Bibiana Ramírez – Agencia Prensa Rural

La entrada a Pogue está llena de botes. Los niños se pasan de uno a otro y del más alto se clavan en el río. Nadan seguros, se ríen y bromean entre ellos. Pogue es un corregimiento de Bojayá en el Medio Atrato chocoano. Unos 800 habitantes componen la comunidad. Bojayá está compuesta por 18 comunidades negras y 30 resguardos indígenas.

Después de subir unas escaleras de cemento, muy averiadas y empinadas, hay una calle estrecha, también de cemento, que rodea todo el caserío. En una esquina hay cuatro hombres sentados alrededor de una mesa, jugando dominó. Otros dos los observan de pie y se ríen. Tres niñas en un segundo piso de una casa de madera se burlan de todos los que pasan. En una pared de madera hay un anuncio que invita a la celebración del Día del Niño. La fiesta será de todo el fin de semana. Las mujeres tejen los cabellos de las niñas, quienes dicen que deben estar muy bonitas para esos días.

Mujer Pogueña. Foto Bibiana Ramírez.

Mujer Pogueña. Foto Bibiana Ramírez.

El caserío está rodeado, por el río Pogue y el Bojayá. Los habitantes saben cuando está llegando un pogueño por el sonido del motor de la panga, porque este es continuo y demuestra que el motorista conoce bien el río y no se queda estancado en las playas que se van formando cuando el río se va secando. Todos salen a ver quién llega, especialmente los niños.

La música es importante en su cultura afro, también los rezanderos, curanderos, parteras, cantaoras de alabaos, las tradiciones orales. Todos son familia por algún lado. Desde 1930 llegaron los primeros pobladores.

La principal actividad económica es el cultivo de plátano y ahora están intentando con el cacao. En algunas ocasiones se han ayudado con la madera. El caserío no cuenta con energía eléctrica, algunos tienen plantas de gasolina, pero es costoso transportarla hasta allí.

Sobreviviendo en el olvido

Las inundaciones en Pogue son constantes, pues llueve buena parte del año, además hay gran cantidad de nacimientos de agua. “El invierno nos afecta porque cuando hay demasiada lluvia el río se sube a nuestras casas y daña los poquitos enseres que tenemos. También perdemos muchos de nuestros cultivos. La gente que vive en las partes más bajas se sale a otras casas en embarcaciones, dice Denis Frías, coordinadora del grupo de mujeres de Bojayá.

El verano extremo también afecta porque los ríos se secan y no pueden navegarlos. El Estado nunca ha hecho presencia en esa comunidad y eso es evidente por la cantidad de necesidades que sus habitantes manifiestan.

“Carecemos de comunicación, de educación, hacen falta maestros. Eso no es de ahorita, hace mucho tiempo viene esa problemática, no están completos. No tenemos promotor de salud, hay centro de salud pero es como si no existiera, no está dotado de nada y para uno acceder al centro de salud más cerca hay que bajar tres horas por el río. A veces toca salir de noche con las emergencias”, cuenta Wilman Inestroza Pino, líder comunitario.

Y complementa Denis: “La educación es bastante baja. En este año los muchachos han perdido demasiada clase. Los de octavo y noveno han recibido tres meses. No ha habido maestros. Algunos enfermos, otros se van y no vuelven”.

El año pasado les daban un almuerzo a los niños, “pero ahora no hay recurso para ello. La poca alimentación dificulta el aprendizaje. Aquí no hay una sala de internet, no hay materiales para trabajar”, cuenta Maritza Asprilla, docente de la Institución Agrícola de Bojayá, sede Pogue.

Estragos del conflicto

Desde los años cincuenta esta comunidad ha estado en medio de la guerra. Cuando la misma gente construyó una escuela de guadua, y tenían la primera profesora, llegó “la chusma” y tuvieron que parar las clases. Mucho tiempo se quedaron así.

Luego vino el 2 de mayo de 2002, cuando murieron 79 personas en la iglesia de Bojayá. Muchos de ellos eran descendientes de Pogue.

En el 2005 subían los paramilitares por el río Bojayá desplazando y asesinando a las comunidades que se encontraban en el camino, a pesar de que habían incrementado la presencia de la Fuerza Pública después del 2002. Iban por Pogue que era la comunidad más alejada del río. Quedaron cercados y no pudieron salir. Varias organizaciones sociales tuvieron que unirse e ir al rescate de esta comunidad.

“Si no hubiera sido por las FARC, los paramilitares aquí no habían dejado gente, porque eso era lo que decían, que venían por esta comunidad. Nos tocó desplazarnos porque ya nos habían hecho la amenaza. Nosotros que bajábamos y ellos que subían, nos tocó devolvernos”, asegura Wilman.

También cuentan que antes se transportaban por el río en la noche, no había ningún peligro, pero ahora no lo pueden hacer porque hay retenes de paramilitares, los asesinan, les roban las compras que hacen en el pueblo. Además el principal temor que tiene la comunidad, cuando las FARC salgan de este lado, es que entren los paramilitares y se tomen esas zonas a las que antes no podían tener acceso.

“Este caserío antes era muy sano, vivíamos como en la selva, bien vividos, sin la preocupación de que nos iban a perseguir los grupos armados, compartíamos con los vecinos, los viejos criaban a sus hijos sanos, se ayudaban unos a otros porque así ha sido la costumbre. Pero después que se vino la violencia ya uno vive con temor. En Bojayá hubo una masacre muy dura que todo el mundo lo sabe, entonces nosotros por medio de los alabaos denunciamos”, dice Marcelina Pino, cantaora.

El canto como denuncia

Los alabaos son tradición de todo el Chocó. En Pogue las familias ha sido un referente importante de la transmisión y conservación del alabao. Culturalmente es un canto fúnebre como homenaje y un recordatorio en el velorio y en la novena. “Un velorio sin alabaos para nosotros es muy triste. En el 2011 nos volvimos a reunir. Vemos que las jóvenes de hoy en día no quieren recibir la tradición”, explica Marcelina.

Pero después del 2 de mayo hacen los alabaos como una denuncia, memoria y resistencia. Han estado con estos cantos en varias ciudades del país y el pasado 26 de septiembre estuvieron en Cartagena en la firma del acuerdo de paz.

El 2 de octubre los pogueños salieron en masa a votar por el sí. “Nadie dijo no”, porque quieren volver a tener una vida tranquila, como lo dijo Camila, una niña de Pogue que envió una carta al presidente Santos, y este leyó en una alocución presidencial el 10 de octubre.

“Dios de la vida lo guíe para sacar adelante este proceso de paz. Nosotros los niños y niñas del corregimiento de Pogue, municipio de Bojayá no queremos más violencia, queremos una buena salud, educación, vivienda digna para vivir en paz con nuestras familias, porque la violencia ha marcado nuestras vidas. Queremos paz”.

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