Ricardo Rendón, caricaturista insuperado

Fue admirado y temido en los círculos del poder en la primera mitad del siglo XX. Su obra se ve hoy como una contribución al entendimiento de un importante periodo de la vida nacional.

Ricardo Rendón, autorretrato.

Ricardo Rendón, autorretrato.

Ricardo Arenales

Durante su corta vida en Bogotá, el famoso caricaturista Ricardo Rendón, a la sazón protagonista de largas noches de bohemia, solía visitar los cafetines en los que se daban cita los intelectuales de la época. Uno de ellos era La Gran Vía, centro de encuentro de poetas, periodistas, escritores, dibujantes. El 28 de octubre de 1931, cuando apenas cumplía 37 años de edad, Rendón llegó al conocido local de la carrera octava de Bogotá, pidió algo de tomar y, tras alguna silenciosa reflexión, tomó un arma y se pegó un tiro.

Ochenta y cinco años después de esa absurda muerte, nadie pudo saber a ciencia cierta cuáles fueron los motivos que llevaron al genial caricaturista a interrumpir su vida, en un suceso luctuoso para las letras colombianas que sus admiradores aún no dejan de lamentar.

Rendón nació en Rionegro, Antioquia, el 11 de junio de 1894, en el seno de una familia adinerada. Muy joven se matriculó en el Instituto de Bellas Artes de Medellín, donde recibió sus primeras lecciones de pintura del maestro Francisco Antonio Cano.

En su formación posterior, se destacó por ser un estudioso de las artes. En poco tiempo se estrenó como ilustrador, pintor, diseñador publicitario para diversas empresas, hasta convertirse en lo que la historia del arte y del periodismo le reconoce hoy: un retratista y caricaturista implacable.

Hizo parte de un selecto círculo intelectual en Medellín conocido como Los Panidas, junto a León de Greiff, Tartarín Moreira y Fernando González, entre otros. En la revista Panida, del mencionado grupo, fue el único caricaturista, y ocasionalmente publicó algunas prosas y poemas, bajo el seudónimo de Daniel Zegri.

Unos pocos años más tarde se traslada a Bogotá, y se vincula al grupo literario Los Nuevos, con Luis Tejada, Alberto Lleras y otros jóvenes intelectuales de la época. Publicó sus caricaturas en El Tiempo, El Espectador y en la revista Semana. Con su pluma dirigió dardos contra los círculos de poder, los partidos de la burguesía y sus candidatos, y los tratados comerciales con Estados Unidos, especialmente el recientemente aprobado Thompson-Urrutia. Denunció el saqueo del petróleo y las riquezas naturales de nuestro país por parte de Estados Unidos, pero también el creciente sometimiento de las oligarquías criollas al poder de Inglaterra.

Sin artificio

Fue un acérrimo crítico de la hegemonía conservadora, responsable de una buena parte de la violencia política, y denunció el papel de la Iglesia católica como aliada de las dictaduras de la época. A pesar de ser un intelectual de una sólida formación liberal, tras el ascenso del liberalismo al poder en el año 1930, los nuevos gobernantes no escaparon a sus críticas, en cuanto mostraron expresiones de corrupción, de burocratismo y de inmoralidad que traicionaban los ideales del pueblo que los premió en las urnas.

Luis Tejada, en su célebre columna “Gotas de Tinta”, publicada durante varios años en El Espectador, dijo de Rendón: “Con esa discreta displicencia tan suya, sin amor a la gloria y sin odio a la gloria, sin demasiada esperanza y sin demasiada desilusión, sin pose, sin premura, sin artificio, sin esa ansia de popularidad que lleva a la mayoría de los artistas a cortejarla coquetamente o a conquistarla con efímeros golpes de efecto, sino de una manera sencilla y natural, Rendón culmina hoy en su vida, y en su arte; quizá no ha realizado todo lo que su genio hubiera podido realizar, pero indudablemente ha realizado más, mucho más de lo que podría esperarse en un medio incipiente y sin tradición como el nuestro…”.

El prestigio de Rendón no ha sido superado como caricaturista. Fue admirado y temido en los círculos del poder en la primera mitad del siglo XX. Su obra se ve hoy como una contribución al entendimiento de un importante periodo de la vida nacional. A pesar de las noches de bohemia, que siempre lo acompañaron, fue un hombre silencioso. Se había convertido en un ídolo popular y por eso todavía nadie entiende las razones de su muerte.

Comments are closed.